Mikel CHAMIZO

LA QUINCENA CLAUSURA SU EDICIÓN CON 450 MÚSICOS

La Quincena Musical se clausura hoy con un espectáculo de dimensiones inmensas, con la Orquesta de Euskadi y la Bilbao Orkestra sumando sus fuerzas a las de cuatro coros para interpretar uno de los oratorios más imponentes, el «Te Deum» de Berlioz.

La Quincena Musical, que desde el 4 de agosto ha celebrado 70 conciertos en Donostia y otras localidades, finaliza hoy con un espectáculo monumental protagonizado por cuatro formaciones vascas: las orquestas sinfónicas de Euskadi y Bilbo –que se reunirán al completo por primera vez en su historia–, el Orfeón Donostiarra y el Orfeón Pamplonés, además de los coros infantiles Escolanía Easo y Easo Araoz Gazte. Serán en total 439 personas las que se suban al escenario del Kursaal, que ha tenido que ser ampliado para dar cabida a tal número de intérpretes. También intervendrán en el concierto el tenor Christian Elsner, el organista vasco Thomas Ospital, todos ellos bajo la batuta del director Víctor Pablo Pérez.

El motivo de esta reunión tan multitudinaria es la interpretación del “Te Deum” de Hector Berlioz, que cuando se estrenó, el 30 de enero de 1855 en París, contó con 950 intérpretes. Berlioz había adoptado la fama de componer obras de dimensiones inmensas y en el revolucionario año de 1848, belicoso en media Europa, se embarcó en la idea de un “Te Deum”, un himno festivo que se empleaba indistintamente en grandes ocasiones, como las coronaciones reales o la celebración de victorias militares. Pero aunque trató de estrenarlo en la coronación y en la boda de Napoleón III, Berlioz no logró ver el “Te Deum” programado hasta 1855, con motivo de la inauguración del órgano de la iglesia de Saint-Eustache, lo que explica la importancia que adquiere el instrumento en el transcurso del oratorio.

 

Dos obras vascas

Al “Te Deum” de Berlioz le acompañarán en Quincena otras dos piezas que se prestan igualmente a los grandes formatos. El oñatiarra Francisco de Madina estrenó “Aita Gurea” en 1947, en la Catedral de Buenos Aires y por la coral Lagun Onak, un conjunto fundado en 1939 por vascos radicados en Argentina que sigue muy activo aún hoy. La breve pieza fue bien recibida y pronto se tradujo a varios idiomas. Gozó de especial buena suerte la versión en inglés, que se programó a menudo como pieza de apertura en los Estados Unidos, país al que Madina se trasladó en 1955.

Francisco Esnaola describió el “Aita Gurea” como «una inspirada página de sonoridades grandiosas, de concepción majestuosa que causa la impresión de una verdadera plegaria espiritual». El secreto de la emoción que desprende radica, paradójicamente, en su humildad técnica: el coro declama el rezo casi como lo haría alguien en la intimidad, homófona y silábicamente, en una progresión melódica que asciende hacia el agudo para luego descender, todo ello arropado por una orquestación tan efectiva como exenta de florituras. El resultado es, como señaló la crítica, «imponente en su sencillez».

Cuando a finales de 1985, tres años antes de su fallecimiento, le preguntaron a Pablo Sorozabal qué significaba para él Gernika, el maestro donostiarra respondió: «Me hace evocar la infame guerra que hemos tenido. Recuerdo a mi vieja madre con toda la familia y los niños huyendo de los fascistas que se fueron a Santander poco a poco para después volver a San Sebastián, donde nos quitaron el piso». Aquellas memorias le empujaron a escribir en 1966 “Gernika, marcha fúnebre vasca”, para una inusual plantilla instrumental de txistus, trompas y tambores, y dedicada a su madre. La obra contenía una letra oculta de Nemesio Etxaniz, que Sorozabal no plasmó en la partitura hasta 1976, tras fallecer Franco, en una segunda versión de “Gernika” que subtituló “Eusko kantata” para coro y orquesta. La noción de grandiosidad estaba presente en el ánimo de Sorozabal: «Si estreno algún día el ‘Gernika’, del que tengo dos versiones, una con orquesta y coros y otra con fanfarria y coros, la fanfarria estará compuesta por cincuenta txistus, dieciseis trompas, doce trompetas, cuatro timbales y un coro de doscientas voces. Y todo eso que se escuche en un valle, al aire libre». El estreno tuvo lugar, finalmente, el 15 de enero de 1987 por la Orquesta Sinfónica de Euskadi, el Coro Easo y la Coral Andra Mari. En esta ocasión, a los intérpretes ya mencionados en el primer párrafo, se les sumarán 24 txistularis de la Euskal Herriko Txistulari Elkartea.