Dabid Lazkanoiturburu

Un movimiento táctico pero con profundidad estratégica

La retirada parcial de su contingente en Siria, con cuya intervención el Kremlin ha conseguido romper el aislamiento al que le intentó someter Occidente, le evita empantanarse en una larga guerra y advierte a Damasco de que no tiene un cheque en blanco. Pero también sitúa a los rebeldes en una difícil tesitura.

Al ordenar la retirada del grueso de los refuerzos que envió a Siria hace seis meses, Putin anuncia un movimiento táctico pero que revela a la vez la profundidad estratégica de los cálculos del Kremlin.

Su repliegue parcial no afectará a su presencia militar permanente en el país árabe y no incluirá los misiles antimisiles S-400, con los que mantiene a raya a Turquía. El propio Ejército ruso anunció que seguirá bombardeando «objetivos terroristas».

Pero le permite, de un lado, presentar su campaña como un éxito –solo empañado por el atentado en Egipto contra un avión de turistas rusos y por el derribo de un caza ruso por el Ejército turco–. Y, sobre todo, le evita el riesgo de empantanarse en un escenario, el sirio, en el que un eventual acuerdo político llevará años.

Los mismos que necesitaría Rusia en caso de que se implicara de lleno en la reconquista del país por parte del régimen. Para ello correría el riesgo de tener que implicar tropas sobre el terreno. Y, además, con un resultado incierto. Tanto el Kremlin como la sociedad siguen traumatizados por la aventura militar del Ejército Rojo en Afganistán, que le enfangó durante diez años (1979-1989) en una guerra de desgaste contra los mujahidines afganos que se saldó con una vergonzosa retirada, más de 50.000 bajas militares mortales y una crisis que muchos sitúan como una de las claves para entender el hundimiento de la URSS.

Ya en clave diplomática, la retirada, sin duda consensuada con EEUU, permite a Rusia sortear las críticas por los efectos de su campaña masiva de bombardeos y mitigar así las tensiones con sus socios occidentales, obligados por las circunstancias, pero socios al fin y al cabo.

En la misma línea, con su golpe de mano, el Kremlin lanza un mensaje al régimen sirio y un señuelo a los rebeldes armados. En el primer caso, Rusia advierte al presidente Bashar al-Assad de que no tiene un cheque en blanco y de que no está dispuesta a comprometer su viabilidad como potencia internacional de vuelta y su maltrecha economía para satisfacer a un régimen crecido y que aspira, en palabras del propio al Assad, a reconquistar todo el país cuando actualmente controla el 30% del territorio (la Siria fértil). No hay que olvidar que mantener una campaña de bombardeos y su correspondiente logística cuesta mucho dinero y Rusia vive una grave crisis económica.

Pero, más allá de cálculos económicos, Rusia sale al paso del intento del régimen de aprovechar su posición de fuerza para presentar como una línea roja infranqueable la destitución de Al-Assad.

Si la decisión rusa sitúa al ejército sirio y a sus aliados chiíes a mostrar que pueden mantener de forma más autónoma su actual ofensiva, por lo que toca a los rebeldes armados, el repliegue táctico pone a prueba el compromiso con el alto el fuego y las conversaciones de la miríada de grupos rebeldes armados y les sitúa ante la difícil tesitura de mantener quietas y prietas sus heterogéneas filas o aprovechar para recuperar el terreno perdido durante estos últimos meses.

El anuncio de Al Qaeda de una contraofensiva general en los próximos días y el hecho de que varios grupos rebeldes islamistas y salmistas hayan luchado en coalición con la sección siria de la red (Frente al-Nosra) apunta a que podrían caer en una suerte de trampa tendida por el Kremlin, que podría así confirmar su tesis de que no hay distinción alguna entre rebeldes y terroristas.

Ello supondría un debilitamiento aún mayor de una oposición en el exilio en la que priman las divisiones y las posiciones de los distintos patrocinadores regionales. Y confirmaría a EEUU que, con la excepción de los kurdos, no hay nada que hacer con los que un día como ayer, hace cinco años, se levantaron contra el régimen.

Si se cumpliera ese pronóstico, la posición de Moscú saldría aún más fortalecida. Pero incluso en el caso de que no fuera así, Rusia ya ha conseguido lo que ansiaba con su campaña en Siria: salvar el aislamiento internacional al que le intentó someter Occidente con la crisis ucraniana.

Porque evitar el desfondamiento del régimen sirio no ha sido nunca el objetivo último del Kremlin. Era, y sigue siendo, un medio ya no solo para no perder más pie en el mundo, sino para regresar a él con fuerza.

E incluso en una posición de tú a tú con Washington en la que Moscú está marcando los tiempos.