
La situación en Irak se está complicando por momentos. El llamamiento de primer ministro iraquí, Haider al-Abadi, para detener a los manifestantes que ocuparon y vandalizaron el Parlamento y aún seguían en la fortificada Zona Verde de Bagdad, símbolo del poder y residencia de ministros y otros altos cargos, no tuvo un efecto inmediato. No obstante, los seguidores del clérigo nacionalista chií, Muqtada al-Sadr, anunciaron el fin de sus protestas y prometieron retirarse de la Zona Verde, en un gesto que fue interpretado más como un hasta luego que como un adiós y hasta nunca. Esta capítulo, unido a la guerra contra el ISIS que controla buena parte del noroeste del país y la situación crítica de una economía rentista lastrada por la caída de los precios del petróleo, agranda la dimensión de la crisis de Irak y tiene un gran potencial para descontrolarse.
Las protestas han supuesto la reemergencia de la figura política de al-Sadr que, con su firme oposición al sistema de bloques cerrados de suníes, chiíes y kurdos que funciona mediante el clientelismo y fomenta una corrupción gigantesca, ha conseguido varias victorias. La primera, meter una gran presión al primer ministro para que prescinda de los políticos profesionales que copan los puestos claves. La segunda, enfrentar entre sí a los dos partidos chiíes (Dawa y el Consejo Islámico Supremo de Irak) rivales suyos. Y por último, reinventarse como un líder nacionalista que, sin la tutela de Irán y con varias guerras contra EEUU como aval, puede presentarse como «el único» que puede refundar el país.
Desafío al sistema sectario
Irak lleva en guerra durante décadas, su economía está en bancarrota y la caída de los precios del petróleo agrava su situación, hay recortes de luz y agua casi diarios y entre la gente crece la sensación de que el Gobierno es corrupto, los políticos sirven a sus partidos y sectas. Los ingredientes están servidos en el menú de una crisis explosiva.
Sin embargo, no será fácil la deconstrucción de un sistema ideado por los estadounidenses y que cuenta con el visto bueno iraní. El plan de Abadi para crear un gabinete formado por tecnócratas que no respondan a lealtades sectarias, paradójicamente muy similar al que defiende al-Sadr, ha sido constantemente bloqueado por los partidos que han copado el poder. Y el hecho de que el agravamiento de la crisis puede postergar el asalto militar final a Mosul, segunda ciudad iraquí y en manos del ISIS, complica más aún cualquier previsión de reforma radical.
Con todo, no puede decirse cuándo y con qué intensidad puede explotar esta crisis. El bloqueo político que sufre el poder de Bagdad esta fortaleciendo a Muqtada al-Sadr, debilita hasta un estado comatoso el sistema basado en cuotas de la «Muhasasa» y, mientras tanto, el país, día sí y día también, sigue desangrándose.

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