Carlos GIL
Analista cultural

Snob

Snob es una palabra en desuso. En cambio se puede asegurar que estamos viviendo la mayor eclosión de la cultura snob. Con matices difuminan el perfil de lo que se imita, porque hasta en este campo se ha rebajado la intensidad y la calidad del esnobismo. Hoy encontramos vestigios de esta corriente con el horizonte puesto en un programa televisivo, no se busca una imitación del buen porte del dandy o del uso del lenguaje sofisticado del intelectual más brillante ni en la estética barroca de la moda más desbordante de imaginación. En estos tiempos decadentes el esnobismo se queda reducido a comprar ropa globalizada en tiendas franquiciadas, en leer productos editoriales de consumo fácil bien promocionados y que crean círculos identitarios en las redes, en aplaudir exposiciones desvencijadas y sin ningún poso, en dar vuelos a ballets obsoletos y tardoclasicistas, en escuchar una música incidental llevada a los altares de la posmodernidad por su inconsistencia, bendecir el teatro más inane, más oscuro, menos incisivo, pero bien subvencionado y programado, buscar productos alimenticios con poderes mágicos sobre la salud en tiendas naturalistas con precios de capital petrolera y aparentar saber mucho de marcas de vino y muy poco de cepas y varietales. No quiero hablar de los hábitos de comida y de cocina porque eso se están estudiando ya en las facultades de mercadotecnia fractual. Así es cómo los snobs crecemos y nos hacemos una legión inabarcable.