Andoni Lubaki
Fotokazetaria / Fotoperiodista
UN RELATO DEL FOTOPERIODISMO QUIZÁ NO TAN CIERTO

Robert Capa frente a su espejo

Yo quería ser Robert Capa. Cuando uno afronta una carrera en el fotoperiodismo, la mayoría acude al mito del fotógrafo internacional. Y utilizo aquí la palabra «internacional» porque Robert Capa era de todos los lados y de ninguno. Era tan ubicuo que ni siquiera existió.

El fotoperiodista Andoni Lubaki  sostiene en su mano el teléfono móvil donde se observa la fotografía del miliciano que, según Robert Capa, fue abatido en Cerro Muriano. Andoni Lubaki
El fotoperiodista Andoni Lubaki sostiene en su mano el teléfono móvil donde se observa la fotografía del miliciano que, según Robert Capa, fue abatido en Cerro Muriano. Andoni Lubaki

Detrás del fotógrafo trotamundos considerado “el mejor fotógrafo de guerra del mundo” según la revista “Life” de aquella época, se escondía un húngaro judío que había sido comunista en su juventud y que abandonó su país para librarse de la cárcel. Se llamaba Endre Ernő Friedmann, había nacido en Budapest el 22 de octubre de 1913 en el seno de una modesta familia judía, y huyó primero a Berlín -entonces todavía una ciudad bollante de cultura antes de la toma del poder nazi- y después, a París. Allí conoció a Gerda Taro, cuyo nombre real era Gerta Pohorylle, una joven alemana refugiada como él del fascismo en ascenso. Juntos inventaron a Robert Capa.

La operación fue deliberada y brillante: crear un personaje ficticio, un fotógrafo americano que viajaba constantemente y dejaba en manos de aquella joven pareja la venta de sus fotografías a los editores más famosos de Europa. Sin modos de verificar la información en aquellos años treinta del pasado siglo, los editores se lo tragaban. Vendían así las fotos, y vendían mucho. Hasta que los pillaron. Pero aun así las fotos se siguieron vendiendo. En aquel París que miraba de reojo la expansión nazi, Friedmann y Taro habían construido algo más poderoso que una identidad: habían construido un mito.

Con el golpe de Estado militar español de julio de 1936, los dos idealistas jóvenes decidieron coger sus cámaras y marchar con afán de apoyar la causa republicana. Ya los dos produciendo imágenes en diferentes sitios del frente, Endre se convirtió definitivamente en Robert Capa y Gerda Pohorylle en Gerda Taro. Se apoyaban mutuamente como joven pareja idealista al frente de sus sueños de libertad. Tanto es así que el tándem firmaba las fotos como “Capa/Taro”. Muchas veces trabajaban juntos, otras, en diferentes sitios, pero seguían usando la misma firma compartida.

José Luis Santos Medina posa en el lugar donde se ubicaban las trincheras durante la Guerra del 36 en la localidad de Espejo. Hoy en día estas trincheras han desaparecido; es un paisaje lleno de olivos. Andoni Lubaki

A principios de septiembre de 1936, Robert Capa -que en realidad era el húngaro Endre Friedmann- se trasladó a Córdoba para sacar fotos en Cerro Muriano. Allí, apostado al cobijo de un objeto que lo parapetaba de los disparos de los fascistas, sacó con su cámara Leica de 35mm y un objetivo de 50mm para realizar varias tomas de cómo los republicanos eran abatidos uno tras otro frente a las ametralladoras alemanas de los sublevados. Desde el mismo ángulo, con el mismo encuadre, la misma luz y las mismas nubes en el fondo. Todas las fotos fueron publicadas en la revista “VU” con el título “Comment sont-ils tombés” -Cómo cayeron-, en el número 447 del 23 de septiembre de 1936. Una de ellas mostraba el momento preciso en el que un miliciano cae en el mismo instante en que la bala entra en su cabeza, con una postura y gesto casi épicos. El trabajo causó sensación y movilizó ayuda internacional. La foto se convertiría en la imagen icónica de aquella guerra y de las siguientes. “Muerte en Cerro Muriano” es la imagen en mayúsculas de la historia del fotoperiodismo. El momento preciso, con el encuadre perfecto.

Pero de la misma manera en que los personajes ficticios de Capa y Taro no existían, la veracidad de dicha foto también está en entredicho. Según investigaciones posteriores, en aquel día en Cerro Muriano no hubo combates, ni las ametralladoras de los fascistas alcanzaban las trincheras republicanas. Los negativos de aquel día nunca aparecieron -hasta que aparecieron sin aparecer del todo-.

