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¿Cómo ha de ser nuestra relación con el territorio?
El urbanismo especulativo del último ciclo alcista terminó abruptamente en una larga crisis económica. Ese desenlace nos obliga a revisar los principios sobre los que hemos construido nuestra relación con el territorio en las últimas décadas y a proponer nuevos paradigmas.
Ordenación del territorio y construcción nacional
Actualizado 16/05/2016 10:43
Alberto Frías Presidente de Lurra. Abogado y doctor en economía

«Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto», así comienza la conocida obra de Franz Kafka "La metamorfosis". Situación perfectamente asimilable al proceso de metropolización del territorio que se ha operado en Euskal Herria en los últimos años hasta convertirla en Euskal Hiria.

El choque de dos lógicas, global y local, articuladas como espacio de los flujos y espacio vivido, que se enfrentan, e incluso se desconocen, como resultado de la ausencia de mediación que debía recaer en gobierno regional y diputaciones forales a la hora de implementar las políticas territoriales a través de los instrumentos formales de ordenación del territorio. Dos lógicas que hablan en dos lenguajes diferentes.

Puede hablarse de la globalización como una desterritorialización, un paso de lo concreto (los territorios vividos, apropiados por sociedades singulares) a lo abstracto (el espacio global de los flujos, de la simultaneidad de lo discontinuo). A medida que el capital y la cultura se globalizan, y se multiplica la movilidad de la población, la propia sustancia de los territorios (su economía, su identidad, su gente) parece volverse volátil, indefinida, incierta. El escenario actual está presidido por el peso creciente de las decisiones y procesos exógenos, en perjuicio de las capacidades de la sociedad local para controlar su entorno.

Resulta sugerente hacer un análisis en clave ecológica del poder político que vaya más allá del estudio de su impacto ambiental, redefiniendo el poder político como la potestad de acotar y administrar cuáles son los recursos productivos disponibles y de cuidar de que la producción pueda realizarse sin ningún tipo de obstáculos sociales o ambientales, lo que se llama condiciones de producción. Y esta es una de las funciones centrales que cumplen los gobiernos regionales, la reproducción de las condiciones de producción que hagan posible la internacionalización del capital financiero. Ahí es donde confluyen el regionalismo vasquista del PNV y la socialdemocracia españolista de las puertas giratorias del PSOE.

Su apuesta por el planeamiento flexible es una opción en favor de la movilidad del capital y trae de la mano indefensión para los sectores económicos y los segmentos sociales más débiles. La no ordenación, o la ordenación meramente indicativa y no vinculante, es una opción política, que se convierte en una forma de ordenación. De ahí la inadecuación de los planes aprobados para hacer frente a los desequilibrios territoriales, la degradación ambiental o el agotamiento de los recursos naturales. La ordenación del territorio como disciplina pública no ha colmado las expectativas, al no cumplir con su papel de intermediación entre el plano económico, sus exigencias o necesidades, y los anhelos sociales de un desarrollo democrático del ecosistema. La prevalencia conceptual de la idea de Euskal Hiria, ha supuesto en la práctica la supeditación de todo el territorio a la conformación de las áreas metropolitanas y la creación de valor mediante el cambio de usos del suelo o su mera expectativa, generando además de exabruptos como la burbuja inmobiliaria, escenarios de desasosiego social y conflictividad socio-ambiental-identitaria.

Nuestro modelo territorial no es insostenible sólo desde el punto de vista ambiental sino también desde el punto de vista económico y social. Y este presupuesto es válido para los defensores del actual sistema económico y para los que, apareciendo como detractores, no ponen en discusión aspectos centrales del mismo, como la capacidad de carga de los ecosistemas, los límites al crecimiento o la recuperación del valor de uso frente al valor de cambio. Por eso desde distintos intereses y discursos, se concibe la lucha en defensa de la tierra como un aliado circunstancial, un bonito discurso vaciado de contenido, algo bucólico pastoril que nunca está en la lista de prioridades, ni se pone encima de la mesa a la hora de buscar la acumulación de fuerzas. Más allá de las estrategias de partido están los cambios sociales, y todavía más allá, los que afectan al territorio porque son irreversibles. Más allá de la territorialidad está el territorio. Superestructura e infraestructura en Gramsci, «azala eta mamia» en nuestro acervo cultural.

Existe un temor reverencial a ser consecuentes con la potencialidad desestabilizadora que conlleva el movimiento popular en defensa de la tierra, frente a un tejido económico vasco intensivo en capital y energía hay que abordar la adopción de medidas urgentes para poner límites a la metropolización del territorio, frente a Euskal Hiria, Euskal Herria. Hacer aflorar la disociación entre los planteamientos discursivos asociados a la sostenibilidad y su plasmación en la práctica, mediante indicadores como la huella ecológica, la artificialización del suelo, el incremento de la movilidad motorizada privada y del consumo energético.

Frente a la admisión acrítica del proceso de metropolización del territorio impulsado por la globalización de la economía, establecer para un espacio territorial concreto, criterios de ordenación más acordes con los deseos sentidos por las personas que lo habitan. Frente a la corriente de pensamiento único que está en la base de la uniformización cultural, detectar y hacer aflorar de manera operativa, la identidad colectiva. Frente al valor de cambio el valor de uso, oponer a la generación de plusvalías mediante la utilización del territorio como mero soporte físico a través de un cambio de usos, la defensa del espacio rural, del paisaje (físico y cultural) y la economía real frente a la especulativa.

Frente a las nuevas formas de intervención sobre el territorio y su gestión a través de corporaciones público-privadas, fortalecer las relaciones de horizontalidad y la participación directa en las decisiones públicas. Frente al determinismo economicista al albor de coyunturas cambiantes, hacer aflorar la potencialidad de los factores tangibles e intangibles, que hacen posible articular respuestas diferenciadas en contextos socio-políticos, culturales y territoriales diferentes. Porque quizás, la peor crisis no es la sistémica, sino la crisis de respuestas provocada por una especie de camisa de fuerza colectiva.

El actual proceso de revisión de las DOT, no es sino la constatación de que nos encontramos ante la necesidad de dar por finalizado un ciclo, iniciado hace un cuarto de siglo con la aprobación de la Ley de Ordenación del Territorio del País Vasco en 1990, y la necesidad de abrir un ciclo nuevo mediante un proceso de participación ciudadana real, no concebida como un mero trámite administrativo con vocación de dotar de legitimidad a las decisiones institucionales, que acabe con el déficit democrático del que hasta ahora han adolecido los planes territoriales.

Frente a la construcción nacional entendida como cementación nacional, urge abrir el debate sobre las líneas generales de una estrategia compartida con los movimientos populares que caminan en una dirección emancipadora, los que ponen en cuestión el actual modelo de producción y consumo, apostando por llenar de contenido social cualquier proyecto de construcción nacional, porque no puede construirse un proyecto nacional con contenidos sociales sobre las bases del actual modelo territorial. La alternativa al proyecto neoliberal, a la nueva Euskal Hiria que nos están construyendo, no es el caos, sino una vida mejor al otro lado del espejo. De nuestra capacidad  dependerá que el proceso que ahora se abre no se convierta en una segunda oportunidad perdida, que el futuro no se asiente sobre un territorio fallido. Empezar el futuro por la tierra.

«urge abrir el debate sobre las líneas generales de una estrategia compartida con los movimientos populares que caminan en una dirección emancipadora, los que ponen en cuestión el actual modelo de producción y consumo, apostando por llenar de contenido social cualquier proyecto de construcción nacional»