MARILYN YA ES CENTENARIA

La Monroe ilumina mejor que nunca

Este lunes, 1 de junio, Marilyn Monroe hubiera cumplido cien años. Y, de alguna manera, los cumple, porque su imagen sigue omnipresente en la cotidianidad. Hoy podemos verla mejor como fue: intensa, listísima y profundamente feminista.

Marilyn Monroe en 1954, con un vestido blanco con cuentas y fumando un cigarro, en el set de los estudios de 20th Century Fox.
Marilyn Monroe en 1954, con un vestido blanco con cuentas y fumando un cigarro, en el set de los estudios de 20th Century Fox. (Gene Lester | Getty Images)

Mira las palmas de tus manos, no las tenses. Casi seguro aparecerá una M en cada una de ellas. MM, Marilyn Monroe. La platina inmortal decía que llevaba su nombre de estrella grabado en las manos. En ese caso, la Humanidad entera está marcada por ella. Es una exageración, y una fantasía. Este 1 de junio se cumple un siglo de su nacimiento; en agosto, 64 años de su prematura muerte. Si miras alrededor, es muy fácil que te la encuentres. Está reproducida por todas partes. Debe ser la imagen femenina más omnipresente, y es la imagen de una mujer muy sexualizada, sexualizada por ella misma. Modelo y actriz, vivió en unas décadas mucho más machistas que estas. Los periodistas le preguntaban compulsivamente por sus medidas, y sobre sus fracasos matrimoniales. Era buenísima respondiendo: «Nunca me mido, es la gente la que me mide». Dejó también grandes consejos para las mujeres: «Tú no eres fea, la sociedad es la que es fea». Más allá de su inconfundible rostro, nos ha llegado una visión trágica, victimizada, simple de ella. Pero solo hay que tirar de hemeroteca para encontrarla alzada, lúcida, luminosa.

En 2023, habiendo cumplido nueve victoriosas décadas, la estrella televisiva Joan Collins contó en sus memorias esta preciosa historia. 1955. Con 22 años, acababa de llegar a Los Ángeles desde Londres, y ya había protagonizado una película, “La muchacha del trapecio rojo”. Se sentó en la barra de un bar junto a una rubia que bebía sola. Fue la ya famosísima Marilyn quien reconoció a Joan y le confesó: «Querían que yo protagonizara esa película, pero era demasiado mayor para el papel». Con 29 años, a Marilyn ya empezaba a cercarle el edadismo misógino de Hollywood, aunque obviamente todavía ni se hablaba en esos términos.

Fluyó entre ambas la complicidad, y el Dry Martini. Joan la recuerda «extremadamente amigable». Y Marilyn hizo algo que solemos hacer entre nosotras bajo el patriarcado, advertirle del peligro macho. «Cuidado con los poderosos jefes de los estudios, cariño, si no consiguen lo que quieren, cancelarán tu contrato. Les ha pasado a muchas chicas». Ella les llamaba «los lobos de Hollywood», y no solo en la intimidad protectora con otras actrices. Dos años antes, había publicado un artículo absolutamente precursor del Me Too denunciando el acoso sexual generalizado hacia las chicas que buscaban suerte en el cine, desde sus propias experiencias. Y lo hizo justo cuando acababa de consagrarse como estrella, en 1953, seis décadas antes de que las actrices de Hollywood se alzaran juntas logrando incluso encarcelar al poderosísimo productor Harvey Weinstein, un depredador sexual sucesor de aquellos lobos a los que señaló MM.

En la playa, cuando era niña, con su madre Gladys Baker, alrededor de 1929. (Silver Screen Collection | Getty Images)

ADELANTADA A SU TIEMPO

Ya lo dijo su gran amiga Ella Fitzgerald: «Era una mujer inusual y adelantada a su tiempo, aunque ella no lo sabía». Marilyn Monroe vivió siempre bajo la segregación racial; la “dama del jazz”, además, la sufrió. Cuando acudían juntas a cualquier local donde la gente negra tenía que acceder por una entrada secundaria, Marilyn se negaba a soltar a Ella: pasaban juntas por la puerta principal. Para que su amiga pudiera subirse al escenario de ese prestigioso Mocambo que se le resistía racialmente, Marilyn les aseguró que, cada vez que Ella actuase, ella estaría en primera fila. Era la mujer más impuntual del mundo, pero en esto, cumplió. MM quiso utilizar su privilegio blanco y estelar para revertir el supremacismo. Alguna vez dijo: «Me gusta la gente negra porque conozco la esclavitud en mis propias carnes».

