
No conviene minusvalorar a Donald Trump. Ese multimillonario megalómano y narcisista de 71 años, magnate del sector inmobiliario, es capaz de salir a la palestra y decir lo que quiera por muy descaradamente odioso que sea. Cáustico, grandilocuente y, a menudo, indecente e incoherente, este peligroso demagogo, que se toma a sí mismo por gracioso, tiene una innegable capacidad de generar afinidad con la base republicana, algo que, al parecer, le da energía. Trump mantiene y consolida su ventaja en intención de voto en las primarias republicanas para ser candidato presidencial en 2016.
Con estas credenciales resulta difícil entender cómo puede liderar la carrera republicana todo el «fenómeno Trump». Y más, si cabe, entender las razones por las que millones de estadounidenses le quieren y le aplauden a pesar de todas sus palabras contra los mexicanos, las minorías, contra las mujeres y contra sus contrincantes en las primarias, a quienes considera «marionetas de los donantes» –y él, reconocido donante de Hillary Clinton, sabe mucho lo que es pagar a políticos y comprar sus favores–. O quizá lo hacen por ello, porque la transgresión y lo «políticamente incorrecto» es un motor, tan grande como el éxito personal, de generar adhesión.
Trump fue el ganador y el acaparador del debate televisivo que batió todos los récords de audiencia (un 16% de los hogares estadounidenses lo siguieron)del 6 de agosto entre los candidatos republicanos en Fox News. Con un tono nada sobrio y un discurso desafiante, Trump se ha convertido en un «veneno» apetecible, irresistible para la base de los republicanos.
Razones de su éxito
Muchos votantes republicanos apoyan ciegamente a Donald Trump convencidos de una ecuación: ser un empresario de éxito es un buen inicio para un renacimiento económico. Algo así como «si Trump es un multimillonario, debe saber crear empleos». Además, el hecho de que no sea un profesional de la política, un burócrata del sistema o un «insider» en Washington juega a su favor. Quienes lo aplauden y se disponen a votar por él piensan en cierta medida que si ha decidido entrar en el juego de la política es para revolucionarlo. Esa misma gente piensa que Trump es un «luchador» y a la gente le gustan los luchadores. Creen que dice lo que piensa, sin importarle los convencionalismos o lo políticamente correcto. Y esa transgresión la equiparan con una denuncia de los ataques a los valores tradicionales de EEUU.
Pero en el stablishment republicano no las tienen todas consigo y preocupa mucho el «huracán Trump». Son conscientes de que si no encuentran una manera rápida de marginalizar su candidatura, de sacarlo de la carrera presidencial, puede convertirse en un problema mayor para el partido.
Y es que el multimillonario Trump tiene recursos de sobra para, si el partido decidiera «cortarle las alas», echarle un pulso en toda regla. Si su alianza con Fox News se rompe, como algunos han dado a entender, tiene los medios para crear su propia plataforma comunicativa. Y si el Partido Republicano lo desprecia, probablemente no dudará en presentarse como candidato independiente.
Definitivamente, no hay que subestimar a Donald Trump.

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