La tercera semana del Tour testa el dominio monolítico de Pogacar y el fantasma de La Loze
Para muchos, Tadej Pogacar (UAE) dejó prácticamente sentenciado el Tour en las dos etapas pirenaicas, ampliando su ventaja sobre Jonas Vingegaard (Visma) hasta más de tres minutos. Sin embargo, la dura semana que resta y lo que ocurrió el año pasado en La Loze dejan abierta la puerta a la batalla.
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Tres minutos parecen ventaja suficiente como para que Tadej Pogacar se haga con su tercer Tour, adelantando así en el palmarés particular al que es ahora mismo su rival acérrimo, un Jonas Vingegaard que se ha impuesto en las dos últimas ediciones.
Aunque dejó ciertas dudas en la etapa del Macizo Central, la exhibición del esloveno en las dos etapas pirenaicas, donde le ha endosado otros tantos minutos más a su encarnizado oponente con sendas arrancadas a las que nadie ha podido responder, le han hecho recuperar su condición de máximo favorito al triunfo final.
Y, de paso, ha rebatido esa idea instalada entre el entorno ciclista de que el esloveno flaquea cuando se trata de subidas más prolongadas y empinadas, en las que hace falta más un motor diésel que un turbo.
Y es que todavía flota en el ambiente el fantasma del Col de la Loze, puerto alpino de 2.300 metros de altitud y 28 kilómetros de longitud con rampas del 24%, que este año no se asciende, pero que el anterior supuso la tumba de Pogacar.
Allí perdió seis minutos y Vingegaard lo ha recordado. «Parece que está muy fuerte, pero en el pasado ya hemos visto que ha tenido algún día malo, puede que le pase en la tercera semana, nunca se sabe», ha dejado caer.
El danés, que ofreció un mensaje derrotista a la finalización de la etapa del domingo, parece haberse recuperado moralmente de lo sucedido en Pirineos, aunque el hecho de que fíe todas sus opciones de remontar a que ocurra una pájara de su archienemigo deportivo no dice mucho a favor de sus opciones.
Porque que ello suceda, sin dejar de ser factible, parece poco improbable. Los números, de hecho, inclinan a pensar justamente lo contrario. Que Pogacar haya batido el récord de Marco Pantani en la ascensión a Plateau de Beille no hace sino confirmar que su estado de forma es estratosférico.
Pero esto es ciclismo y cualquier mínima contrariedad –algunos ya se han marchado a casa por diversas enfermedades– puede afectar de manera decisiva a deportistas que se encuentran al límite físico después de dos semanas de extenuante competición.
Landa, la cara; Izagirre y Bilbao, la cruz
Sin ir más lejos, es lo que les ha ocurrido tanto a Ion Izagirre (Cofidis) como a Pello Bilbao (Bahrain), quienes tuvieron que hacer las maletas antes de lo que les hubiera gustado.
Con apenas un día de diferencia, guipuzcoano y vizcaino debieron bajarse de la bicicleta por los problemas derivados de la caída que tuvo en el Tour de Suiza, en el caso del primero, y por un virus, en el segundo.
Hasta ahora, han sido la cruz de la participación vasca en esta edición del Tour, con seis corredores en la línea de salida. Con una amplia experiencia en grandes vueltas, cabía esperar más de ambos, a tenor de sus resultados en pasadas ediciones de la ronda gala, pero agentes externos les obligaron a retirarse.
No todo han sido malas noticias para nuestro ciclismo en estas dos primeras semanas. Mikel Landa (Soudal) está brillando con luz propia, ubicado siempre entre los mejores y sin haber tenido desfallecimiento alguno en ninguna de las etapas.
Una línea de regularidad que le permite ocupar una formidable quinta plaza, teniendo en su punto de mira el cuarto puesto que ocupa Joao Almeida (UAE) y del que le separan apenas 27 segundos, toda vez que alcanzar el podio parece tarea harto complicada, de no mediar descalabro de su compañero Remco Evenepoel –gran Tour también en su debut– o el propio Vingegaard.
También cabe destacar el aguerrido papel que está desempeñando Oier Lazkano (Movistar), incansable a la búsqueda de esa fuga que le dé la gloria de una victoria parcial, sin que ninguna de sus aventuras hayan fructificado hasta el momento por la batalla entre los favoritos.
Al menos, su esfuerzo quedó recompensado en la jornada del sábado por ser el cuarto vasco que ha cruzado en primer lugar el Tourmalet. En sus papeles de gregarios, Álex Aranburu (Movistar) y Jonathan Castroviejo (Ineos) también han contribuido con trabajo de apoyo a sus líderes.
Lo que resta
Este martes, con llegada en Nimes, volverá a ser el turno de los velocistas, donde todo apunta que los más rápidos hasta el momento –Biniam Girmay y Jasper Philipsen– volverán a afilar las espadas, con la pugna del maillot verde de por medio.
El miércoles podría ser una buena oportunidad para los aventureros. Tres puertos en los últimos 35 kilómetros y la llegada en ascenso (3,8 km al 5,9%) puede dar mucho juego para abrir el abanico de aspirantes al triunfo en Superdevoluy.
El jueves ya aparece la media montaña entre Gap y Barcelonnette. Una jornada rompepiernas, con un total de cinco subidas, todas ellas de tercera categoría, que hacen que el perfil sea de dientes de sierra.
La traca definitiva del fin de semana e iniciará el viernes entre Embrun e Isola 2000, un final que se recupera 31 años después. Antes habrá que franquear dos auténticos colosos, el Col de Vars (18,8 kms. al 5,7%) y La Bonnette, techo del Tour a 2.802 metros de altitud y un ascenso de 22,5 kms. al 6,9%.
La jornada del sábado solo tiene 132,8 kilómetros, pero supera los 4.000 metros de desnivel acumulado. Será el final típico de la París-Niza, con cuatro puertos: el Col de Braus (2ª,10 km al 6,6), el Col de Turini (1ª, 20,7 al 5,7), el Colmiane (1ª,7,5 km al 7,1) y el Col de la Couillole (1ª), final en alto tras un ascenso de 15,7 km al 7,1.
El Tour no termina en París este año por primera vez en su historia, lo hará en Niza por la proximidad del inicio de los Juegos Olímpicos en la capital francesa. El colofón lo pondrá una contrarreloj larga y quebrada de 33,7 kilómetros, con ascensiones a La Turbie (2ª, 8,1 km al 5,6) y al mítico Col d'Eze (1,6 km al 8,1). Se cambia el esprint habitual de la fiesta parisina por una crono, algo que no se vivía desde 1989 con Laurent Fignon y Greg Lemond como protagonistas.