Dabid Lazkanoiturburu

Terremoto Trump

Casi nadie apostaba por él. Pero su buen arranque en las primarias, las encuestas y la deriva del Partido Republicano le han catapultado. E independientemente de que lo consiga o no, el éxito logrado ya por este showman multimillonario confirma que estamos ante un seísmo. Un terremoto personificado en un peligroso bufón, pero cuyo epicentro hay que buscarlo en la profunda crisis política de estos tiempos. En EEUU y más allá (o más acá). Terremoto Trump.

Cómo es posible que un personaje como Donald Trump pueda acabar disputando la presidencia de EEUU, la cuna de la democracia liberal, en las elecciones del 8 de noviembre de 2016?

Es la pregunta que analistas y periodistas se venían haciendo desde que, en junio de 2015, el multimillonario y showman anunciara su candidatura para disputar las primarias del partido republicano.

Sus inmejorables resultados en Iowa y New Hampshire, citas electorales no decisivas pero sí imprescindibles, le han consolidado como uno de los favoritos. De ahí que la pregunta no es ya pertinente sino urgente y esté en boca de todo el mundo. Y es en esa percepción popular –popularización– del personaje donde radica probablemente una de las claves para entender el «terremoto Trump». Porque si lo intentamos analizar desde la atalaya de la tradicional superioridad académica, es muy posible que lleguemos a la irrelevante conclusión de que el mundo está loco. Cuando acaso lo que deberíamos preguntarnos es cómo es posible que el mundo haya permitido que parte de él enloquezca hasta el punto de que pueda admirar, y votar, a alguien como Trump.

Providencial en tiempos de crisis. El éxito de Trump responde a un contexto de crisis global. Una crisis no solo económica sino que afecta directamente a un modelo, el de la democracia liberal, cuyo máximo exponente y producto más acabado es EEUU. La percepción de esta crisis tiene, por tanto, sus especificidades internas, más en un imperio que siente cada vez más amenazada su supremacía unilateral. Pero no es privativa de EEUU, sino que alcanza a buena parte del resto del mundo, incluida Europa Occidental, con una extrema derecha en auge, y a potencias como Rusia y China, que ven así reforzadas sus apuestas alternativas –«democracia autoritaria» en el primer caso, «socialismo de mercado» en el segundo–.

Donald Trump apela a los sentimientos más primarios. Con su lema “Make America Great Again” (Recobremos la Grandeza de América), conecta a la perfección con una parte de esa clase trabajadora blanca que ve cómo sus condiciones de vida han ido desplomándose y para la que la crisis de 2008 ha sido la puntilla; una crisis de la que el país se ha recuperado formalmente, pero a costa de un crecimiento exponencial de la desigualdad social y de la precariedad. Los análisis tras su victoria en las primarias de New Hampshire revelan que el principal caladero de votos que dio la victoria a Trump fueron los trabajadores de cuello azul –blue collar workers; a saber, obreros de fábrica y taller–, que le dieron hasta el 60% de sus apoyos.

La nostalgia WASP y la xenofobia. El éxito de Trump reside en su capacidad de explotar hasta el paroxismo esos sentimientos primarios inculcados en la psique del estadounidense a lo largo de los doscientos años de existencia del país. Y el racismo y la idea del exclusivismo blanco, y no solo blanco sino desde una específica cultura y religión blancas, vive en crisis pero ya desde hace décadas.

El primer golpe al modelo WASP (white, anglo saxon protestant) fue la histórica la lucha por los derechos civiles de los años 60. Hay quien incluye la elección como presidente de John Kennedy, (católico y descendiente de irlandeses) como el segundo.

La llegada de Barack Obama a la Casa Blanca reafirmó a este sector del electorado en su convicción de que EEUU camina a la deriva, con un presidente negro, y cuando, como insiste Trump, «la holgazanería es propia de los negros». Para más inri, el ascendiente keniata de Obama y su segundo nombre, Hussein, fue utilizado en una campaña que comenzó negándole legitimidad presidencial con la mentira de que no nació en EEUU y acabó «acusándole» de ser musulmán.¿Y a que no saben quién coprotagonizó esa campaña? El propio Trump. Justo es decir que no es el único, porque es algo que cree a pies juntillas el 54% del electorado republicano.

Trump atiza la nostalgia por un país que ya no existe ni volverá. Y en el que hay blancos huérfanos de su excluyente «sueño americano» e incapaces de lidiar con una sociedad cada vez más mestiza –un tercio de la población pertenece por ese orden a las minorías latina, negra y asiática– y en la que el electorado sobre todo latino –en 2060 será un 30% de la población– decide el ganador en las elecciones estadounidenses –como fue el caso de Obama en 2008 y, sobre todo, en 2012–.

Mitin en Manchester, ciudad más poblada de New Hampshire. «¿Quién va a pagar el muro?», pregunta Trump. «¡México!», responde con una sola voz un entregado auditorio de miles de personas, que concluye con un exorcizante «¡USA! ¡USA!». La de construir un muro de cientos de kilómetros en la actual frontera con México, a la que incluso ha puesto precio y pagador –8.000 millones de dólares a cuenta de las arcas mexicanas–, es una de sus propuestas estrella. Para ello no deja de parodiar a los inmigrantes mexicanos como portadores de drogas, crimen e incluso de «tremendas enfermedades contagiosas», además de ser, por supuesto, «violadores sexuales por naturaleza».

