La discreción del disidente

Cuando hace un año la entrevistamos a propósito de la publicación de “La clase de griego” (Random House), Han Kang manifestó su extrañeza al tener que hablar de una novela que había escrito hacía más de diez años. El mercado tiene su propia lógica, una lógica que es la que dicta recuperar toda la obra anterior de una autora aprovechando el éxito internacional de una novela de madurez. En el caso de Kang, ese éxito fue el de “La vegetariana”, que en castellano editó Rata, uno de esos sellos situados en los márgenes, el mismo lugar al que tienden los protagonistas de las novelas de la autora surcoreana.
En la obra de Han Kang hay un espíritu de rebeldía muy acusado; sus personajes tienden a buscar un lugar que les aísle de una sociedad en la que no se reconocen, una empresa tan estéril como la de intentar escapar a esa lógica mercantilista a la que antes aludíamos. Por mucho que una quiera ejercer la disidencia frente al sistema, éste cuenta con los mecanismos necesarios como para reintegrarle en aquellas dinámicas de las que intenta desmarcarse.
En la conversación que mantuvimos con ella nos dejó un titular donde se quejaba de esa tendencia a la banalización que preside los actuales procesos de comunicación. En esa misma charla nos confesaba que “La clase de griego” fue una novela inspirada por una experiencia personal que la llevó a plantearse si merecía la pena seguir escribiendo en un momento de su vida donde sintió que no tenía nada relevante que decir.
A partir de ahora, le guste o no, el Nobel la condena a estar bajo los focos.

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