
Ocho meses después Alexis Tsipras ha revalidado su cargo como primer ministro de Grecia dejando pasmada a la oposición conservadora, a los medios de comunicación y a las empresas responsables de los sondeos de opinión. Su victoria le permitirá llevar a cabo un programa de recuperación nacional, pero su gestión se enfrenta a dos serios peligros que se mostrarán sin duda a lo largo de la legislatura que ahora comienza.
Lo bueno. La noche electoral fue para el líder de Syriza una reedición de la vivida el pasado 25 de enero, aunque en esta ocasión se registraran notables ausencias y hubiera bastantes menos seguidores. Para suplirlos se presentó en el centro de Atenas, ante sus fieles, abrazado a su socio de gobierno y líder de Griegos Independientes (ANEL), el derechista Panos Kammenos.
El recién elegido primer ministro respiraba tranquilo. Aunque no ganó con mayoría absoluta como habría preferido, al menos le bastaba con renovar el pacto mantenido durante la anterior legislatura con ANEL, derecha nacionalista, para dedicarse a los que serán sus objetivos en la nueva legislatura: batalla por la reestructuración de la deuda, mejora en la administración del Estado, lucha contra la corrupción y esfuerzo para variar la correlación de fuerzas en el continente.
En apenas dos meses Syriza se había repuesto al fracaso que supuso tener que decir Sí a los acreedores, cuando el 62% de los griegos había dicho “No”, aprobar el durísimo acuerdo aparejado al tercer préstamo que endeudaba más al país y afrontar una profunda escisión dentro del partido que le dejaba sin mayoría parlamentaria, seis meses después de comenzada la legislatura.
Tsipras consiguió de nuevo desguazar los pronósticos que le daban una victoria muy ajustada, o incluso una derrota, y que parecían abocar al ganador a un gobierno multipartito.
Lo llamativo de los resultados es que todos los partidos lograron, con ligeras variaciones, similares resultados que en las legislativas de enero. El equilibrio de fuerzas quedaba prácticamente intacto. Vuelve Tsipras, repitiendo gobierno de coalición y con la mayoría de los anteriores ministros. Sin embargo, este aparente viaje circular se ha hecho a costa de olvidarse de una buena parte de la población, empobrecer la pluralidad y la democracia interna que existía en Syriza y endeudar al país en 83.000 millones más.
Lo feo. En estas elecciones Syriza no representó la posibilidad de cambio de cara a los votantes. Es cierto que durante la campaña se esforzó por presentarse como el futuro y la esperanza del país, y el único que puede combatir la corrupción y la vieja política. Todo ello con un lenguaje que rehuía las tradicionales categorías de izquierda y derecha.
Pero para los ciudadanos la situación se resumía en que no había alternativa a las políticas de austeridad, toda vez que incluso Syriza había terminado firmando un nuevo memorándum, como habían hecho desde 2010 el resto de gobiernos. Si acaso, Syriza aparecía para una parte de los votantes como el mal menor, pero para la mayoría o no era un partido de fiar o era uno más dentro del sistema.
Con respecto a enero, Syriza perdió 220.000 votos y 544.000 el resto de formaciones. Lo que significa que, en un país donde tradicionalmente votaban tres de cada cuatro ciudadanos, la abstención creció en cerca de un 20%, hasta llegar al 43,4% del censo. Cerca de la mitad de los griegos se quedaron al margen del proceso electoral y solo uno de cada cinco adultos votó por Syriza.
Además, las controvertidas decisiones tomadas en solitario por la cúpula del gobierno forzaron la deserción de 25 diputados y el abandono del partido de miles de militantes. Como reconoció a GARA la candidata de Syriza Anastasia Giamalí, «fue un gran error no haber realizado un congreso extraordinario, pues quizás habría evitado su marcha».
Pero el peligro todavía no está conjurado, pues sigue existiendo «un sector de la dirección que considera que el memorándum no es una buena elección», por lo que «tiene que funcionar la democracia interna y hacer del pluralismo de voces nuestra fortaleza».
Lo malo. La victoria de Tsipras ha sido aceptada con frialdad y reservas por los dirigentes europeos. El mismo lunes el portavoz de la Comisión Europea, Margaritis Schinas, recordó que Grecia «está comprometida con un ambicioso programa de reformas», conforme al memorando firmado en julio por el propio Tsipras, y para lo cual «hay mucho trabajo por delante y no hay tiempo que perder».
Las medidas que el Gobierno griego debe aprobar en los próximos meses son muchas y muy dolorosas. Los cambios en el sistema de pensiones, el vasto programa de privatizaciones o la reforma del mercado laboral, entre otras, pondrán a prueba el respaldo del Ejecutivo.
Pero también la viabilidad de un memorando que para muchos economistas solo conduce al desastre, de no incluirse una reestructuración de la deuda. Incluso el Fondo Monetario Internacional ha dejado claro que la deuda griega es insostenible. Para el Premio Nobel Joseph Stiglitz, «las políticas de austeridad promovidas por Alemania son peligrosas» y «de continuar otros tres años, el paciente podría morir».

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