11/11/2018

Raimundo Fitero
Pláticas

Vuelvo a ver con aires de emperatriz a Susana Díaz, la candidata orgánica del partido de gobierno en Andalucía y me reconozco un resentido. Esta política me provoca reacciones desconcertantes e incontrolables en mi sistema simpático como Aznar, Felipe González o Urkullu. Debo corregirlo. Debo madurar. Tendré más pláticas con mis asesores de imagen y mis terapeutas. No me permitiré vivir en esta sensación de descompensación diabética. El futuro requiere un mayor equilibrio, balancear de manera perfecta las fobias y las filias, mantener encerrados los demonios. El terror sigue, en directo o diferido.

Lo sucedido en el parlamento mexicano forma parte de un estado de terror no soportable. La violencia en México ha crecido este último año de una manera que debería entrar en una toma de decisiones urgentes para intentar acabar con una tendencia inasumible. Convivir con decenas de asesinatos diarios relacionadas con el tráfico de drogas, el poder y la corrupción, o todo en su conjunto, no se puede considerar de otra manera como una pandemia, una guerra, una desgracia que lleva décadas aumentando y formando parte de la vida de millones de mexicanos. Una diputada de Morena, el partido que acaba de ganar las elecciones, se entera en un pleno ordinario que su hija de veintidós años ha sido asesinada de nueve balazos en un gimnasio.  Parece un error del sicario que apareció a las horas en una furgoneta con otros nueve balazos. Demasiado explícito todo. Una salvajada sobre otra.

No hay forma de platicar de manera serena sobre un hecho que hunde a todos en un pánico paralizador. Un terremoto constante de alta escala. Los gritos desgarradores de la madre al enterarse en directo de la muerte de su hija forman parte del imaginario colectivo, el estado desmoralizador en que vive la mayoría.