2015/05/24

La inevitabilidad de lo natural
IBAI GANDIAGA PÉREZ DE ALBENIZ
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Es difícil explicar la poética de las cosas que vemos, que oímos o que sentimos. Es un sentimiento, algo que se aleja de lo racional y, por lo tanto, no puede ser descrito ni medido. En el caso del edificio de la Ilha do Fogo, en Cabo Verde, la poética es algo evidente y merece la pena ser explicada. En menos de seis meses, un edificio concebido como una roca volcánica es sepultado por la lava del volcán cercano, pasando automáticamente a ser un hito arquitectónico de nuestra era.

Las autoridades de Cabo Verde aspiraban a tener un Parque Nacional declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y con ese fin, celebraron un concurso que ganó el joven estudio portugués OTO. Durante ocho años desde la adjudicación, los arquitectos tuvieron que lidiar con un complejo problema político y social en la zona para dar con un diseño que pretendía ser uno con la naturaleza circundante. Muchos asentamientos urbanos de la isla mantienen una disputa territorial al haberse construido en terrenos públicos, con la irregularidad –y consecuente falta de sensibilidad con el paisaje– que eso conlleva. Los portugueses acabaron por tomar el toro por los cuernos y rehacer el proyecto tal y como ellos pensaban que debía ser, tomando decisiones sobre las funciones del edificio, destinado a ser las oficinas centrales del parque nacional.

De esa manera, las primeras decisiones claras se orientaron al propio paisaje. El edificio se construyó financiado en un 95% a través de la Agencia de Cooperación Alemana y fue su insistencia la que decidió la ubicación del centro en pleno cráter de expansión del volcán Pico do Fogo. Como si del plañir de las campanas del funeral del centro se tratara, OTO enterró el diseño para poder dar al paisaje un papel protagonista en esta tragedia. El edificio se retuerce en sí mismo, en una tipología que se volvió popular en la arquitectura de principios de siglo, consiguiendo un mínimo impacto. La segunda estrategia utilizada pasaba por emplear materiales locales, cosa muy necesaria en las construcciones isleñas. Aunque en primera instancia pensaron en la piedra, finalmente se optó por fabricar, a pie de obra, un ladrillo elaborado con áridos volcánicos locales. De ese modo, la ilusión de la no-artificialidad se garantizaba. El diseño de André Santos, Nuno Martins, Miguel Carvalho y Ricardo Vicente, los cuatro compañeros de escuela que forman OTO, se basó en una autosuficiencia energética, insertando sistemas de recuperación de agua y de generación de energía eléctrica a través de células fotovoltaicas. Quisieron cuidar también el aspecto social y consiguieron un centro donde se podía descansar, asistir a jornadas culturales o simplemente pasar el rato. Era un ejemplo de cómo el diseño arquitectónico puede aunar aspectos medioambientales, paisajísticos y sociales.

Y entonces, el 23 de noviembre de 2014, Pico do Fogo explotó. La lava avanzó y consumió el edificio, con ese paso lento e imparable, de ritmo geológico. Durante los siguientes quince días, la lava engulló las localidades vecinas de Portela y Banganeira, las dos partes de la comunidad Chãs das Caldeiras, próxima al centro.

La primera reacción de los arquitectos, según sus propias palabras, fue egoísta: «Se nos rompió el corazón cuando descubrimos que la lava tomaba el rumbo del edificio. Fue como si perdiéramos un hijo». Acto seguido entonaban el mea culpa, entendiendo la verdadera tragedia civil de los propios habitantes de la isla; una tragedia material y humana por la pérdida de sus casas, pero también una pérdida natural, por el cambio brutal del paisaje que sufrió la isla.

El edificio, ya de por sí interesante y verdaderamente espectacular, ha suscitado un gran interés en medios por esa destrucción. Midiendo en todo caso la escala de la tragedia, mínima si consideramos la pérdida de dos poblaciones enteras, el consuelo se encuentra en la dignidad y poética de la muerte de esta obra, alejada de asesinatos, mutilaciones y estados comatosos de otras obras de arquitectura moderna y clásica en nuestra ciudad. El caso de los desastres naturales es fascinante, porque ataca al mismo concepto primario de la arquitectura, esto es, la necesidad del ser humano de buscar refugio. En este caso, el volcán ha despertado en la peor explosión en los últimos 60 años, reclamando lo que consideraba suyo, y al ver las imágenes de la lava consumiendo el edificio, uno no puede sino sentir un escalofrío.