2017/07/16

DAVID BROOKS
Mentiras como política
Las mentiras y la descalificación de los medios no es algo accidental, es la política de Trump; tiene un propósito claro: anular la diferencia entre la falsedad y la verdad.

Estamos en un momento vital y peligroso para el periodismo. Y cuando se produce esta ofensiva, los medios están precisamente en su momento más frágil, sobre todo los periódicos. En los últimos quince años, en Estados Unidos la plantilla de los periódicos se ha reducido en más de la mitad, de 412.000 a 174.000 trabajadores. Varios medios escritos han desaparecido, otros han sido obligados a recurrir, muchas veces, a despidos masivos. Las redacciones están semivacías, llenas de fantasmas de fotógrafos, reporteros, editores y técnicos que hace muy poco se dedicaban a informar sobre qué pasaba, a nutrir eso que dicen que es vital para una democracia: una ciudadanía informada y consciente. Esta crisis no se limita a Estados Unidos, como tampoco la ofensiva política contra los medios. Varios importantes han desaparecido o están a punto de desaparecer; a veces por la crisis del sector, a veces por razones políticas. Recientemente Al Jazeera se ha enfrentado a su posible cierre por la presión de los gobiernos árabes ultraconservadores hacia Qatar, país en que se encuentra la emisora. En otros países la violencia contra los periodistas y sus medios se intensifica y ha llevado a tener consecuencias mortales, como es el caso de México. Una reflexión obsesiva en el mundo periodístico radica en cómo defender los medios justo en momento que su labor es más vital que nunca.

Es vital porque separar la falsedad de la verdad, el trabajo elemental del periodismo, es cada vez más difícil. En Estados Unidos, la estrategia oficial es borrar esa separación. Nadie se sorprenderá de que los políticos mientan. El legendario periodista I.F. Stone decía que lo primero que tiene que saber cualquier estudiante de periodismo son tres palabras: «Todo Gobierno miente». Pero aquí y ahora hay algo de otra magnitud, con una estrategia aún más peligrosa. Se ha hablado mucho del volumen de las mentiras de este presidente y su gente, y de su agresión, incluso provocando enfrentamientos violentos, contra los periodistas. Dos reporteros del “New York Times” intentaron documentar cada mentira de Trump desde que llegó a la Casa Blanca –con texto y fecha–, información que ocupó una página entera del rotativo. Conclusión: Trump mintió o dijo falsedades en público diariamente durante sus primeros cuarenta días como presidente. «Está intentando crear un ambiente en que la realidad es irrelevante», escribieron los autores del reportaje.

A veces las falsedades llegan a extremos cómicos: una portada de la revista “Time” fechada el primero de marzo de 2009 con la imagen de Trump está enmarcada y colocada en al menos cinco de los clubes del magnate, según informó “The Was hington Post”. El problema: no hay una edición de la revista con esa fecha y Trump tampoco ocupó portada alguna de la revista ese año.

No es solo el volumen, sino su repetición una y otra vez, junto con lo que se ha vuelto la consigna permanente de la presidencia contra casi todo medio que no se subordine a la linea oficial: fake news (noticias falsas). Después de lanzar insultos contra dos presentadores de la MSNBC, en su cuenta oficial de Twitter Trump difundió un video elaborado aparentemente por un simpatizante usando imágenes grabadas en 2007, en las que el presidente simulaba golpear al jefe de la Federación Profesional de Lucha Libre. En el montaje aparece el logo de la CNN sobre el rostro de la persona que Trump finge golpear. Como respuesta, CNN afir mó: «Es un día triste cuando el presidente de Es tados Unidos alienta la violencia contra los reporteros (...). Nosotros continuaremos haciendo nuestra labor. Él debería empezar a hacer la suya».

Un amigo filósofo y abogado ha hecho circular un ensayo sobre Hannah Arendt, citando su estudio de regímenes totalitarios, en que señala que «las masas habían alcanzado un punto donde podían, al mismo tiempo, creer todo y nada; creer que todo era posible y que nada era verdad». Los líderes de tales regímenes sabían que la repetición de falsedades era clave. «El resultado de la sustitución consciente y total de mentiras por verdades objetivas no supone que la mentira ahora será aceptada como verdad y la verdad difamada como mentira, sino que el sentido con el que tomamos nuestras referencias en el mundo real –y la categoría de verdad contra falsedad está entre los recursos mentales para este fin– se está destruyendo», escribió Arendt.

Estamos en un momento en el que los periodistas no deben caer en trampas, ni fomentar divisiones y mucho menos traficar con «hechos alternos» o «mentiras». Sobre todo hay que tener claro qué está en riesgo y quién es el enemigo real de este gremio. Es un momento de definición y, como dice una vieja y gran canción sindical minera: «Aquí no hay neutrales. ¿De qué lado estás?».