En 1995 saltó a la palestra internacional el hallazgo de una maleta en México que contenía cientos de negativos de la Guerra del 36. No era una maleta cualquiera: eran tres pequeñas cajas de cartón con 126 rollos de película y cerca de 4.500 negativos de Robert Capa, Gerda Taro y David Seymour -conocido como Chim-, los tres grandes maestros del fotoperiodismo de aquella guerra. Una odisea propia de novela: cuando Capa abandonó París en octubre de 1939 ante el avance alemán, dejó los negativos a cargo de su ayudante de laboratorio, el húngaro Imre “Csiki” Weiss. Weiss los salvó metiéndolos en una mochila, llegó a Burdeos e intentó embarcarse hacia México, pero su condición de judío-húngaro inmigrante se lo impidió. Los negativos pasaron entonces por manos del consulado mexicano en el Estado francés y acabaron en poder del general Francisco Javier Aguilar González, embajador de México durante el Gobierno de Vichy entre 1941 y 1942. A su muerte en 1975, la maleta quedó entre sus herederos hasta que en 1995 alguien contactó al International Center of Photography de Nueva York. No fue hasta el 19 de diciembre de 2007 cuando Cornell Capa, hermano del fotógrafo, recibió finalmente las cajas en sus manos. La historia se enreda cuando se percataron de que entre esos negativos faltaban precisamente los de Cerro Muriano. En realidad, según apuntan los investigadores, nunca hubo fotos en Cerro Muriano. Sí las había de otros lugares, pero Capa nunca pisó ningún campo en el lugar donde dijo. Para mayor sorpresa, aparecieron los rostros de los soldados que, felices de ser fotografiados y en las trincheras, la revista “VU” describía como masacrados al salir de sus escondrijos. O las fotos de la masacre eran un montaje o eran anteriores y alguien había quitado los negativos de los milicianos siendo abatidos. Entre ellos, las del miliciano, en mayúsculas.

En otras fotos se podía ver desde las trincheras el paisaje. Voluntarios armados claramente posando con sus fusiles interpretando una defensa de las posiciones. Los negativos que sí aparecieron -los del mismo día, la misma serie de unas 40 instantáneas según el ICP- ubicaban la acción no en Cerro Muriano, sino en Espejo, un pequeño municipio de la provincia de Córdoba, en la Haza del Reloj, en su límite con el cerro del Alcaparral, cotas estratégicas del frente.

El cerro donde el Ayuntamiento de Espejo ha colocado una estatua del miliciano en la misma postura en la que fue inmortalizado. Arriba, la foto original realizada por Robert Capa. Wikimedia, Andoni Lubaki

YO FUI A SER ROBERT CAPA

Me compré la misma cámara Leica que mi héroe y un objetivo de 50mm prestado por un amigo. Cargué un carrete de blanco y negro y me fui a Espejo, en Córdoba. El pueblo y la zona han cambiado mucho desde la toma de la instantánea mítica. En el cerro, el Ayuntamiento ha colocado una estatua del miliciano en la misma postura en la que fue inmortalizado (muerto o no). El secarral que muestra la imagen es hoy un campo de olivos; el cortijo que aparece al fondo sigue ahí y fue determinante para localizar el lugar exacto de los hechos.

José Luis Santos Medina es presidente de la Asociación de Memoria Histórica de Espejo. Agricultor jubilado y orgulloso comunista en tierra de trabajadores de campo. «La foto no está tomada en el lugar donde colocaron la estatua, es un poco más abajo, en pleno olivar. Las trincheras han desaparecido y ahora aquí solo se cultiva olivo, que es lo único que da para comer», explica. Este oriundo de la localidad, junto al profesor de la Universidad de Córdoba Fernando Penco, realizó las investigaciones para determinar el lugar exacto de la foto. Ambos hicieron y siguen haciendo las pesquisas que rodean el misterio. «Más o menos, en un radio de pocos metros, aquí se hizo la foto», me dijo Santos Medina unos metros más abajo, cerca de una pista polvorienta. Cargué la Leica y esperé a las nueve de la mañana -la hora que la inclinación de la sombra del miliciano delata como la del disparo- a que la luz fuera la misma. Click.

«Mi tío es el que aparece en el primer plano de esta foto», señala Santos Medina. «Lo fusilaron nada más los fascistas entraron al pueblo. Al ser jefe de las brigadas locales y maestro rojo, era doblemente peligroso. Lo fusilaron en la pared del cementerio junto a otros miembros del batallón que aparecen en los negativos de la maleta mexicana». Han puesto nombre y apellido a todos los retratados ese día, excepto a uno. Al miliciano de la fotografía que encumbró a Capa como mito.

La placa que recuerda dónde se situaban las trincheras. Wikimedia

Todas las investigaciones desarrolladas para descubrir la identidad del posiblemente más famoso soldado de la historia han sido infructuosas. El investigador valenciano José Manuel Susperregi afirmó en el documental “La sombra del iceberg” (2007) que el miliciano era un anarquista alicantino llamado Federico Borrell García, conocido como “Taíno”, natural de Benilloba. Pero su familia negó que fuera él y el documental mostró las fotos de Taíno: no tienen ningún parecido con el miliciano. Incluso pruebas forenses de la Universidad de Alacant demostraron que no son la misma persona. Además, cartas escritas y recientemente descubiertas muestran a un Taíno que cayó en otro lugar y en circunstancias muy diferentes. Santos Medina tampoco lo sabe. Ha investigado junto al profesor Penco y no han hallado ninguna conclusión. «El batallón de defensa antifascista en Espejo estaba formado por voluntarios del pueblo, venían refuerzos cuando se necesitaban, pero aquí, en mi pueblo, nadie le conoce. Puedo asegurar que no es de Espejo», afirma Santos Medina.

