La tigresa

Una venganza que contiene los componentes de una leyenda; una mujer tigre que va cortando el cuello a aquellos hombres que previamente han ejercido violencia contra otras mujeres indefensas. La tigresa que decide tomarse la justicia por su cuchillo, que limpia un barrio o una ciudad de violentos y violadores, de abusadores, de quienes ejercen la violencia de género sin ningún miramiento. Un mito. Y es ella, yaguareté que en guaraní significa «la verdadera fiera», la que se nos muestra con toda su fuerza sobre le escenario, en una propuesta realmente impresionante debido a la fuerza del texto, a la composición del personaje que hace Iride Mockert, a toda la verdad que trasmite y a sus matices y registros, acompañada por un espacio sonoro auténticamente sugestivo creado en directo, que auna el sonido rimbombante de un harpa junto a los múltiples sonidos utilitarios de un piano electrónico, de unas voces, para conducirnos a través de las canciones perfectamente escalonadas en el discurso por esos momentos de reflexión elíptica tras la tormenta constante que es la narración.
Teatro desgarrador, una interpretación ferozmente viva, directa, rompedora, al límite de la extenuación, sobrecogedora que nos mantiene siempre en una tensión exacerbada. Nos cuesta entender todas las palabras, ese idioma en el que nos habla, porque utiliza expresiones desconocidas pero que nos acercan los mensajes y significados a través de la gestualidad, de esos ojos y esa mirada, casi mitológica, o su vestuario que es tan común que seduce en un espacio escénico de una sencillez rumbosa, porque todo se engrandece, todo se amplifica con tanta verdad escénica, con un texto tan bien estructurado, por una puesta en escena ralamente acertada y, por encima de todo, por la garra de la actriz, por esa calidad que se gradúa en intensidades que realmente nos dejan en la memoria el estremecimiento causado por una fiera teatral.

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