De los saltos a la valla que se suceden...
Entraremos o moriremos en el camino. Esa es la decisión. No hay marcha atrás». Adema, un maliense jovencísimo, que apenas llega a los 20 años, deja clara su determinación nada más llegar al Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) de Melilla.
Entraremos o moriremos en el camino. Esa es la decisión. No hay marcha atrás». Adema, un maliense jovencísimo, que apenas llega a los 20 años, deja clara su determinación nada más llegar al Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) de Melilla. Cuando la mayoría de focos apuntan a la frontera de Beni Enzar, el punto que concentra el flujo de refugiados que llega desde Marruecos, un salto de la valla recuerda que los migrantes subsaharianos que esperan su oportunidad de llegar a Europa no han desaparecido. La presión de la Policía alauí, que desde febrero ha desarrollado brutales redadas en el monte Gurugú, el principal enclave donde se ubican los campamentos de aspirantes a saltar la valla, no les ha hecho retroceder. Es cierto que ahora son menos. Que otros han optado por vías más peligrosas como los barcos que atraviesan el Mediterráneo. Pero siempre hay obstinados que, como Adema, aguardan su oportunidad y logran cantar «bossa».
Llegaron por sorpresa el sábado 10 de octubre. Eran las siete de la mañana. Nadie, salvo la policía marroquí y la Guardia Civil, tuvo tiempo de tomar imágenes. No hubo fotografías de hombres jóvenes aferrados a la última valla confiando en no ser expulsados cuando apenas quedaba un peldaño. Aquel día, unas 150 personas trataron de sortear las tres verjas con concertinas que ha instalado Marruecos, el foso de cuatro metros de profundidad cavado también por Rabat y las dos vallas que delimitan el perímetro de Melilla. Solo 30 lo consiguieron. Después de una noche agotadora, caminando entre la oscuridad y buscando el mejor punto para pillar por sorpresa a los guardianes de la Europa fortaleza, los exhaustos reción llegados no podían dejar de sonreír. Al menos tres de ellos habían resultado heridos. Uno en la pierna y dos en los brazos. Todos ellos relatan que cayeron al suelo ante el último obstáculo, cuando los agentes del Instituto Armado enarbolaban sus porras casi como frustrada reacción por no haber logrado impedir el paso de los que solo buscan una vida algo más decente.
Palos y piedras desde Marruecos
«Nos han tirado piedras, nos han golpeado con palos», explica Dembele, de 21 años y originario de Costa de Marfil. El grupo está compuesto principalmente por malienses, aunque también hay jóvenes nacidos en Guinea Conakri, antigua colonia francesa que logró su independencia en 1958. El único que, a primera vista, puede solicitar el asilo sin ningún tipo de dudas es un joven albino que tiene derecho a la protección ya que su particular pigmento de piel puede convertirle en víctima de supersticiones o rituales de brujería. El resto, aunque huyeron por necesidad y no por gusto, pasarán a engrosar la lista de los migrantes irregulares. Serán fichados, pasarán un tiempo en el CETI y posteriormente se trasladarán a la península a la espera de una orden de expulsión. Hace un par de años la población del CETI era mayoritariamente subsahariana. Ahora son minoría. Y, además, se quejan de que sus trámites van más lentos que los de los recién llegados sirios.
Tienen razón. Según indican desde CEAR, el orden establecido para el traslado hacia Málaga comienza por aquellos que han solicitado asilo. Continúa con los que han sido rechazados pese a haber reclamado refugio. Y los últimos son quienes no piden protección y pasan a formar parte del flujo de migrantes por razones económicas. «Llevo aquí tres meses. Me estoy volviendo loco. He comenzado a medicarme porque no encuentro salida. Necesito llegar a Europa», protesta Mussa, un subsahariano que se queja de que, en su opinión, los sirios reciben una atención privilegiada. Es el problema de concentrar a tanta población con diferentes urgencias y tan heterogénea. Que se generan suspicacias. El hacinamiento del CETI no ayuda. Debería tener 400 inquilinos y tiene cerca de 1.700. Después de años de muchas quejas por parte de las ONGs y los trabajadores del centro, parece que el Estado se ha puesto en movimiento y está ampliando la capacidad de la instalación. Aunque nunca se llega a las necesidades.
Al contrario de lo que ocurre con los sirios, en las explicaciones de estos recién llegados no se escuchan menciones a la guerra. La razón que explica que hace meses abandonasen su domicilio, que hayan pasado las de Caín tratando de ocultarse de las fuerzas auxiliares marroquíes (también conocidos como «alís») y que se jueguen la vida en un salto cada vez más duro se explica, simple y llanamente, por la necesidad. Por eso, cuando llegan no pueden dejar de sonreír. Lo han conseguido. Y bromean entre ellos sobre heróicas gestas de compañeros que lograron traspasar la verja con un esguince en el tobillo o los brazos magulladísimos.
