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¿Qué pone en tu pasaporte?

La implantación del pasaporte no ha evitado la ola en el Estado francés. (Joel SAGET/AFP)

El ser humano acaba de mandar un cohete a un pobre asteroide que orbita tranquilamente alrededor del sol solo para probar si somos capaces de desviar su trayectoria. Todo por si un pedazo de roca interestelar osa acercarse alguna vez. 330 millones de dólares ha costado la broma. Que bien, que vale, que ya verás qué risas el día en que venga el asteroide; ya hubiesen pagado bastante más los dinosaurios por no extinguirse.

A lo que voy. Somos capaces de mandar un dardo intergaláctico para ver si acertamos a un asteroide a 11 millones de kilómetros, pero por lo visto no podemos diseñar un dispositivo que haga los interiores más seguros sin cargarnos la privacidad de nuestra historia clínica.

Yo no sé si el pasaporte es eficaz –no parece que haya funcionado mucho en Roma ni París–, pero si se juzga imprescindible, una idea desde la ignorancia: un código QR que, al pasarlo por el lector, encienda una luz verde si el dueño del código está vacunado o tiene un test reciente, sin especificar por cual de los motivos se enciende la luz. Y junto a ello, la posibilidad de realizar un test gratuito una vez por semana, a la alemana. Y antes de todo esto, si no es mucho pedir –que no lo es–, que se controle la calidad del aire que se respira en los interiores.

Más del 90% de los mayores de 12 años están vacunados en Hego Euskal Herria. Dejarnos enredar en un debate que enfrenta a vacunados y no vacunados no se antoja muy inteligente. Hace fuertes y les da la insoportable baza del victimismo a quienes no se han inoculado por cuestión de principios, por llamarle de alguna forma, mientras quema puentes con aquellos que no se han vacunado por miedo o por creerse más listos que nadie. La cantidad de gente que se está vacunando en las últimas horas en Nafarroa para poder potear muestra el error que supone tildar de antivacunas a ese 10%.

Ya que estamos condenados a seguir conviviendo como sociedad, quizá sea más inteligente exigir a las autoridades que, en vez de ponernos a mirar quién se ha vacunado y quién no –sabiendo que la inmensa mayoría lo ha hecho–, blinden esa convivencia con las mayores garantías sanitarias posibles.