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Guerra de posiciones de cara a una negociación sin mesa a la vista

Todo parece indicar que en febrero comenzará el segundo año de guerra de Rusia en Ucrania. El Kremlin intenta reordenar sus posiciones y organizar sus defensas para dejar atrás sus reveses militares. Ucrania tiene prisa por recuperar la iniciativa con una nueva ofensiva para encarar la negociación. 

El puerto de Mariupol, controlado por Rusia. (STRINGER | AFP)

Toda guerra acaba en una mesa de negociación. Y más si uno de sus contendientes, en este caso Rusia, tiene el botón nuclear, lo que le otorga una invencibilidad que solo se puede romper pulsándolo, lo que acerca a todos a una suerte de aniquilación, o derrota, mutua.

Por tanto, de la posición que hayan ganado en el campo de batalla, dependen el grado de compromisos, y cesiones, cuando, siempre demasiado tarde, haya que firmar un acuerdo, si no de paz, cuando menos de fin de las hostilidades o de congelación de las causas argüidas para iniciarlas.

Prever lo que vaya a ocurrir no ya en el año 2023 sino en los próximos e inmediatos meses sería puro diletantismo si no fuera una temeridad, ya que elucubramos sobre el drama diario de una guerra que retrotrae a Europa 80 e incluso hasta 110 años atrás, según la comparemos con la guerra de artillería de la II Guerra Mundial o con la Gran Guerra, con sus trincheras y posiciones.

Y porque en los diez meses largos que dura ya el conflicto, los dos bandos han ido modificando y adecuando sus previsiones y sus estrategias forzados por la evolución de los frentes de batalla y por el grado de apoyo de sus respectivos socios y aliados.

Esto es evidente en el caso de Rusia que, en un primer momento, intentó consolidar sus conquistas y pretensiones territoriales en el este y sur de Ucrania en una maniobra de diversión y buscando con sus columnas de tanques un golpe de Estado y un gobierno títere en Kiev.

Paralelamente, y en los primeros contactos, auspiciados por magnates como Roman Abramovich, y luego por Turquía, Rusia se sentó con exigencias maximalistas como la neutralidad ucraniana sin contrapartida alguna y la aceptación igualmente incondicional de su ansia de territorios.

No obstante, sus planes iniciales de victoria rápida y práctica rendición de Ucrania se vieron sorprendidos por su resistencia y por el nivel de apoyo militar occidental.

En los diez meses largos que dura ya el conflicto, los dos bandos han ido modificando y adecuando sus previsiones y sus estrategias forzados por la evolución de los frentes de batalla y por el grado de apoyo de sus respectivos socios y aliados

 

Ello le llevó a replegarse y concentrar sus esfuerzos en los frentes sur y oriental. Meses de combates encarnizados y miles de bajas necesitó para unir Crimea con los territorios en sus manos en el Donbass, arrebatando a Ucrania el Mar de Azov con las conquistas de Melitopol y Mariupol. Pero ni por esas.

Prestigio tocado

El «prestigio» del Ejército ruso, considerado el segundo más mortífero del mundo tras el estadounidense, quedaba seriamente tocado cuando no es ya que fuera incapaz de consolidar avances desde los territorios rusófonos bajo su control sino incluso de mantenerlos.

Con sus buques de guerra lejos del fuego de artillería ucraniano desde la ciudad-puerto de Odesa tras el hundimiento en la primavera del Movska, su joya de la corona; y tras sufrir ataques de aviso incluso en Crimea, estaba claro que el Kremlin había perdido la iniciativa militar.

Y Ucrania pasó a la contraofensiva

Comenzó en setiembre expulsando al Ejército ruso de la provincia de Jarkov, cuya capital es la segunda ciudad ucraniana, pasó luego a arrebatarle territorios conquistados en el propio Donbass (Lugansk y Donetsk) y acabó forzando la retirada rusa de Jerson, la única capital provincial en sus manos.

Todo ello escasas semanas después de que el presidente ruso, Vladimir Putin, hubiera anunciado la anexión de estas tres últimas provincias, además de la de Zaporiya, donde tampoco controla ni la capital ni casi la mitad de la provincia.

Huelga decir que, envalentonado por los éxitos militares, el presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, que en marzo se había mostrado dispuesto a negociar a la baja, pasó a exigir la restitución de todos los territorios, incluida Crimea y llegó a exigir la previa renuncia al poder del inquilino del Kremlin.

Y en esas ha llegado el invierno. Replegado a la otra orilla del Dniéper, frontera natural y estratégica del país, el Ejército ruso ha reordenado posiciones y reforzado defensas, incluso en Crimea. Y prosigue con el adiestramiento, a ratos caótico, de los 250.000 movilizados recientemente cuando no descarta, según varias filtraciones, una nueva movilización.

Mientras tanto, ha decidido castigar a la población ucraniana con bombardeos prácticamente semanales contra las infraestructuras críticas del país. Unos ataques que no parecen menguar pese a los análisis que apuntan a un agotamiento de sus arsenales de misiles, y que, además de minar la moral de los ucranianos, sin luz ni agua y con temperaturas bajo cero, impiden a su Ejército avituallarse y centrarse en nuevas contraofensivas.

El Ejército ruso castiga a la población ucraniana con bombardeos prácticamente semanales contra las infraestructuras críticas del país

 

Y el tiempo corre en contra de Kiev, que afronta toda una paradoja. De un lado, necesita nuevos éxitos militares para mantener el apoyo de un Occidente que vigila de reojo el malestar de sus poblaciones por la crisis y la inflación mientras le dona miles y miles de millones en armas y ve también cómo menguan sus stocks militares.

Pero, de otro, Ucrania es consciente de que todo avance militar incrementará la presión para que se siente a negociar por parte de EEUU y de Europa, que temen casi tanto una improbable derrota total rusa como una tampoco hoy previsible victoria militar de Putin. Y que tampoco están dispuestos a satisfacer la petición de Kiev de armamento para que, más allá de ataques esporádicos, pueda llevar la guerra a suelo ruso.

Patada adelante

En esta tesitura, muchos apuntan a una patada adelante de Ucrania en las próximas semanas y meses, cuando la nieve y el hielo dejen atrás el barro en el campo de batalla.

El Ejército ucraniano cruzó en noviembre el Dniéper a la altura de la península de Kinburn, al oeste de Jerson, forzando al Ejército ruso a levantar fortificaciones y dientes de dragón (estructuras piramidales de hormigón antitanques) en Crimea.

Pero los analistas apuntan a una posible maniobra de distracción –no sería la primera– y que el objetivo de Ucrania sería lanzar una ofensiva desde Zaporiyia o Donetsk para llegar al mar de Azov a través de Melitopol o Mariupol, de cara a reforzar sus posiciones sobre el terreno antes de verse forzado a negociar.

Todo ello con el permiso de Rusia, que no solo ha apuntalado sus defensas y enviado las primeras tropas de refresco al frente, sino que escenifica en este final de año unas maniobras militares y encuentros de alto nivel con Bielorrusia que hacen temer a Ucrania que pueda repetir, con la ayuda de su aliado o subalterno regional, renuente hasta ahora a la hora de implicarse directamente en la guerra, una ofensiva hacia Kiev. O que pueden ser a su vez una maniobra de distracción para impedir que Ucrania se lance hacia el sur.

En cualquier caso, un escenario de guerra en el que cada bando busca por todos los medios la guerra de nervios y el desgaste del adversario para forzarle a que se sienta, y se siente, como el perdedor.