Marilyn vivía mientras Rosa Parks se negaba heroicamente a ceder el asiento a un blanco, pero no llegó a ver explosionar el Movimiento por los Derechos Civiles en su país. Un año después de su muerte, en 1963, Martin Luther King pronunció su aún incumplido “Yo tengo un sueño” en la Marcha sobre Washington, y Betty Friedan publicaba “La mística de la feminidad”, reactivando el movimiento feminista. Friedan identificó ese «dolor que no tiene nombre» que suponía ser domesticada como mujer en la sociedad profundamente patriarcal que les tocó vivir a ambas. Tras la Segunda Guerra Mundial, en el bloque capitalista, las mujeres fueron confinadas al hogar, a cuidar de la familia como subalternas devotas; para colmo tenían que mostrarse felices. En pocos años se volvieron locas y/o feministas. Betty Friedan ganó el Pulitzer en 1964 por “La mística de la feminidad”, no fue un texto marginal. Como tantísimas mujeres, Marilyn Monroe era una lectora voraz: claro que lo hubiera leído de seguir viva.

Por supuesto, no soy la única que imagina a Marilyn sumándose a las oleadas feministas que le sucedieron. Sobre todo tras el Me Too, hemos ido descubriendo extasiadas el coraje que tuvo enfrentándose al machismo de Hollywood a menudo ella sola, sin el apoyo de un movimiento que entonces estaba soterrado por la apisonadora de la posguerra. Pero mucho antes ya había sido reivindicada. En 1972, diez años después de su muerte, la incombustible Gloria Steinem publicaba en la revista “Ms.” el artículo “La mujer que murió demasiado pronto”. El título lo dice todo. Y en 1986 escribió una biografía de la superestrella recorriendo su vida en clave feminista, “Marilyn: Norma Jean”. Como muchos textos reveladores para nosotras, está descatalogadísimo.

No hemos tenido que reinventarnos a la Marilyn Monroe cañera, solo tirar de hemeroteca. En 1952, cuando su carrera empezaba a despegar, salieron unas fotos suyas en las que posaba desnuda y sexy para un calendario, de una época en la que no tenía ni para comer. Los mandamases de la 20th Century Fox le ordenaron que negase ser ella. Hubiera sido creíble: Marilyn había cambiado desde entonces, incluso quirúrgicamente. Pero, como tantas otras veces, hizo lo que le salió de su recién expuesto coño: contactar con la misma reportera que había destapado el escándalo para soltarle, «soy yo, ¿por qué negarlo? Se pueden conseguir en cualquier sitio. Además, no me avergüenzo de ello, no he hecho nada malo». Así le propinó Marilyn Monroe una patada en los huevos al estigma puta. Al contrario de lo que predijeron los jerifaltes de Hollywood, que la querían desnuda solo para ellos, el público la comprendió y amó todavía más.

Posando con 20 años en Los Ángeles. (Donaldson Collection | Getty Images)

DE MM A ZZ

Atada por contrato y mal pagada, harta de los vacuos papeles que otros elegían para ella, escapó a Nueva York en plan espía, con gabardina, gafas oscuras y peluca negra. Pudo volar con otra identidad -¡qué maravilla de tiempos!- y utilizó un nombre que se había puesto por debajo del suyo inventado, Zelda Zonk. De MM a ZZ. Estaba en la cúspide de su carrera cuando montó su propia productora, Marilyn Monroe Productions, por si quedaba alguna duda. De ahí salieron sus dos siguientes películas: “Bus stop” y “El príncipe y la corista”. Los periódicos, e incluso Broadway, la ridiculizaban por creerse lo que también demostró ser, una mujer de negocios, y Hollywood echaba humo por su desafío. Después de un año de amenazas legales, la Fox aceptó renegociar su contrato.

