Iker BIZKARGUENAGA

PARA LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL «WHITE COLLAR» NO SIGNIFICA CABALLITO BLANCO

Ha sido una constante en los últimos años, y también va a marcar el debate sociolaboral en este que empieza. La incidencia de la inteligencia artificial en el mercado de trabajo es motivo de controversia, y estudios recientes advierten de que los empleos más cualificados podrían ser, contra pronóstico, los más afectados.

gara-2019-12-31-Reportaje

En el ámbito socioeconómico y laboral está siendo un tema recurrente, y para mucha gente alarmante, la irrupción de la inteligencia artificial (IA) y sus consecuencias en el mercado de trabajo. Con más o menos rigor, en los últimos años han proliferado informes sobre el número de puestos que pueden verse afectados, y aunque con matices, hasta ahora todos han solido coincidir en que las tareas repetitivas de fábricas y talleres iban a ser las paganas de este salto tecnológico. Esto es así porque los análisis se han centrado en gran medida en la automatización y robotización, inherentes a los trabajos de «cuello azul». Sin embargo, la inteligencia artificial va a afectar también, quizá en mayor medida, a los empleos más cualificados –y mejor remunerados–. Si los trabajadores de «cuello blanco» pensaban que esto no iba con ellos, erraban.

Así se desprende al menos de un estudio realizado por el investigador de la Universidad de Stanford Michael Webb sobre los niveles de exposición laboral ante la inteligencia artificial, donde se concluye que afectará a un espectro cada vez más amplio de trabajadores, incluyendo profesiones especializadas o que requieren altos niveles educativos.

Cambiará el concepto de «trabajo»

El trabajo, titulado “The Impact of Artificial Intelligence on the Labor Market”, ha sido difundido por The Brookings Institution, que recuerda en su web que la inteligencia artificial «implica programar ordenadores para que realicen tareas que, cuando las ejecutan los humanos, se consideran que son tareas que requieren inteligencia para planificar, aprender, razonar, percibir, predecir o actuar», y avisa de que «nadie es inmune» a ella. «La inteligencia artificial será tan central para el entorno administrativo de oficina como la robótica lo ha sido para la economía de producción», explica Mark Muro, investigador principal y director de políticas de Brookings, quien augura que la inteligencia artificial cambiará «lo que es el trabajo y lo que hacen los humanos». Y es que, se nos advierte, cuando miramos más allá de la automatización de los trabajos rutinarios y observamos la IA como una herramienta capaz de interpretar órdenes verbales, reconocer imágenes y hacer predicciones y tomar decisiones, no es difícil concluir que trabajos con alto «factor humano», desde radiólogos hasta profesionales legales y especialistas en marketing, podrían verse ampliamente afectados.

«Hay muchas tareas altamente cualificadas que se verán afectadas por el machine learning, y eso va a tener un efecto muy disruptivo», corrobora Erik Brynjolfsson, director de la Iniciativa sobre Economía Digital del MIT en la web axios.com, que también se ha hecho eco del informe de Webb.

En concreto, el estudio, que se centra en la realidad social y laboral de Estados Unidos, advierte de que aquellas personas con títulos de licenciatura o posgrado estarán hasta cinco veces más expuestas a la inteligencia artificial que aquellas que solo acrediten haber estudiado secundaria, lo que refuta la idea, largamente asentada, de que el nivel educativo ejerce de vacuna.

Yendo un paso más allá, el trabajo de Webb se atreve a hacer una distinción demográfica. Así, indica por ejemplo que «los hombres, que están sobrerrepresentados tanto en funciones analíticas y técnicas, como en la producción, trabajan en ocupaciones con puntuaciones de exposición a la IA mucho más altas», y que, en comparación «la fuerte presencia de mujeres en la educación ‘interpersonal’, en la atención sanitaria y en otros servicios de atención personal» las hace en este caso menos vulnerables. Lo que no deja de ser una paradoja, pues es consecuencia de la discriminación existente en el mercado laboral.

También sostiene que las áreas metropolitanas más grandes, con mayor presencia tecnológica en su espacio laboral, sufrirán un impacto mayor, mientras que las comunidades más pequeñas y rurales estarán menos expuestas a esta nueva variable.

EEUU: cuatro millones en dos años

Brookings destaca en su conclusión que el informe solo cuantifica la exposición potencial a la inteligencia artificial y las áreas de trabajo en los que se espera que impacte, pero no predice, porque no puede, si los sectores afectados se adaptarán a la nueva realidad o en qué medida lo harán. Dependerá probablemente de cada empresa, de cada persona y de la cultura laboral de cada lugar.

Pero siendo eso así, la constatación de que la IA va a tener una incidencia mayor en empleos cualificados es compartida por otros estudios. Por ejemplo, Richard Baldwin, profesor de economía internacional en Ginebra, publicó hace unos meses el libro “The Globotics Upheaval: Globalization, Robotics, and the Future of Work”, donde predice que los trabajos de cuello blanco serán eliminados más rápidamente por la revolución tecnológica en ciernes que en cualquier transformación económica anterior. Asimismo, Craig Le Clair, analista de Forrester Research, auguraba en octubre en “Expansión” que unos cuatro millones de empleados administrativos de Estados Unidos podrían perder su puesto para 2021. Y ampliando el foco al conjunto de las economías desarrolladas, la firma de consultoría Price Waterhouse Coopers apunta en un informe que en los próximos diez años el 30% de los puestos en finanzas y seguros corren el riesgo de ser automatizados, porcentaje que se eleva al 50% para el conjunto del trabajo en oficina.

De todos modos, estas cifras son resultado de una visión resignada y pesimista de lo que va a suponer la inteligencia artificial, cuando lo cierto es que en la historia de la humanidad las innovaciones tecnológicas, desde la rueda a la electricidad, han significado por norma progreso. Esa lógica no tiene por qué romperse, la cuestión es qué es lo que se deja en el camino... y a quién se deja.

La IA puede amortizar empleos, sí, pero también puede crear nuevos puestos, puede transformarlos y puede hacer que nuestro trabajo sea más fácil. Dependerá de cómo se aplique y en beneficio de quién, y la forma en que se resuelva esa ecuación será como siempre consecuencia de la pelea que seamos capaz de dar los trabajadores y trabajadoras, sea cual sea el color de nuestro cuello.