Jaime IGLESIAS

Godzilla retorna como amenaza global en plena era proteccionista

El cine japonés vuelve a sacar brillo a su creación más icónica y lo hace con una película como «Shin Godzilla» que representa un regreso a los orígenes de un personaje que nació como proyección del miedo colectivo ante situaciones de emergencia social.

En un Japón recién liberado de la ocupación aliada y aún lastrado por el trauma que supuso su derrota militar en la II Guerra Mundial (con el lanzamiento de la bomba  atómica  sobre Hiroshima y Nagasaki como cruel colofón), empezó a hacer fortuna la frase “Shikata ga nai” que podría ser traducida como “No hay nada qué hacer”. Los más críticos estiman que esta máxima encierra un espíritu de resignación ante la desgracia, aquellos que piensan que la cultura japonesa está construida sobre la fuerza del matiz, consideran, sin embargo, que en dicha sentencia queda resumido el estoicismo del que siempre han hecho gala los habitantes de aquel país ante la adversidad. La ambigüedad que atesora semejante frase bien vale para definir el contexto social en el que nació uno de los iconos cinematográficos más enigmáticos de todos los tiempos: Godzilla. Un personaje que se ha perpetuado por más de sesenta años desde que la productora Toho le presentase en sociedad en el filme homónimo de 1954, dirigido por Ishiro Honda, hasta la actualidad, con el reciente estreno de “Shin Godzilla” de Hideaki Anno y Shinji Higuchi. Esta nueva película es un intento de revisar el espíritu sobre el que nació el personaje tras haber sucumbido este a los rigores del género de monstruos en una cantidad ingente de producciones alejadas de cualquier ambición intelectual.

Para Daniel Aguilar, escritor, traductor y delegado de Zinemaldia en Japón, ha sido precisamente esa explotación de Godzilla como icono de la cultura popular la que ha dotado de trascendencia al personaje: «A pesar de ser un monstruo carente de sentimientos humanos, su manera de moverse es similar a la nuestra y conecta muy bien con nuestros impulsos. En cierto modo, es el monstruo que a todos en algún momento nos gustaría ser. Todos hemos soñado con destrozar o pisotear aquello que no nos gusta y, encima, resultar temidos e imbatibles». No obstante, más allá de ese carácter frívolo, conviene recordar que Godzilla surgió como proyección del miedo colectivo que atenazaba a la población japonesa ante la amenaza nuclear, algo lógico si atendemos a que ellos ya habían experimentado en carne propia su poder devastador. Para Javier Ordóñez, catedrático de Historia de la Ciencia en la Universidad Autónoma de Madrid, «Godzilla nació ligado a un acontecimiento traumático donde la ciencia se puso al servicio de la guerra. Se propició así que se difundiera la imagen de una ciencia comprometida con la violencia. El cine japonés inventó el icono de Godzilla como la consecuencia de esa amenaza, como si un determinado uso de la ciencia despertara  a un monstruo dormido».

Efectivamente, en el filme de 1954 se determina el origen de Godzilla apelando a que se trata de una forma de vida primitiva que habría sobrevivido durante siglos bajo las aguas de la bahía de Tokio. Al quedar estas contaminadas de radiación, la criatura despierta de su letargo haciendo acopio de esta energía y proyectando su poder devastador sobre la población. De este modo, la primera película de la serie quedaba imbuida de ese alcance entre alegórico e ideológico que caracterizó el cine fantástico y de ciencia ficción de los años 50 en su carácter especulativo sobre los riesgos que corría la humanidad ante un uso irresponsable de la ciencia en el contexto de la Guerra fría. Resulta comprensible que EEUU, en plena era del atomic scare, y también preocupados por lavar su imagen, intentara apropiarse del personaje. De entrada lo que hicieron fue un remontaje del filme original para estrenarlo en su país. Eliminaron de este aquellas escenas que cuestionaban más abiertamente la hegemonía militar estadounidense y el devastador efecto que tuvo sobre Japón el lanzamiento de la bomba atómica y añadieron secuencias adicionales protagonizadas por un reportero norteamericano interpretado por el actor Raymond Burr (quien años después cobraría notoriedad como Perry Mason). El resultado fue “Godzilla: rey de los monstruos”, un filme que desnaturalizaba la propuesta de Ishiro Honda: «Al ser un personaje muy japonés, necesitaban desfigurarlo para que fuera accesible al gran público norteamericano y no solo a un puñado de entendidos. El espectador al que se dirige Hollywood cuando se ha apropiado del personaje no es necesariamente fan de Godzilla, sino de las películas de monstruos gigantes», señala Daniel Aguilar.

No obstante, cabe preguntarse si en esa desnaturalización prematura de Godzilla no hubo, también, una manifiesta intención política dado que en el remontaje del filme original perpetrado por los norteamericanos subyacía un discurso de urgente reconciliación alentado por la existencia de un nuevo enemigo común: el comunismo. La energía atómica venía a ser un peligro en función de quien la gestionase, ese fue el mantra que sostuvo buena parte del cine de ciencia ficción estadounidense en aquellos años. «Frente a eso –comenta Javier Ordóñez– el cine japonés ofrece una mayor pluralidad, una parte de su producción copia del cine de Hollywood, pero como es polifónico conserva sus propias tradiciones e impulsa otras».