A partir de entonces, cobraría al nivel de su fama, podría decidir sobre guiones y directores, incluso trabajar con otras compañías. Hasta la prensa se rindió a sus pies proclamando que había logrado «uno de los mayores triunfos jamás conseguidos por una actriz». Cada vez que decimos que la hazaña de una mujer ha sido la primera en la Historia, muere una sorgina. No neguemos a otras pretéritas que igual no nos llegaron. Por lo que he investigado, solo la actriz Mary Pickford había montado su propia productora hasta entonces, en la época del cine mudo. Ahora la estrella de los inicios del celuloide, Theda Bara, me pide paso: «Tengo la cara de una vampiresa, quizás, pero el corazón de una feminista», proclamó a principios del siglo XX. Acabo de descubrir que murió el año en que Marilyn se liberaba del yugo de los grandes estudios: brujería.

Por supuesto que la corta vida de Marilyn Monroe fue muy intensa, pero la atronadora voz patriarcal que la lleva victimizando décadas ha dificultado apreciar su maravillosa complejidad. Nació en Los Ángeles hace justo un siglo como Norma Jane. Su madre, Gladys, que trabajó como cortadora de negativos en la industria del cine, apenas pudo cuidarla. Siendo la futura Marilyn una niña de siete años, su madre sufrió un colapso mental mientras estaban juntas: apenas volvieron a verse fuera de un manicomio. La abuela también había estado internada en psiquiátricos: obviamente vivía con la sombra del temor de acabar loca, como ellas.

Marilyn se ríe mientras su marido Joe DiMaggio, entonces entrenador de los Yankees de Nueva York, saca la lengua ante la prensa gráfica. (Bettmann | Getty Images)

En 1961 fue internada a traición. Solo necesitaba descansar, pero le arrebataron todas sus pertenencias para encerrarla en una celda acolchada. Así lo narró ella. «La inhumanidad que encontré allí era arcaica. Me preguntaron por qué no era feliz allí. Todo estaba bajo llave, había barrotes ocultos en las ventanas, las puertas tenían ventanas para que los pacientes pudieran ser visibles todo el tiempo. La violencia y las marcas aún permanecían en las paredes de los antiguos pacientes. Respondí: “bueno, tendría que estar loca si me gustara estar aquí”». También detallaría cómo usó sus capacidades interpretativas para salir de aquel manicomio. «Les dije que, si no me dejaban salir, me haría daño en la cara, lo más alejado en mi mente. Soy actriz, nunca me marcaría o estropearía intencionalmente. Soy así de vanidosa». De su sentido del humor tampoco suelen hablarnos.

Su infancia transcurrió entre hogares que no duraban y orfanatos: claro que una niña tan indefensa sufrió abusos sexuales por parte de varios hombres. Lo sabemos porque lo contó ella. En realidad, siempre lo sabemos porque lo cuentan ellas. Y el estigma les persigue, más todavía que a ninguna otra víctima de violencia machista, algo injustísimo. Rita Hayworth también contó que había sido sexualmente abusada de niña, en este caso fue su padre. La irresistible pelirroja sí llegó a vieja, pero tampoco se libró de la losa patriarcal de la tragedia. Recuerdo fotos suyas en las revistas, desgreñada, cuidada por su amorosa hija. Decían que había perdido la cabeza por culpa del alcohol, como si entonces no se supiera qué era el Alzheimer. Rita, en la que se inspiraron para crear a Jessica Rabbit. «Yo no soy mala, me pintaron así».

Marilyn con su tercer marido Arthur Miller, ensayando entre escenas de la película «Los inadaptados». (Bettmann | Getty Images)

AMORES Y DESAMORES

De Marilyn Monroe he leído hasta la saciedad que buscaba desesperadamente un padre entre tantísimos hombres con los que intimó. ¡Pero qué cultura patriarcal más asquerosamente pederasta imagina que las mujeres buscamos padres en la cama! Es cierto que nunca llegó a conocer a su progenitor y que contaba cuánto lo idealizó en la zozobra de su infancia. Pero claro, una mujer con una vida sexual muy concurrida tiene que estar enferma, traumatizada: no se puede ser puta por placer, ni por interés. Porque eso sí lo sabemos, Marilyn folló como una descosida, sobre todo con hombres. Aunque más de una afortunada mujer acabó entre sus piernas: lo contaba ella misma. Se enamoró como una posesa unas cuantas veces, y sufrió por amor: ¡y quién no! También reconoció haberse acostado con productores para labrarse una carrera en Hollywood, como tenían que hacer entonces las aspirantes a actrices. Y que no se avergonzaba por ello.

