Isadora Duncan, una vida intensa con danza y tragedia

Tal día como hoy, la noche del 14 de septiembre de 1927, murió en Niza la gran Isadora Duncan a la edad de 50 años. La bailarina y coreógrafa nacida en San Francisco -llegó a tener doble nacionalidad, estadounidense y soviética- combinó arte y tragedia en una trayectoria fascinante y tremenda. La creadora de la danza contemporánea fue un espíritu libre para todo. Revolucionaria, en la danza y en la vida, se inspiró en la Antigua Grecia para crear movimientos libres de ataduras que interpretaba descalza y, a veces, -como en esta fotografía fechada entre 1915 y 1923- cubierta únicamente por velos transparentes. Y es que para ella el baile debía de ser una hermosa prolongación de los movimientos naturales del cuerpo, de la naturaleza, frente al ballet clásico al que consideraba falso y una tortura. Pionera, innovadora, madre soltera, atea, feminista, generosa, partidaria de la Revolución Rusa, emprendedora de empresas ruinosas, famosa... bailó por todo el mundo sin maquillaje y fundó escuelas, pero no pudo escapar a la tragedia. Duncan perdió a sus dos pequeños hijos ahogados en aguas del Sena tras precipitarse el coche en el que viajaban; algunos de sus amantes fallecieron prematuramente por enfermedad; su exmarido se suicidó y ella misma murió estrangulada por uno de esos largos chales que adoraba y que se enredó en los radios de la rueda de un vehículo. Llegó a escribir su biografía «Mi vida» y «El arte de la danza», en el que pretendía resumir sus enseñanzas. Imposible, su legado y su personalidad fueron inmensos.

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