Sea como fuere, el caso es que esa apropiación de Godzilla por parte de Hollywood condicionó el recorrido del personaje y los propios japoneses, sin despojar a su criatura de su muy bien definida idiosincrasia, no se privaron de ir vaciando progresivamente de contenido ideológico y filosófico las sucesivas apariciones en la pantalla de Godzilla que tuvo a bien medir fuerzas con rivales de todo tipo como, por ejemplo, King Kong en lo que se antojaba una perpetuación de ese choque cultural y político entre Oriente vs. Occidente planteado, no obstante, en clave lúdica. Los norteamericanos, por su parte, incorporaron a Godzilla al catálogo de personajes recurrentes del que tirar para rodar filmes adscritos al género de catástrofes hasta amortizarlo en la descabellada versión de 1998 firmada por Roland Emmerich.

Por eso sorprende que una película como “Shin Godzilla”, que acaba de estrenarse, retome el espíritu del filme original de 1954. Bien es sabido que, actualmente, las relaciones diplomáticas entre Japón y EEUU no pasan por sus mejores momentos y eso es algo que la película de Hideaki Anno y Shinji Higuchi no se priva de mostrar. «Esta nueva versión es mucho más anti-norteamericana que la de 1954, pero lo es de manera más sutil», comenta Daniel Aguilar, quien además tiene un pequeño cameo en la película. Para el delegado de Zinemaldia en Japón, en esta ocasión, «el espíritu de cooperación científica que se alienta no es con los americanos, sino con el mundo entero en general». Visto así, parece como si “Shin Godzilla” se sirviera del personaje para trazar una suerte sátira política sobre la posición de Japón en la nueva realidad global, años después de haberse emancipado de la tutela de los EEUU sin dejar de hacer frente a las injerencias del gigante norteamericano por seguir ocupando una posición de influencia en el área Asia-Pacífico. 

Pero ¿tiene sentido reactivar el alcance del mito Godzilla seis décadas después cuando la configuración social de Japón ha cambiado tanto? Para Daniel Aguilar «hoy en día, el comportamiento de los japoneses conserva muchas de las características de entonces. No obstante, ya no existe el temor a que el país sea invadido y los miedos ahora más bien se reducen a la esfera de lo particular, no de lo colectivo. A los jóvenes les preocupa desde no tener un trabajo estable hasta quedarse sin batería en el móvil, a los de mediana edad que el hijo no les salga rana o que no llegue a lo más alto en la empresa, a los ancianos que les reduzcan la pensión… Los miedos de la ciudadanía japonesa actual, por lo tanto, varían mucho según el espectro de edad».

Tampoco la percepción social de la ciencia es la misma, tal y como reconoce Javier Ordóñez: «Ahora somos mucho más tecnodependientes, y como consecuencia de ello, mucho más cautos, e incluso más desconfiados. Por lo tanto nuestra relación con la ciencia es ambivalente, mucho más crítica y en cierto modo mucho más exigente».

Y quizá radique justamente ahí una de las claves para entender este nuevo Godzilla que acaba de llegar a nuestras pantallas ya que esa exigencia a la que alude Ordóñez es la que inspira el filme que, de este modo, cabe asumirse como una reflexión sobre la responsabilidad individual y colectiva ante situaciones de emergencia social: «El Godzilla actual, más que reflejar miedos, lo que viene a decir es que los japoneses tienen que acostumbrarse a resolver sus problemas por sí solos y que, para eso, a veces hay que romper los estereotipos a los que nos ha acostumbrado la sociedad», manifiesta Daniel Aguilar. Aunque, por otra parte, la amenaza atómica sigue pesando sobre el inconsciente colectivo del ciudadano japonés: «En ese sentido –concluye Aguilar– el equivalente actual de los miedos de postguerra es la catástrofe nuclear de Fukushima». Por eso, para Javier Ordoñez, esta relectura del mito de Godzilla «es una manifestación del desarrollo político y cultural contemporáneo. La ciencia necesita una actividad colaborativa, transnacional y transversal, algo que choca con las opciones políticas más proteccionistas. El nuevo Godzilla expresa una amenaza para todos que requiere colaboración. Es una metáfora de nuestro tiempo».

Visto así, y asumiendo la propia ambigüedad que atesora un personaje cuyas pulsiones destructivas carecen de motivación aparente, lo cierto es que el valor iconográfico de Godzilla trasciende épocas y coyunturas, erigiéndose en una suerte de herramienta para reflexionar sobre la capacidad de respuesta del ser humano ante situaciones imprevistas que ponen en peligro a la sociedad en su conjunto. En este sentido, bien podemos concluir que los tiempos del “Shikata ga nai” han quedado atrás. Si hemos de hacer caso a “Shin Godzilla” ya no es hora ni de resignarse ni de resistir, mucho menos de escurrir el bulto. Lo que se impone es tomar la iniciativa.