Entre sus tres matrimonios, casi todos los señoros que han escrito desde el altavoz patriarcal la vida de Marilyn, siempre eligen a Joe DiMaggio como su amor verdadero. Aunque se dediquen a escribir, prefieren identificarse con el rudo jugador de béisbol, no con el dramaturgo que fue su último esposo, Arthur Miller. Porque ya se sabe, en la vida hay un solo dios y un solo amor: toda puta lleva dentro de sí a una romántica frustrada, no vaya a ser que la puta acabe desbaratando incluso la propiedad privada. Obviamente, no voy a entrar a valorar sus matrimonios, pero sí hay evidencias de que mantuvo con DiMaggio la complicidad después de separarse.

También se sabe que él llevaba fatal que su mujer fuera tan deseada, como buen macho. El drama estaba servido. Grabando la escena en que el viento subterráneo del metro levanta el vestido blanco a Marilyn en “La tentación vive arriba”, que se logró en catorce tomas durante tres horas, no solo estaba presente el equipo de grabación, cien fotógrafos hombres y unos dos mil mirones vitoreando cada vez que se le veían los muslos a ella. Andaba por allí vigilante y cabreado su marido. ¡Y luego dudan de que fuera buena actriz! Al día siguiente, tuvieron que cubrirle con maquillaje algunos moratones para seguir grabando.

Tom Ewell y Marilyn Monroe en la famosa escena de «La tentación vive arriba». (Bettmann | Getty Images)

Como una drag, como cualquiera, Marilyn Monroe estaba producidísima. A ver si crees que cómo vistes, hablas, amas, comes, caminas, gesticulas, te viene de las cavernas. Ella además era actriz, mucho más consciente de la construcción de su personaje y de sus recursos comunicativos, en cada momento. Nunca dejó de formarse: literatura, interpretación, método Stanislavski, canto, baile, esgrima, psicoanálisis… También su sensualidad estaba muy trabajada, aunque era única: de eso se trata. Venía de la cultura pin-up, literalmente, “para colgar”, como el calendario para el que posó desnuda y que trataron de volver en su contra y ella devolvió a su favor. La industria del cine exigía, y sigue exigiendo hoy, a las actrices que estén canónicamente buenas y seductoras, y a la vez las denigra por ello. Es la quintaesencia del patriarcado porque es donde el patriarcado recrea sus ilusiones: de ahí que ellas se rebelen también tanto.

«Llevaba el sexo colgado del cuello. Creo que es algo que debe ser descubierto. Es más interesante descubrir el sexo en una mujer a que te lo echen encima, como hacen Marilyn Monroe y ese tipo de actrices. Para mí es algo vulgar y obvio». Este dechado de misoginia salió de la boca de Alfred Hitchcock, en 1972, diez años después de la muerte de MM. La mujer como objeto de deseo, no como sujeto deseante. Que se lo digan a todas las actrices rubias, pero no tan rubias, que sí trabajaron con el maestro del suspense y a las que acosó y acorraló sin tregua, tratando de descubrir su sexo, suponemos. Dicen que una hasta puso los acantilados monegascos de por medio. Hollywood ha sido todo un entramado de violación y tortura de actrices: Tippi Hedren, Maria Schneider, Sheryl Duval, Kim Basinger, Salma Hayek…

Marilyn Monroe rompiendo a llorar tras enfrentarse a la prensa. (Bettmann | Getty Images)

«MI PROBLEMA ESPECIAL»

Volviendo a la rubísima Marilyn, Truman Capote dejó un memorable relato que me parece la manera más preciosa de acercarse a ella. Le sobrecogió la muerte de su amiga en una cala del Baix Empordà, mientras escribía “A sangre fría”. Y tardó diecisiete años en escribir “Una adorable criatura”. Han quedado en la capilla ardiente de una célebre profesora de arte dramático que empezó refiriéndose a MM como «mi problema especial», para terminar llamándola así, una adorable criatura. Truman rememora el día que pasó junto a Marilyn, el 28 de abril de 1955, por las calles de Nueva York. Ella apareció tarde, como siempre, con un pañuelo negro cubriéndole el pelo y sin maquillar. «¡Pobre inocente de mí!, ¡Todo este tiempo pensando que eras rubia natural!», le espetó él, burlón. «Lo soy, pero nadie es así de natural. Y, de paso, que te follen».

