Alaia Sierra
Aktualitateko erredaktorea / Redactora de actualidad
Entrevista
Pilar Barrera y Santiago Durán
Víctimas del 3 de Marzo

«Me asomé por una ventana y dije, ‘si salgo, me matan’»

Hace 50 años Gasteiz vio morir a cinco trabajadores a manos de la Policía Armada. Pilar Barrera y Santiago Durán fueron dos de los cientos obreros que abarrotaron la iglesia de Zaramaga. Durán fue agredido y el gas le dejó secuelas. Barrera recuerda al policía que le apuntó al salir de la iglesia.

Santiago Durán y Pilar Barrera, en la iglesia en la que tuvo lugar la masacre hace 50 años.
Santiago Durán y Pilar Barrera, en la iglesia en la que tuvo lugar la masacre hace 50 años. (Raul BOGAJO | FOKU)

Pilar Barrera y Santiago Durán tenían 21 y 17 años, respectivamente, el 3 de marzo de 1976. Barrera acababa de ser despedida como auxiliar administrativa en Forjas Alavesas y participaba muy activamente en la huelga, que había empezado meses antes. Durán trabajaba en Sanchiz Bueno y, aunque no participó en la huelga, asistía a las asambleas. Fue herido y de respirar gas lacrimógeno padece una fibrosis pulmonar crónica que le dejará en silla de ruedas.

Con motivo del 50 aniversario de la masacre, Pilar Barrera y Santiago Durán se citaron con NAIZ en el mismo lugar de los hechos, la Iglesia de San Francisco de Asís de Zaramaga, hoy prácticamente en estado de abandono.

«Creo que era la tercera huelga general que se hacía en Vitoria; salió un día espléndido, con sol, pero en el ambiente se notaba algo raro…», recuerda Durán. «Al principio hubo bastante movimiento de manifestantes y policías donde está ahora el Palacio Europa, que entonces era la Avenida del Generalísimo. Ahí hubo los primeros heridos de bala; a la mañana ya hubo unos enfrentamientos fuertes».

Por la tarde, la asamblea estaba convocada «como siempre» a las cinco de la tarde. Durán llegó a menos cuarto y cree que «sería de los últimos, porque luego ya al poco tiempo cortaron el entrar».

Barrera explica que «a las ocho de la tarde, no sé de dónde saqué fuerzas, miré a José Luis Urbieta, el jefe de Forjas Alavesas, en la guía telefónica, y me marché a su casa. Le llamé al timbre y le dije, ‘han matado a Ocio, estarás contento’».

Pilar Barrera ya estaba en la iglesia desde las cuatro de la tarde, con una amiga y su marido. «Yo estaba sentada en la primera columna que hay al lado de la sacristía, a muy poquitos metros de los primeros bancos, en la primera columna. Creo recordar que ya estábamos bastante gente cuando entró el primer policía, y que por el altavoz se decía ‘no os preocupéis que aquí no pueden entrar’».

Según recuerda Durán, «primero entró un guardia, con un pañuelito blanco, diciendo que desalojáramos, que no iban a intervenir, pero que no se podía hacer la asamblea. No salimos». Entonces, «entraron otra vez, y tampoco. Luego ya empezaron a gasear, y bueno, aquello era el disloque». Dentro de la iglesia se empezó a correr la voz de que había habido tiros fuera, donde habían tenido que quedarse decenas de personas. «Me asomé por una ventana, vi el ‘bacalao’ que había y dije, si salgo, me matan», así que decidió quedarse «hasta que no aguante más».

La que fuera trabajadora de Forjas Alavesas destaca que la iglesia «ya estaba abarrotada cuando entraron los primeros». «Mi marido estaba a mi lado y, me lo ha contado él porque no me acordaba, él se dedicó a quitarse la ropa y a meterla en la pila bautismal para poder respirar, entonces entró en la sacristía, estuvo respirando y es cuando pudo, porque ya no nos podíamos ver, salir por uno de los agujeros. Había un pasillo en cada agujero redondo donde rompieron y por el que salía la gente. Era un pasillo de policías a porrazo limpio y Ricardo [su marido] llegó a casa completamente amoratado».

«Ya en la sacristía lo que sí oí fue al cura llamando al obispado para decir ‘esto se está desmadrando, aquí están entrando’ y el obispo le decía que no podía ser». Cuando consiguió salir a la calle se encontró con la Policía. «Ya solo quedaba un furgón con cinco policías y uno de ellos se arrodilló porque me iba a disparar y le dije que por favor no me matara que tenía una niña de un año».

