«Nuestros hijos deberían tener una segunda oportunidad»
Sammy, el hijo de Veronique Louete, se convirtió al islam cuando tenía 14 años. En 2012 hizo las maletas y se convirtió en uno de los 500 belgas que combaten en Siria en las filas yihadistas. Sus familiares han fundado una organización para prevenir más casos.

A Veronique Loute se le vino el mundo encima en 2012. Su hijo Sammy, que entonces tenía 23 años, le anunció que marchaba a la frontera de Turquía con Siria para realizar «labores humanitarias». No era cierto. Meses después, en un vídeo de Youtube, pudo verle con un kalashnikov al hombro. Se había enrolado en la brigada yihadista Al Muhajirin, que terminó formando parte de Jahbat Al Nusra, la filial de Al Qaeda en el país árabe. Desde entonces desconoce su paradero. Mantuvo contacto a través de Skype, pero en agosto de 2015 se cortó. «Me dijo que había drones y que era peligroso». A pesar de proceder de una familia católica y recibir una educación «de izquierdas», el chaval se convirtió al islam con 14 años, una época que coincidió con el divorcio de sus padres. Casi una década después marchó a Siria. Alguno de sus acompañantes, como su amigo Sean, han muerto en combate.
Veronique Loute no ha vuelto a saber nada de su hijo desde aquel día de agosto en el que cortó la conexión por razones de seguridad. Como Sammy, cerca de medio millar de belgas se han enrolado en las filas de Al Nusra o el Estado Islámico. Solo unos pocos han regresado. Sus familiares constituyeron en 2013 la organización «Les pères concernés (los padres preocupados)» como modo de hacer pública su historia y prevenir fugas. «Mi hijo se enfadó. Me dijo que dejase de contar su vida por ahí. Él tomó sus decisiones y yo las mías», explica. Esta mujer de 66 años, jubilada, es la «excepción que confirma la regla» dentro de un grupo en el que todos sus miembros son musulmanes. Es consciente de los actos de su hijo. No le disculpa. Ni siquiera lo intenta. Pero, como madre, solo tiene un deseo: volver a verle antes de morir. A él, a su mujer, con la que se casó en Siria y a quien no conoce, y a sus nietos, a los que nunca ha abrazado.
«Podía haber sido mi hijo. No lo escondo. Podría haber sido él perfectamente», asegura, en referencia a los atentados del 22 de marzo en Bruselas en los que murió una treintena de personas. Lo pensó durante 30 segundos. Luego, trató de darle «el beneficio de la duda» y aferrarse a la idea de que él «solo quería ayudar a sus amigos musulmanes» y «convertirse en imán».
Bilal Hadfi, kamikaze en París
Por desgracia sabe que, si ocurriese, no sería el primer caso en el que un miembro de su asociación escucha en las noticias que su vástago se ha inmolado en algún ataque. Ocurrió con Bilal Hadfi, uno de los kamikazes de la matanza de París del 13 de noviembre. Fátima, su madre, que formaba parte del grupo, está en estado de «shock». Ha decidido no hablar sobre la tragedia. Digerirla sola. «Es terrible. Pierdes a un hijo. Y, además, está la mirada de los otros», reflexiona Loute. Comprende que los yihadistas sean vistos como monstruos. Pero, al fin y al cabo, ella sigue queriendo a su hijo. Y trata de entender qué ocurrió desde que Sammy le anunció que se convertía al islam, hasta que en 2012 hizo el petate y se enroló en una milicia siria. «No es tu guerra», dice que le advirtió. Pero él no le hizo caso. Quiere creer que nunca regresará para hacerse explotar en Europa. «Por si acaso, ella siempre le envía un mensaje: «No vuelvas».
La relación de Bélgica con el yihadismo no es nueva. Se trata del país europeo que más combatientes ha exportado. En febrero de 2015, tres miembros de Sharia4Belgium, una red salafista que enviaba jóvenes a Siria e Irak, fueron condenados a penas de entre cuatro y doce años de prisión. Entre ellos se encontraba Fouad Belkacem, líder de la organización. Algunos de sus compañeros ya han muerto en Siria. Otros están encarcelados después de pisar territorio europeo. Para Loute es imprescindible poner el foco sobre los reclutadores. «No son solo los jóvenes los responsables. Necesitan una logística», explica. En su opinión, además de prevenir es necesario apuntar hacia quienes preparan y convencen a los chavales para convertirse en guerrilleros por el islam.
«No fue solo. Alguien le llamó. No pretendo disculparle, pero no soy yo la que le envió», argumenta. Su lógica es aplastante. También el hecho de que intente ver a su hijo como víctima y no como un adulto que tomó sus decisiones conscientemente. Nadie capta a quien no quiere ser captado. Menos, cuando tienes ya 20 años largos. Eso fue lo que le dijeron en el juzgado cuando intentó abrir un proceso contra un reclutador. «Me respondieron que mi hijo era mayor de edad y responsable de sus actos. Ahí está la respuesta», afirma, tras lamentar que en aquel envite judicial también se marcharon muchos de sus ahorros.