En ningún archivo de la época hay constancia tampoco de movimiento de tropas hacia Espejo en un día en el que no se registró ninguna batalla. Entonces, ¿cómo pudo registrar Capa la muerte del desconocido soldado si no hubo batalla? Los negativos de la serie, que sí están en la maleta mexicana, muestran la secuencia: una panorámica con republicanos en la cima de la colina donde algunos expertos creen reconocer a Borrell, el cuerpo de otro republicano caído con el rifle sobre el pecho. Si es la foto de un muerto, el miliciano no fue el único caído esa tarde. Si no es un muerto, ¿qué hacía un soldado tumbado como si hubiese sido abatido por un disparo? Y la sombra proyectada corresponde a las nueve de la mañana, no a las cinco de la tarde, hora a la que los registros oficiales sitúan el enfrentamiento.

Nada más saberse la existencia de la maleta, los investigadores y periodistas se ilusionaron con poder desenlazar el misterio casi ochenta años después. No aparecieron los negativos de la gran foto. La secuencia de republicanos siendo abatidos que “VU” publicó en 1937 no estaba en la maleta. Sí estaban otros del mismo día, entre los que se hallaron los que pudieron demostrar que no era Cerro Muriano, sino Espejo. Un experto que analizó las imágenes in situ y que prefiere ocultar su identidad por temor a represalias contra su carrera, afirmó que la foto más famosa del siglo XX fue casi con toda seguridad una puesta en escena. Que Capa dirigió a los milicianos para que interpretaran la defensa de las posiciones, y que en algún momento, en alguna de aquellas tomas, algo salió mal.

Aquí reside el verdadero problema que plantea la fotografía de Robert Capa para el fotoperiodismo contemporáneo: no es la pregunta de si la imagen es real o fingida. Es la pregunta de quién la tomó, por qué se borró esa autoría y qué significa que llevemos casi noventa años construyendo la ética de nuestra profesión sobre una imagen cuya cadena de verdades -autor, lugar, fecha, identidad del sujeto- está fracturada en casi todos sus eslabones.

En la imagen inferior, contenido de la maleta que fue hallada en México con múltiple material fotográfico. Arriba, Gerda Taro y Robert Capa. Wikimedia

El nombre Robert Capa fue un instrumento de marketing antes de ser una firma periodística. Endre Friedmann y Gerda Taro lo crearon para vender más fotos a mejor precio en el mercado editorial parisino. La autoría colectiva -y probablemente femenina en más casos de los que la historia oficial reconoce- quedó sepultada bajo una marca masculina y anglosajona. Taro murió en Brunete el 26 de julio de 1937, aplastada por un tanque republicano cuando apenas tenía veintisiete años, antes de poder reclamar nada. Friedmann sobrevivió para convertirse en el mito. Fundó Magnum Photos en 1947 junto a Henri Cartier-Bresson, David Seymour y George Rodger. Pisó una mina en Indochina el 25 de mayo de 1954. Su legado quedó intacto, canonizado.

Lo que el caso Capa revela no es una anomalía, sino una estructura. El fotoperiodismo de conflicto ha operado históricamente sobre la idea de que la imagen capta la verdad porque el fotógrafo estuvo allí. Pero la foto de Espejo demuestra que “estar allí” es una construcción narrativa tan maleable como cualquier otra. Capa no estaba en Cerro Muriano. El miliciano quizás no murió en el momento del disparo -o quizás sí, pero en una escena parcialmente dirigida-. El hombre que cayó no tiene nombre. La mujer que pudo haber apretado el disparador no tiene crédito.

En la era de la verificación digital, del análisis forense de metadatos, de las herramientas de geolocalización por sombras y vegetación, casos como el de Capa parecerían imposibles de sostener. Y, sin embargo, el ecosistema mediático contemporáneo produce sus propias mitologías con la misma eficiencia: imágenes descontextualizadas que circulan como verdades, fotografías de archivo vendidas como imágenes de hoy, firmas individuales sobre trabajo colectivo y la permanente confusión entre el impacto emocional de una imagen y su veracidad documental.

El miliciano sin nombre sigue cayendo. Cada vez que alguien abre un manual de fotoperiodismo, cada vez que se cita a Capa como el padre fundador de una ética que el propio Capa ayudó a construir sobre arena. Santos Medina conoce el nombre de casi todos los que estuvieron aquel día en las colinas de Espejo. Casi todos. La identidad del hombre más recordado de la guerra civil española permanece en blanco, como un agujero en el centro del mito que lo convirtió en símbolo universal. Tampoco sabemos si fue Gerda Pohorile o Endre Friedman quien la hizo, lo único que en esta historia es cierto es que la firmó Robert Capa.

Yo no llegué a ser Robert Capa. Nadie debería querer serlo.