Santiago Durán salió de la iglesia «porque si no, me ahogo». «Al final, de respirar tanto gas lacrimógeno llegué a un momento en el que no era consciente de lo que me pasaba», cuenta. «Tuve desgracia hasta para salir, porque la iglesia tenía no sé si quince ventanas, pero salí por la última y había dos pasillos de policías, muchos de ellos tirando espuma por la boca».

«Me tocó pasar un pasillo de unos 50 metros o así. Policías en un lado, policías en otro, iba haciendo con las manos aspavientos, pero ellos pegándome. Al final, me cogió un policía; yo tenía el pelo largo entonces, me levantó como medio metro del suelo y cuando me desperté estaba en una casa», prosigue su relato.

Al día siguiente, por su incapacidad de moverse, fue ingresado en la Clínica Arana, donde pasó cinco días y no pudo asistir a los funerales de los obreros muertos.

«De respirar el gas lacrimógeno tengo una fibrosis pulmonar crónica, tengo una capacidad pulmonar más o menos del 50%, tengo una discapacidad del 35%. Me cambió prácticamente toda la vida. Andar puedo, en llano, si subo al segundo me canso. De momento la fibrosis lleva diez años parada, bien, en el momento que arranque, pues al final en silla de ruedas», lamenta. «Nos reconocieron como víctimas de abusos policiales y poco más».

Que había habido muertos se supo enseguida, «incluso antes de salir de la iglesia ya nos decían que había habido muertos», recuerda Santiago Durán. Los dos recuerdan que Pedro María Martínez Ocio, trabajador de Forjas Alavesas, fue el primero en morir, donde hoy está el monolito que recuerda a los cinco muertos.

«Todos teníamos vecinos de Forjas, de Areitio...», explica Pilar Barrera. «Oye, que han matado a Fulano, han matado al hijo de Barroso… te enterabas enseguida porque esto era una hervidero», añade.

«El día de los hechos, yo hacia las ocho de la tarde, no sé de dónde saqué fuerzas, miré a José Luis Urbieta, el jefe de Forjas Alavesas, en la guía telefónica, y me marché a su casa. Le llamé al timbre y le dije, ‘soy Pili, de Forjas Alavesas, han matado a Ocio, estarás contento’».

«Iba haciendo con las manos aspavientos, pero ellos pegándome. Al final, me cogió un policía; yo tenía el pelo largo entonces, me levantó como medio metro del suelo y cuando me desperté estaba en una casa», recuerda Durán. 

Una semana después de la masacre terminó la huelga, tras la que, según Durán, «se consiguieron cosas que no solo repercutieron en los que estaban en huelga», aunque lamenta que para llegar ahí hubiera tenido que haber muertos.

«Fraga dijo que había que cortar lo de Vitoria como fuera porque si no ‘se va a incendiar todo España’. Con lo fácil que habría sido... Si en aquellos años se pedían 5.000 pesetas, yo calculo que si hubieran dado 3.000, se habría acabado la huelga», explica Durán.

Para Pilar Barrera «el cerrajón fue que estábamos en el cambio de España. Es que en el 75 hubo lo que hubo. Ellos lo que no querían es que avanzáramos en un montón de cosas y que tuviéramos algo de poder en la gente trabajadora».

«Orgullo»

En el primer aniversario de la masacre, Santiago Durán volvió a ser agredido por la Policía. Según recuerda, «el primer año también fue muy tenso». «Llevé una corona de flores con un amigo y, al salir de la Catedral, otra vez me dieron. Luego ya no me han vuelto a pegar, pero otra vez cobré bien».

Barrera dice que desde aquel 3 de marzo de 1976 no volvió a trabajar ningún otro 3 de marzo. A pesar de vivir fuera de Gasteiz, tampoco ha faltado a las manifestaciones ni a los actos que organiza la asociación Martxoak 3. Sobre la manifestación anual explica: «Cuando subimos a Portal de Villarreal o bajamos a El Corte Inglés, el mirar para atrás es intuitivo. Es mirar y decir, ‘¡Madre mía la gente que viene!’». Destaca «el orgullo que nos da eso a todos».

A ello, Durán añade que «vemos el primer tramico en el que vamos los mayores ya y luego miras para atrás y ves toda la gente joven y te pega un vuelco el corazón. Es una maravilla». Así, de la mano de la asociación de la que subrayan el trabajo que ha hecho, pretenden «seguir hasta que tengamos fuerzas», dice Pilar Barrera.