Aunque hoy nos parezca imposible “Desayuno con diamantes” sin Audrey Hepburn, Truman Capote odió que ella encarnase a su Holly. Fue una imposición de los estudios, que se negaron en redondo a que la protagonizara Marilyn Monroe, como quería el autor. Holly en la novela era bisexual, a veces prostituta, fumaba marihuana… mostrar todo eso hubiera vuelto la película imposible de exhibir en salas en 1961. Holly estaba inspirada en Marilyn, aunque también en el propio Capote, y sigue dando rabia que nos privaran de verla interpretar el que hubiera sido el papel de su vida. Su última película, sin embargo, le disgustó terriblemente a ella. El guion era de su marido, el premio Pulitzer Arthur Miller y, cuando Marilyn lo leyó, rompió a llorar. «Tan estúpida me ve». Resulta capacitista volver a recordar que Marilyn Monroe tenía un coeficiente intelectual de 165: superdotadísima.

Si silenciásemos lo que han dicho los hombres compulsivamente sobre ella, nos queda otra Marilyn. ¡Bendito mute, ojalá! Son los que hoy llamamos señoros quienes la han victimizado hasta el delirio, repiten que dejemos descansar en paz a Marilyn, mientras no paran de volver a ella. En el fondo, dicen: dejad en paz a Marilyn, porque es mía. Nosotras la hemos visto mil veces mejor porque no la queremos poseer, no somos machos. «¡Brillaba! De ella se desprendía un brillo increíble. Brillaban su pelo, su piel, todo su ser. Nunca he visto una cosa igual», recuerda de ella Jane Fonda.

Marilyn Monroe protegiéndose del sol con un paraguas, mientras conversa con el director Billy Wilder en Coronado durante el rodaje de «Con faldas y a lo loco». (Bettmann | Getty Images)

«El hechizo de la belleza extraordinaria del cuerpo de Marilyn Monroe se vincula con su capacidad de significar que la piel no aísla necesariamente el interior del cuerpo humano del mundo: la luz de los astros y la de su talento podían mezclarse, y se mezclaban, en un movimiento circular que alucinaba a multitudes. Lo cual significa -ella lo significó de modo sublime- que la piel no es necesariamente barrera que sustente la dicotomía interior/exterior, propio/ajeno, dicotomía que es fundamental al orden simbólico patriarcal o viril». Así la lee la historiadora feminista bilbaina María Milagros Rivera Garretas.

Comiendo con mi compinche Itxaso Badell Lizarraga, actriz, dramaturga, profesora y directora de teatro, me cuenta entusiasmada esto. «Interpretativamente se ve el empoderamiento personal. Su lenguaje no verbal es excelente, sutil en cada movimiento corporal, como puede ser un movimiento minúsculo del dedo meñique, está cargado de toda expresión. Y eso es de un nivel de consciencia casi divina».

Obvio que sin ese imperialismo audiovisual gringo tan eficaz que ha colonizado nuestro imaginario, Marilyn Monroe no sería tan icónica, tan superestrella, tan omnipresente 64 años después de su precipitada muerte. Pero no solo la machacona reproducción de la cultura pop explica su increíble vigencia. Sobre su muerte por sobredosis de barbitúricos nunca sabremos del todo qué pasó. A mí me cuesta creer que una mujer que escribía tantísimo no dejara nota de suicidio. De haber estado la familia Kennedy tras las muerte de Marilyn, solo puedo decir que la venganza cósmica se ha consumado. Ella sigue brillando como una diosa mundana, cada vez más esclarecida y menos trágica, porque hemos hecho que el mundo se acerque a su grandeza en las últimas décadas, feministamente.