Tras atentados como los de París o Bruselas siempre se mira hacia Oriente Medio. Que es, precisamente, el lugar donde más víctimas perecen por las bombas yihadistas. Sin embargo, existe un fenómeno indudable: los responsables de los ataques en Europa son jóvenes con pasaporte marrón, lo que modifica esa lógica de «guerra de civilizaciones» desde un país extranjero. «Hay un problema social», considera Loute. «Existen barrios donde los jóvenes no tienen ninguna esperanza. No hay trabajo ni la oportunidad de tenerlo», dice. Los medios han señalado a Molenbeek como el principal núcleo desde el que partieron los yihadistas belgas. Especialmente, después de la detención de Salah Abdeslam, uno de los responsables del atentado de París. Pero hay más.
Loute, por ejemplo, vivía en Laeken, un barrio residencial del noroeste de Bruselas donde, en los últimos meses, se han desarrollado diversas operaciones policiales. De allí procedía también Bilal Hadfi, el hijo de Fátima, el joven que se reventó junto al Estadio de Francia, París. «Vivíamos allí por una cuestión económica. Teníamos una casa en muy mal estado, pero no pudimos comprar una mejor», asegura, pensando que, quizás, si hubiese residido en otro lugar, Sammy no hubiese iniciado el proceso que le llevó a empuñar las armas en Siria. Más aún en su caso, ya que tanto ella como su exmarido son católicos. «Son barrios diferentes. Ahí no hay establecimientos para que los “bo-bos” (acrónimo de «bourgeois bohème», o «burgués bohemio») puedan tomar su té». En su opinión, la combinación de marginación y manipulación a través de un islam malinterpretado explican el reclutamiento.
Familias estigmatizadas
El estigma de sus hijos persigue también a las familias. Loute tiene una hija que quebró cuando su hermano se convirtió en yihadista. Estudiaba en una escuela de periodismo en el Estado francés, pero la presión le superó. «Abandonó los estudios», relata. Ella, por su parte, rompió con buena parte de sus allegados. «Tenía la sensación de que me juzgaban. Claro que tengo responsabilidad, pero todavía tengo que averiguar cuál», explica. En esa búsqueda, la asociación se ha convertido en un pilar básico.
«No somos expertos. Simplemente somos madres que contamos nuestros casos. Quizás con el testimonio podamos servir para prevenir», indica. Pare «atajar a tiempo» la conversión a yihadista se dirige tanto a los padres como a quienes tienen en mente enrolarse. «A nosotros no nos contaron nada. Deben hablar con sus padres», remarca. Su asociación ha servido para hacer aflorar una problemática hasta hace poco invisible. Pese a ello, tienen problemas para encontrar financiación. «Creen que están dando dinero a las madres de los terroristas», argumenta.
La esperanza de Veronique Loute es encontrarse con su hijo una última vez. «Si me quiere ver», especifica. Para él tiene una súplica: «Que no vuelva. Aquí estará estigmatizado. Hay mucho miedo y la gente es capaz de lo peor cuando tiene miedo». Por eso, confía en un cese de las hostilidades en Siria para poder viajar ella. Eso, si Sammy sigue vivo. Ninguno de los retornados ha tenido contacto con él, ya que estaba enrolado en una brigada con miembros exclusivamente sirios. Sabe que no hay sitio para él en Bélgica. Aunque no lo comparte. «Tienen derecho a una segunda, a una tercera oportunidad».
Abrini, hombre del sombrero, y Krayem, segundo del metro, conectan 13-N y 22-M
Bélgica confirmó ayer que Mohamed Abrini y Osama Krayem, detenidos como sospechosos de los atentados del 13-N en París, son respectivamente el tercer supuesto yihadista avistado «con sombrero» en el ataque al aeropuerto de Bruselas y el segundo presunto yihadista del metro del 22-M, lo que conecta ambas tramas. «La Fiscalía federal está ahora en condiciones de confirmar que Mohamed Abrini es el tercer hombre presente en los atentados del aeropuerto Nacional de Bruselas», señaló en un comunicado, poco más de dos horas después de afirmar en otro que aún no podía hacer tal afirmación.
El Ministerio público indicó que Abrini, detenido el viernes junto a Krayem y otros cuatro sospechosos y al que se culpa de «actividades terroristas y asesinatos terroristas», «fue confrontado a los resultados de diferentes exámenes expertos y reconoció su presencia en los hechos». «Ha explicado que tiró su chaqueta a la basura y que revendió su sombrero a continuación», agregó.GARA

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