
La cena de anoche entre la presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, y el primer ministro británico, Boris Johnson, parecía la última oportunidad para lograr un acuerdo entre la Unión Europea y Gran Bretaña sobre su futura relación comercial.
Aunque en las negociaciones entre Bruselas y Londres siempre parece ser la última oportunidad y los plazos se apuran al máximo o se extienden.
Solo un día antes de que los jefes de Estado y de Gobierno de la UE se encuentren en el Consejo Europeo, Von der Leyen y Johnson intentaron en Bruselas desbloquear las negociaciones post-Brexit, a tres semanas de la ruptura definitiva entre Londres y la UE. En la cena participaron una docena de acompañantes, entre ellos el negociador británico, David Frost, y el europeo, Michel Barnier.
Posturas firmes previas
Después de meses de conversaciones sin progresos y con la amenaza mutua de las graves consecuencias económicas de un «no acuerdo», ambos mandatarios decidieron que era necesaria una reunión presencial para intentar romper el bloqueo que persiste desde marzo en tres temas clave.
Se trata del acceso de las flotas europeas a las aguas británicas, la forma de resolver las posibles disputas en el futuro acuerdo y las garantías que la UE exige en materia de competencia a cambio de un acceso británico sin derechos de aduana ni cuotas al mercado continental.
Los entremeses de la cena fueron declaraciones pesimistas y reacias a ofrecer concesiones sin cerrar del todo la puerta a un acuerdo. Antes de viajar a Bruselas, Johnson advirtió de que ningún jefe de Gobierno británico debería aceptar los términos que ha ofrecido hasta ahora la UE, aunque aseguró que todavía hay opciones de cerrar «un buen acuerdo».
«Nuestros amigos en la Unión Europea están insistiendo en que si ellos aprueban una nueva ley en el futuro con la que nosotros en este país no queremos cumplir o con la que no estemos de acuerdo, ellos tendrán el derecho automático a castigarnos y tomar represalias», afirmó el líder tory en la Cámara de los Comunes. Consideró, además, que la que la UE presiona para que Gran Bretaña sea «el único país en el mundo que no tendría control soberano sobre sus aguas pesqueras». «No creo que esos sean términos que ningún primer ministro de este país debiera aceptar», insistió.
«Nuestros amigos deben entender que el Reino Unido salió de la UE para ejercer el control democrático», afirmó Johnson.
En su estrategia, Johnson sigue minimizando las consecuencias de una ruptura sin acuerdo sobre la futura relación y sostiene que el país «prosperará poderosamente» incluso en ese caso.
Según los cálculos de la Oficina de Responsabilidad Presupuestaria británica, organismo independiente financiado por el Ejecutivo, un Brexit sin acuerdo reduciría en un 2% el PIB británico en 2021. El gobernador del Banco de Inglaterra, Andrew Bailey, alertó, por su parte, de que las consecuencias serían a largo plazo más dañinas que la crisis económica provocada por la pandemia.
La canciller alemana, Angela Merkel, cuyo país ocupa la Presidencia rotativa de la UE, puso el tono optimista, diciendo que «todavía hay una oportunidad para llegar a un acuerdo».
El ministro irlandés de Exteriores, Simon Coveney, cuyo país sufrirá en primera línea el choque de un no acuerdo advirtió, sin embargo, de que no tiene demasiadas esperanzas. «El fracaso es una posibilidad real en este punto, y tenemos que prepararnos», señaló.
Bruselas mostraba firmeza antes de la reunión por boca de su negociador jefe, Michel Barner. La UE no sacrificará nunca su futuro para concluir un post-Brexit al precio de concesiones que debilitarían su gran mercado único», aseguró.
La cuestión de las condiciones de competencia leal parecía ayer la más difícil de resolver. La Unión Europea teme abrir la puerta a una economía con escasas regulaciones y quiere que Londres se comprometa durante cierto tiempo a observar cierta convergencia sobre normas de medio ambiente, legislación laboral, transparencia fiscal o ayudas públicas, lo que los británicos rechazan en nombre de su soberanía recuperada después de salir de la UE el 31 de enero.
Sobre la resolución de posibles disputas en el tratado, Londres intentó ofrecer un «gesto» y vencer la desconfianza europea sobre el respeto británico a lo acordado.
Para ello, anuló parte de las disposiciones de una ley sobre mercado interior que vulneraban las disposiciones del acuerdo del Brexit sobre la frontera norirlandesa.
En cuanto al tema de la pesca, choca con las reticencias de varios socios comunitarios, con el Estado francés a la cabeza, dispuesto a vetar un acuerdo que sacrificaría a sus pescadores.
«Sabremos decir ‘no’ si hace falta decir ‘no’» insistió la ministra francesa del Mar, Annick Girardin.
Estado de derecho con matices
El Consejo Europeo estudia hoy el acuerdo de Polonia y Hungría con el resto de socios de la Unión Europea para levantar su veto al presupuesto comunitario para los próximos siete años y al fondo de recuperación de 750.000 millones con el que los Veintisiete quieren relanzar la economía tras la pandemia de coronavirus.
La propuesta negociada con la Presidencia alemana mantiene la condicionalidad del respeto al Estado de derecho para recibir fondos europeos, pero sortea la discrepancia polaca y húngara al matizar que esa condicionalidad solo se activará en caso de que se perjudiquen los intereses financieros de la Unión (en casos de corrupción, por ejemplo) y no en otros ámbitos, como la política de migración.
Hungría y Polonia han sido expedientados por Bruselas por sus problemas con la independencia judicial, la libertad de prensa o el respeto a las minorías.
Según el mecanismo pactado, el objetivo es «proteger el presupuesto europeo y el fondo de recuperación de cualquier tipo de fraude, corrupción o conflicto de interés» y su aplicación será «imparcial» y «no discriminatoria». Además, establece que la Comisión Europea no suspenderá el pago de ayudas hasta que la Justicia europea haya resuelto un posible recurso sobre la legalidad del mecanismo. En la práctica, esto supone que no se podrán suspender pagos a países que violan los principios fundamentales del bloque en un plazo que puede llegar al menos a dos años.
Varsovia y Budapest veían ya el acuerdo cerrado. «Hemos logrado una victoria, un éxito», afirmó el ministro de Exteriores de Hungría, Peter Szijjarto, aunque Berlín advirtió de que el proceso solo concluirá cuando se encuentre una «solución que pueda ser aceptada en el marco de los 27». Los embajadores ante la UE tuvieron una reacción «mayoritariamente muy positiva», pero dejaron la última palabra a los jefes de Estado y de Gobierno.

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