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El último baile de las mujeres kalash

El turismo, en su mayor parte masculino, amenaza la continuidad de los kalash, a raíz de los mitos creados sobre sus mujeres. Estas aldeas disfrutan cantando y bailando, pero sufren el acoso de los musulmanes que confunden la forma natural de relacionarse entre ellos con la promiscuidad.

Mujeres Kalash, en plena fiesta del Joshi.

Mientras cientos de mujeres kalash de piel y ojos claros bailan en círculo, docenas de hombres venidos de otros puntos de Pakistán filman sin ningún rubor sus rostros descubiertos provocando una sensación de incomodidad que se palpa en el ambiente. El turismo, en su mayor parte solo masculino, amenaza la continuidad de esta pequeña minoría politeísta cuyas mujeres sufren el acoso de los musulmanes que confunden la forma natural de relacionarse entre ellos con la promiscuidad.

A mediados de mayo, los kalash, una comunidad politeísta de menos de 4.000 personas que vive diseminada en tres valles remotos del norte de Pakistán, celebran el Joshi, un festival que marca el final del invierno. La nueva estación, que es recibida por la celebración de bautizos, matrimonios y el sacrificio de animales, también supone la llegada de una afluencia de visitantes cuyo comportamiento no es bien asumido por los vecinos.

Cuando la fiesta está en pleno apogeo, los móviles de los visitantes apuntan a las mujeres kalash, cuyos vestidos coloridos y sus elaborados tocados, adornados con perlas y conchas, fascinan a los que no pertenecen a su comunidad. Sobre todo en este país musulmán tan conservador, donde la consigna es que las mujeres deben vestirse con «modestia». En suma, bien tapadas... aunque, luego, les provoque morbo verlas sin velo.

«Algunos visitantes usan sus teléfonos como si estuvieran en un zoológico», se enfada Iqbal Shah, un guía local. «Pero esto no es un zoológico», añade y se lamenta de los «conceptos erróneos» que se están transmitiendo sobre su cultura. El principal malentendido gira en torno el estatus de las mujeres kalash, que son más libres que las mujeres musulmanas pakistaníes. En esta cultura, ellas eligen a su futuro marido y la regla es que los matrimonios sean por amor, a diferencia del resto del país, donde a menudo suelen ser concertados por los padres. Las kalash también puede volver a casarse, siempre que el segundo cónyuge pague una indemnización al primero.

Las bodas son tempranas y las kalash, que no suelen ser escolarizadas, después desempeñan el típico y tradicional papel de madre de familia numerosa que trabaja en el campo. Sin embargo, son objeto de muchas leyendas extrañas en Pakistán, un gigante musulmán con 207 millones de habitantes. Y el fenómeno está siendo amplificado por las redes sociales.

Las «magníficas infieles»

Un vídeo en idioma urdu, colgado en Youtube y que ha sido visto por 1,3 millones de personas, proclama que las mujeres kalash «pueden hacer el amor con la persona de su elección en presencia de su esposo». Otro dice que son «magníficas infieles» que «no les importa si tienen que casarse o no». Un tercer video, también en urdu, habla de «un mercado en el que se compran chicas guapas».

«¿Pero, esto a quién se le ocurre que pueda ser cierto?», se pregunta el periodista kalash Luke Rehmat, quien denuncia que se da «una difamación sistemática de mi pueblo. Si un turista viene pensando que eso es, cierto, intentará ponerlo en práctica».

Según el gerente de un hotel en Bumburate, el pueblo principal kalash, el 70% de los visitantes pakistaníes que visitan su establecimiento son hombres jóvenes que, tan pronto como llegan, preguntan «dónde pueden encontrar chicas». A los turistas a los que les preguntamos, la mayoría de ellos hombres pakistaníes que viajan en grupo –las familias y los extranjeros son minoría–, dicen que su objetivo es descubrir otra cultura. Sin embargo, el año pasado un turista procedente de la ciudad de Peshawar fue llevado ante la justicia y obligado a pedir disculpas por filmarse a sí mismo mientras importunaba a un grupo de mujeres. En Bumburate, los carteles invitan a pedir permiso a los aldeanos antes de fotografiarlos y piden que «no moleste a las mujeres».

«Damos la bienvenida a todos los turistas que vienen aquí, pero también les pedimos que nos respeten», explica Yasir Kalash, vicepresidente de la asociación local de hoteles. Regular el turismo es un dolor de cabeza para la comunidad kalash, porque representa su principal fuente de ingresos desde que las inundaciones de 2015 destruyeron casi el 40% de sus tierras cultivables, explican varios habitantes. Hay unos cuarenta hoteles y hostales en la región, según Yasir Kalash, donde trabajan muchos miembros de esta comunidad.

Cultura en peligro

Los kalash, que en la antiguedad habitaron un vasto territorio que iba desde la Cachemira indo-pakistaní hasta la provincia afgana de Nuristán, se han convertido en la minoría más pequeña del país, confinada a un puñado de aldeas. Según Akram Hussain, director del museo local, este pueblo de piel blanca y ojos claros desciende posiblemente de los soldados de Alejandro Magno, que conquistó la región en el siglo IV a. C. Según un censo reciente, actualmente solo cuenta con 3.872 miembros. «Vamos a desaparecer si no nos ayudan», agrega Akram Hussain.

Una de las razones podría ser lo caro que resulta mantener sus tradiciones, como las bodas y, sobre todo los funerales, que obligan a las familias a matar a docenas de animales y, en consecuencia, a endeudarse, a veces obligándoles a vender sus tierras. Además, muchos de sus hijos se ven obligados a seguir el plan de estudios de la escuela islámica, en lugar de uno basado en su propia cultura, y se sabe que en las mujeres que se han casado con musulmanes se han dado casos de conversiones forzosas.

Y luego están los «turistas». Este año había mal ambiente durante el Joshi, nos contaron varias vecinas y algunas optaron por ponerse el velo: «El velo no es parte de nuestra cultura, pero como les hacen fotos por todos los lados, se sienten avergonzadas», cuenta Musarrat Ali, una estudiante de 19 años que acompaña a una amiga con velo. Ella no lo lleva, como la mayoría. «Que las mujeres se tapen el rostro muestra hasta qué punto estos visitantes insensibles nos afectan», explica Syed Gul, una arqueóloga de Bumburate, quien añade con tristeza: «Si esto sigue así, dentro de algunos años puede que haya más turistas que kalash bailando en nuestros festivales».