Cartas que encierran cartas
La carta como objeto que transmite emociones, que es el fruto de una necesidad de pedir dinero, de declarar amor, de mostrar inquietudes, y que cada carta escrita engendra y contiene otra carta que a su vez es contestada creando una correa de transmisión sinfín. Aquí colocadas todas dentro de un espacio mágico, materialmente artesano, en donde la historia narrada se fundamenta en una noción del propio hecho teatral que escapa a las definiciones clásicas. Ni siquiera las postmodernas la pueden contener. Se trata de un teatro de objetos que está lleno de palabras, de insinuaciones poéticas, de músicas que crean un espacio emocional donde trascurren las aventuras de unas cartas, de cientos de cartas entre dos enamorados o que se convierten a su vez en un homenaje a los carteros, oficio que hoy se dedica a transportar citaciones judiciales o extractos bancarios y no esas fuentes de emociones y sentimientos que eran las cartas, sustituidas por otros medios de comunicación más inmediatos.
Las formas son parte del fondo. La meticulosidad de cada elemento reinventado, el colocar al público frente a un caja de sorpresas, una casa minúscula en donde crecen las historias y todos los elementos utilizados parecen fruto de un cuento, de una imaginación que nos sitúa en otro espacio temporal. Carta a carta, narración a narración, se nos va describiendo un mal endémico, una pandemia, la soledad, como si la escritura fuera una máquina de crearla o de paliarla, pero la soledad de cuerpos enamorados separados por las convenciones, por la distancia o la obsesión.
Shaday Larios y Jomi Oligor han juntado experiencias, vivencias, técnicas y teóricas, y han conseguido un lenguaje propio, un instante de ensoñación, unos momentos de aprehensión del recuerdo de aquellas cartas que decía el poeta que algunas tienen sabor amargo. Un bello mini-espectáculo pero maxi en cuanto a intenciones, significaciones y logros de poética y narrativa escénica.

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