Misógino militante. Quien colija de este último exabrupto que Trump es un defensor de la integridad de la mujer va errado. No en vano, y hasta que lo vendió en setiembre de 2015, uno de sus negocios favoritos y más conocidos era la compañía Miss USA y Miss Universo. Todo un alarde del peor machismo elevado al altar televisivo.

Ya en campaña, su misoginia insultante y desenfrenada ha hecho historia, al punto de llegar a sonrojar incluso a sus rivales republicanos, Y es que pega a diestra y siniestra –con permiso del socialista Sanders–. De su rival demócrata Hillary Clinton, aseguró que «se la zumbaron (schlonged) en el wáter».

Tras el primer debate republicano en diciembre en la ultraconservadora Fox News, sugirió que la presentadora y moderadora Megyn Kelly fue tan incisiva con él porque tenía la menstruación («la sangre le salía por los ojos», deposicionó en twitter). Y no se sintió satisfecho, al punto de que, a escasos días del arranque de las primarias, condicionó su presencia en un nuevo debate en la cadena del hasta ahora intocable magnate Rupert Murdoch al veto a la presentadora. No lo logró pero no asistió, lo que, lejos de debilitarle, le reforzó como candidato «antisistema».

Un arribista consumado. Porque Trump no es ni republicano. Ha sido demócrata y republicano a tiempo parcial, y hasta miembro del partido de la Reforma entre 1999-2001. Recientemente, ha amenazado con presentarse como independiente a la Casa Blanca en caso de que fracase en su intento o sea apartado de la carrera por un golpe de mano del viejo partido (Old Party).

Hay quien asegura que, con su candidatura, Trump está destruyendo al partido republicano a la vez que está desvelando su verdadero rostro, el de una derecha ultramontana. El apoyo que recibió de Sarah Palin, fracasada candidata a la vicepresidencia en 2012 y vocera del Tea Party, así lo atestigua.

Islamófobo confeso, Trump defiende prohibir la entrada de refugiados musulmanes y promete bombardear al califato del ISIS hasta «mandar a todos (sic) al infierno». Aboga asimismo por el uso de la tortura como método de interrogatorio. Ocurre que en todos estos temas difiere poco del propio expresidente Bush y de prácticamente todo el resto de aspirantes republicanos. Incluso se queda corto ante uno de sus principales rivales, Ted Cruz, quien apuesta por «arrasar con bombardeos masivos» la capital siria del califato, Raqa, con sus 200.000 habitantes dentro.

Trump tiene asimismo duros competidores entre sus rivales republicanos en la loca carrera por el discurso más soez y la imagen más procaz. La campaña de Cruz presentó un vídeo en el que este reivindicaba el modo diferente de hacer tejano, cocinando a tiros de ametralladora una ristra de tocino enrollada alrededor de la mortífera arma.

El gran «showman». Pero lo que no se le puede discutir a Trump es su capacidad para concitar la atención pública. Es un avezado showman que lleva hasta el límite otra de las características de la política estadounidense y, por ende, de sus campañas: la política como espectáculo.

Quien mejor que Trump, quien en 2004 pulverizó todas las audiencias con su reality show televisivo “The Apprentice”, para copar el espacio mediático con sus provocaciones, sus salidas de tono y exabruptos. En una política convertida desde hace decenios en un circo televisado, el bufón es el rey.

Cuenta además con una ventaja: Trump es una marca. En 1983, construyó su primer rascacielos, el Trump Tower, en Nueva York, al que seguirían otros grandes edificios con su nombre.

Sin necesitar presentación, y con un ego a la altura de esas imponentes construcciones, Trump ha optado por la telepolítica basura. Su propia imagen, con un artificioso peinado en cortinilla, y su aparatosa gestualidad, apelan a lo más cutre, pero a la vez a lo más atractivo de ese formato, como revelan las audiencias. Sus provocaciones se solapan y se superan, haciendo olvidar una a la otra. No duda en utilizar un discurso de cintura para abajo, y no le duelen mientes incluso con los mensajes escatológicos, como cuando en un mitin llamó literalmente «cagón» a Cruz.

El discurso de Trump conecta con el habla de la calle, utiliza con profusión la jerga del electorado popular blanco y el lenguaje sencillo, lejos del que usan los políticos de Washington, educados en las más prestigiosas universidades del país.

El empresario de (relativo) éxito. Multimillonario –su fortuna se calcula en 4.000 millones de dólares–, Trump se reivindica como empresario de éxito y por oposición a la clase política. Alardea que nadie financia su campaña –lo hace él– y seduce a ese electorado que desconfía, con razón, de la clase política, y que fue educado durante décadas en el mito del empresario hecho a sí mismo a través del sacrificio y del trabajo. Sin embargo, su biografía confirma eso, que se trata de un mito.

