Mikel PASTOR
BILBO

Prostitución, la complejidad de un estigma

Las muertes de Ada Otuya y de Jenny Sofía Rebollo, quienes según la Ertzaintza ejercían la prostitución, han vuelto a poner de relieve la fragilidad, vulnerabilidad y precariedad de un colectivo absolutamente estigmatizado. Asociaciones como Askabide, piden que el interés mediático no sea flor de un día y que cualquier debate afronte la complejidad de este fenómeno.

Pocos fenómenos en el mundo se prestan a la estigmatización como el que atañe al mundo de la prostitución. Tópicos e hipocresía, mucha hipocresía, coinciden en el imaginario colectivo que poco tiene que ver con la realidad de la calle, los clubes o los pisos.

Las muertes de Ada Otuya y de Jenny Sofía Rebollo han vuelto a situar en primer plano la prostitución, suscitando reacciones de todo tipo: regulacionismo, abolicionismo, protección... Abundan las posturas, escasean los análisis y vuelve a primar la estigmatización y la homogeneización, obviando la complejidad que rodea a este colectivo, olvidando que cada persona que ejerce la prostitución lo hace rodeada de una situación personal diferente, que en la gran mayoría de casos es durísima.

Askabide es una de las asociaciones que se dedica a dar apoyo al colectivo de prostitutas. Una de sus componentes, Marian Arias, explica a GARA que el dicurso que rodea la prostitución «es sinónimo de hipocresía, de doble moral. Resulta asombroso ver a gran parte de la población pidiendo protección para estas chicas, cuando son exactamente esas mismas personas las que hace tres o cuatro semanas querían organizar patrullas ciudadanas por la zona de General Concha para echar a las prostitutas».

Las dos nuevas víctimas que la violencia machista se ha cobrado han vuelto a poner el foco social y mediático en este mundo. Arias pide que ese interés «no se dé únicamente cuando ocurre un caso de estos. Siempre funciona por picos, pero el morbo desatado en este caso ha superado cualquier caso anterior. Lo que pedimos es que esto no sea algo de una semana. Que dentro de tres meses, cuando todo esto se haya enfriado, la sociedad, los medios de comunicación, sigan prestando atención a la situación de estas chicas, porque seguramente no habrá cambiado, seguirá siendo igual de dura que ahora».

Criterios dispares en la solución

Arias explica que la situación de la gran mayoría de prostitutas no es espontánea, sino que es consecuencia directa de la exclusión social y de la precariedad. «Nadie empieza a ejercer la prostitución de manera definitiva, y eso es algo que hay que entender. Entran para enviar dinero a sus familias, para poder pagar las facturas, porque les han desahuciado... Ninguna de las prostitutas con las que he hablado durante todos estos años sabía que iba a acabar así. Es algo a lo que te empuja la exclusión social», apunta.

Esa precariedad, esa situación de vulnerabilidad, y el miedo que provoca es la principal razón para no denunciar las agresiones que sufren en el trabajo. «Muchas de ellas están aterrorizadas con lo que ha pasado, tienen miedo, piensan que les puede pasar a ellas, pero no lo denuncian. No quieren exponerse, no quieren tener que cargar con el estigma de ser prostitutas», señala.

¿Qué hacer para superar esta situación? «Es un tema complejo, de difícil resolución, porque incluso dentro de los movimientos feministas no existe una postura única, y eso dificulta el camino. Hay quién apuesta por la abolición, otros por la regularización, es complicado actuar sin una acción conjunta», apunta Arias.

No obstante, cualquier posible salida a esta situación pasa por «la organización, por unirse, por que ellas den la cara, pierdan el miedo y reivindiquen sus derechos, que los defiendan frente a las autoridades. Sin embargo, esto es muy difícil, ya que muchas tienen lo justo para sobrevivir y para comer todos los días, y en esa situación es difícil intentar reivindicar tus derechos», explica.