Ese dilema, cuando la aporofobia recorre un mundo patas arriba que criminaliza cobardemente a los más pobres de todo lo que provocan siempre los más ricos, ha recalado kafkianamente en Donostia este verano. Tan lejos y tan cerca, dicta la autoridad competente que hay que proscribir la más básica de las solidaridades -como si dar la mano y un plato caliente fuese delito-