Nacido en Nueva York e hijo de un empresario inmobiliario que hizo fortuna gestionando apartamentos para la clase media en Queen (su barrio de origen) y Bronx, Donald Trump no comenzó de la nada..

Las cuatro bancarrotas en empresas en las que participaba en los noventa y el desplome de sus casinos en Atlantic City en 2005 a punto estuvieron de llevarle a la quiebra. Precisamente lo que le salvó fue su decisión de crear un sistema de licencias por el que aportaba (vendía) su nombre-marca a rascacielos ajenos a sus negocios. La marca Trump como recurso estratégico, en los negocios y, ahora, en la política.

Que gente angustiada por su futuro coree a un empresario que llega a los estados en lo que hace campaña en un Boeing privado de 3 millones de dólares simulando el Air Force One presidencial revela que los análisis marxistas sobre la enajenación de la clase obrera, al margen de actualizaciones y contextos temporales, siguen siendo certeros. Y nos introduce en la última caracterización del personaje.

El mentiroso compulsivo. «Dice lo que piensa»: Tanto sus defensores a ultranza como algunos de sus detractores coinciden en destacar la «sinceridad» de Trump. Cuando, en realidad, miente más que habla. Lo que ocurre, otra vez, es que encuentra terreno abonado en una clase política que ha convertido en toda una profesión el arte de nadar entre las medias verdades y las medias mentiras. En este clima, Trump es capaz de ocultar una gran mentira «confesando» una verdad. Y sus revelaciones sobre su relación con Hillary Clinton son el mejor ejemplo.

Trump ha informado que tanto ella como su marido y expresidente Bill Clinton asistieron a su tercera boda en 2005 porque estaban obligados, al ser él donante de sus campañas y de la Fundación Clinton. Con esa revelación, logra alimentar el hartazgo hacia dinastías políticas como los Clinton (y los Bush) pero sortea la derivada de su «confesión». Él es parte de esa misma élite, de ese magma de intereses que regala donaciones y recibe prebendas. Donald Trump pertenece a ese 1% de la población estadounidense en cuyas manos está el 42% de toda la riqueza nacional y poco menos que el 100% de todos los resortes del poder político.

Lo burdo de su estrategia revela que, en el caso de su electorado, estamos ante una cuestión de fe. Sus crédulos votantes aplican un axioma conocido en casi todas las religiones. Trump tiene razón porque es rico. Si es rico es un ganador. Y si es un ganador es porque tiene razón. Puro silogismo circular.

Lo que no quiere decir que sea particularmente religioso. Consciente de la ventaja de Ted Cruz en Iowa, un estado con una fuerte presencia evangélica, Trump se presentó a sí mismo como paladín del cristianismo más rigorista ¿Estamos en este caso ante un fenómeno de conversión? Más bien ante el oportunismo de un Trump que, en materia de aborto y homosexualidad, ha sido históricamente bastante menos restrictivo que la gran mayoría de sus hoy rivales republicanos. En todo caso, sus sonados divorcios e incluso los rumores sobre sus aventuras homosexuales en uno de sus viajes de negocios en Hong Kong no responden al arquetipo de la «rectitud moral» sino, como mínimo, al de la hipocresía.

El diario “The New York Times” citó recientemente un estudio según el cual Trump es el político más disparatadamente mentiroso. “The Washington Post” fue más allá sentenciando que «la campaña de Trump parece diseñada para confirmar la observación de H.L. Menken de que nadie se ha ido a la bancarrota subestimando la inteligencia del pueblo estadounidense».

El guiño autoritario. Trump justifica sus cambios de posición y la nula concreción de su programa asegurando que «tenemos que ser imprevisibles, como los jugadores de póker», para añadir que no quiere que los enemigos de EEUU, e incluso sus aliados, sepan lo que piensa.

¿Explica eso sus escarceos, por cierto correspondidos, con el presidente ruso Vladimir Putin? ¿O sus elogios al líder norcoreano Kim Jong-un por sus «méritos»? Quizás. Hay quien vincula esas declaraciones con la reivindicación por parte de Trump de la incorrección política. Trump ha defendido tanto al líder libio Muamar al Gadafi como al iraquí Saddam Hussein, ambos muertos en campañas militares estadounidenses. En la misma línea, apuesta por el fortalecimiento en el poder del sirio Bashar al-Assad. Reconociendo que es de los pocos políticos en activo que se opuso a la invasión de Irak en 2003, la coincidencia de Trump en las filias y querencias en materia internacional con las que profesa la extrema derecha europea invita a pensar que estamos ante un terremoto que no es totalmente ajeno a nuestras latitudes. Ante un seísmo que, en un escenario de perplejidad y malestar general, apuesta por soluciones autoritarias y excluyentes.

Frente a ello, el socialista y aspirante demócrata Bernie Sanders apela a la solidaridad y a la inclusión. Juega en su mismo campo, el de las alternativas a un establishment político agotado. Así se explica que, según las encuestas y en caso de que el multimillonario lograra la nominación, sería Sanders, y no Clinton, el único que podría vencer en las urnas al terremoto Trump.