«Solo quiero llegar a España y ganar dinero. No pido más», afirma Adema, que lo primero que hace nada más llegar, ser inscrito y recibir un chándal rosa como primer atuendo, es llamar a su familia. Uno a uno, los chavales telefonean a su casa para confirmar que lo han logrado. En este salto, el primero que tiene éxito desde el mes de marzo, la mayor parte se quedó por el camino. Mal panorama. Cuando los jóvenes apenas se estaban recuperando de la caminata (salieron a las 22.00 de la noche e irrumpieron en Melilla a las 7 de la madrugada) llegan las noticias de asaltos de la Policía marroquí a los campamentos que rodean la ciudad autónoma española. ¿Venganza? ¿Un pago al Gobierno español? En este juego de intereses en el que Rabat siempre gana y los migrantes siempre pierden, uno nunca está seguro de cuáles son las verdaderas motivaciones. Al menos, 30 chavales han logrado su meta. Por delante les queda el sueño europeo.
... A LOS EXPULSADOS EN VUELOS OPACOS
Sabían que estaban en la lista de expulsiones. Así que no se sorprendieron cuando, el viernes 4 de setiembre, agentes de la Policía española acudieron al Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE) de Aluche, en Madrid, a recogerles. Esposados, los trasladaron a dependencias cercanas al aeropuerto de Barajas. Allí se les unieron más compañeros. Algunos habían sido arrestados esos días y llegaban directamente de comisaría. Otros, desde prisión. Todos ellos originarios de Nigeria y Senegal. Esos eran los destinos del vuelo de Air Europa fletado para expulsar a aquellos migrantes que llegaron al Estado de formar irregular y no han logrado oficializar sus documentos.
GARA ha logrado hablar con algunos de ellos. Omitimos sus nombres porque todavía se encuentran en el Estado español y temen represalias por parte del Estado. El vuelo que debía aterrizar en Dakar se dio media vuelta y muchos de los ocupantes siguen atrapados en el CIE. Según fuentes del Gobierno español, desde 2010 casi 30.000 personas han sido expulsadas en estos aviones. Son el triste trayecto de vuelta para quienes se dejaron todo en el camino a Europa.
«Antes de subir al avión nos quitaron todo: cordones, móviles y cadenas», explica uno de los afectados. Por eso no queda constancia gráfica del trato, que dista mucho de ser aceptable. Accedieron al vuelo atados con esposas metálicas. Los testimonios recogidos por este periódico hablan de la fuerza con la que estaban atados, de las marcas en las muñecas. No hay constancia del número exacto de personas embarcadas, aunque el avión, de gran tamaño, no iba completo. Y a los migrantes hay que sumarles la escolta policial, que les dobla en número.
«Nos gritaban y nos pegaban. A uno de nosotros, especialmente. Llegaron a utilizar palos», explica otro de los afectados. Es habitual que, en estos vuelos, los migrantes se resistan tratando de evitar el despegue. Así intentan ganar tiempo. No lo consiguieron. El primer destino se completó sin que los migrantes pudiesen evitar ser repatriados en Abuya. El resto sí que lo consiguió. Aunque todavía no saben por qué.
Esposados y sin probar bocado
«Cuando el avión volvió a despegar nosotros insistíamos en que no queríamos ir. Y ellos se ponían más violentos. Un chico estaba riéndose, vino un policía y le dio una bofetada, diciéndole que nadie podía reírse», explica uno de los pasajeros.
En algún momento el avión se convirtió en un caos. Hasta que sobrevolaron Dakar. Al parecer, el piloto hizo dos maniobras de aproximación, pero no llegó a aterrizar. Según pudieron ver por la ventanilla, el mal tiempo impidió que tomasen tierra. Así que se desviaron a Mauritania. Sin probar bocado desde el despegue. Por suerte en este caso, ninguno de los testimonios habla de sedaciones. En principio la ley española prohíbe que los migrantes expulsados sean drogados. Sin embargo, el reglamento interno de la Policía sí que prevé el uso de estupefacientes siempre y cuando la situación lo requiera. Básicamente, un recurso que queda en manos de la discrecionalidad de los policías y los médicos que les acompañan.
Si ya es una situación complicada teniendo en cuenta que hablamos sobre un avión cargado con personas que no quieren estar ahí, cualquier imprevisto incrementa la tensión. La estancia en Mauritania, probablemente destinada a repostar gasolina, incrementó los nervios. «Fue el peor momento», explica uno de los afectados. En el exterior, a las 5 de la mañana, cada vez más policía. Dentro del avión, intranquilidad y miedo, lo que disparó los rumores y la agresividad de unos agentes que no suelen destacar por sus cuidados hacia los migrantes. «Pagaron su enfado con nosotros», cuenta uno de ellos, que alerta sobre la «locura» que es emprenderla a golpes en un avión en el aire. «¿Y si alguien rompe una ventanilla? Podríamos morir todos». Muchos de los expulsados emprenderán el camino de vuelta a Europa.