Javi Rivero
Cocinero
GASTROTEKA

«Foodies» en el mundo de la comunicación

La gastronomía vive un momento en el que cada vez más personas se sienten atraídas por, como dice el chef de 7K, las cosas del comer. Y muchas de ellas se «enganchan» a ese mundo a través de las redes sociales, que están cada vez más saturadas de críticos, recomendadores o «foodies».

(Getty Images | Javi Rivero)

Hace algunas semanas era nuestro vecino el de los calabacines. Hoy es el turno de nuestros amigos los y las foodies. Y no me refiero a un instagramer o influencer que predica con lo comido y lo bebido, sea pagando o invitado. Me refiero a esa persona que todos tenemos cerca que, desde el silencio, disfruta como nadie del buen comer y el buen beber. Esa persona que siempre hace buena compañía y que es capaz de sazonar cualquier plato solo con su presencia. Y, ¡ojo!, que quede claro que no tengo nada en contra de los que se hacen llamar foodies en Instagram, Youtube o la prensa escrita. Es más, creo que, de alguna forma, soy parte de este universo. ¿Que está saturado? Sí. ¿Que todavía caben más foodies por habitante? También. Y es que puede que existan tantos como personas habitan la Tierra. Y este es precisamente el problema.

Pero, antes de entrar en harina, toca definir lo que realmente significa ser foodie. Este término define a una persona apasionada de la gastronomía. Se trata de alguien que dedica parte de su tiempo libre no solo a comer por comer, sino que enfoca parte de esta acción en descubrir nuevos sabores, técnicas o productos y, lo más importante, comparte su experiencia al final, sea en redes, prensa o en persona. ¿Entendéis ahora por qué digo que vivimos “saturados” de foodies? Y seguro que puede haber más. ¿Os imagináis un mundo con más foodies que personas?

El problema es que, si el sentido natural de un foodie es descubrir nuevos productos, sabores, técnicas o lugares y todo está descubierto y todo está comunicado, ¿qué nos queda por descubrir? ¿Qué sentido tiene seguir haciendo lo mismo? ¿Tiene gracia acudir a un lugar en el que sabemos con pelos y señales lo que vamos a comer? Incluso, ¿es legítimo exigir un cobro concreto porque “lo he visto en redes”? ¿Dónde queda la magia de la temporalidad, la estacionalidad o los fueras de carta? Antes, lo que más se vendía, el reclamo que mayor impulso de consumo generaba era, con diferencia, el fuera de carta. Ese “hoy tengo…” o “solo me quedan…” era un argumento de venta imbatible para cualquier lugar donde ofrecieran comida. Hoy en día pasa lo contrario, la gente acude a la mayoría de los establecimientos por un motivo en concreto, entrando incluso a los locales sosteniendo el móvil con una mano y señalando en la pantalla lo que se quiere con el dedo de la otra, sin dar lugar ni siquiera a una mínima recomendación por la parte que atiende. No existe la conversación en las tabernas que siempre hemos concebido como un espacio social. Me da miedo recomendar las madalenas de una cafetería de Antzuola, porque no quiero ser cómplice de la pérdida de ese factor social que tienen las cafeterías de pueblo. ¿Os la imagináis con una cola de cien personas solo para comprar un paquete de madalenas? Estoy seguro de que, en menos que canta un gallo, los lugareños estarían buscando otro refugio al que acudir a compartir y ser. Ser parte de un pueblo que les pertenece. No hace falta, pero os pongo más ejemplos. En Donostia, la tortilla del Antonio genera unas colas pre-apertura incomprensibles para una tortilla de patata. O el famosísimo caso de la Viña y su tarta de queso. Que ambos productos están brutales, sí. Y no os digo que no me quedaría tomando algo, esperando que sacaran el producto a la barra. Pero de ahí a hacer cola, hay un pedacito de espacio-tiempo que no me apetece perder. Todo esto, antes no era así. Está claro.

CRITERIO

Y es que la forma de consumir la hostelería en cada vez más lugares está cambiando, y muy rápido. Se nos ha ido un pelín de las manos. Y, amigos, familia, las redes sociales y ese impulso, esa descomunal fuerza que generan sobre la capacidad de decisión de las personas, son el principal causante del tema. ¿Os habéis fijado en que, cuando alguien descubre un nuevo proyecto, de repente todos los foodies acuden al mismo lugar a comunicarlo y dar su opinión? Esto, para mí, evidencia una falta de criterio brutal. Uno de cada 10 foodies será el que realmente descubra un lugar, un producto, una tienda, un espació… los otros 9, “copian” o se inspiran demasiado en el primero. ¿No os lo parece? Que yo tampoco he inventado nada, pero las recomendaciones, hechas así, pierden todo su valor.

Esto último que os comento es otro de los grandes problemas que enfrenta este colectivo. ¿Ser foodie es un motivo para descubrir y compartir, realmente, una pasión? ¿O es la manera de ponerse un foco sobre uno mismo con la excusa de las cosas del comer? Creo que, a poco que indaguemos, salseemos y tengamos un poco de criterio y formación en la materia, estos dos tipos de creadores de contenido se clasifican de forma bastante evidente. Existen foodies polémicos, foodies neutros, foodies técnicoculinarios, foodies antropológicos, foodies modelos… Los hay de todos los colores y sabores. Pero, como os decía, solo 1 de cada 10 convence aquí a un servidor, por las formas, el contenido y la intención de este.

Os doy algunos ejemplos de cuentas a las que sigo, porque me parece que lo hacen bien, de forma honesta y limpia, generen polémica o no. Porque, cuando el río suena, agua lleva y, aunque nos piquen las formas y el quién da el mensaje, si el río se ha desbordado, hay que achicar agua, nos caiga mejor o peor quien dé el aviso.

Es la primera vez que recomiendo cuentas de Instagram o TikTok, familia. Sé que no es lo habitual, pero con esta gente descubriréis a gente euskaldun, no todos, poniendo en valor nuestro multicultural entorno de una forma entretenida y, sobre todo, llena de contenido con valor. @iñakigastro @ainaralo @sansebastianfoodies @cocituber (este es polémico, pero me gusta) @urrapetito (me flipa) @charlito_cooks @bittorkas @pauleeee @bitxisua… Y estos son solo unos pocos de los que sigo y me convencen… Pero cómo de saturado está el patio.

On egin!