2018/02/04

Erreportajea
REVOLUCIONARIOS DE LA CULTURA
Cinema Paradiso en Líbano

El Cinema Rivoli es el tercer proyecto de rehabilitación de una sala cinematográfica y teatral en el sur del Líbano, donde todos los cines cerraron sus puertas en los 80 durante las guerras. Un equipo de voluntarios, con Kassem Istanbouli al mando, es el responsable de la recuperación de estos espacios. Esta es una historia que recuerda a “Cinema Paradiso” (Giuseppe Tornatore, 1988), una declaración de amor al cine que se desarrolla en la Italia de la posguerra. Y es, también, la historia de un equipo de revolucionarios de la cultura.

Pedram Yazdani
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Kassem Istanbouli camina apresurado por las calles de Tiro, ciudad situado a orillas del Mediterráneo. Regenta una tienda de música y películas y es el alma mater del equipo de voluntarios que trabaja a contrarreloj en la recuperación y rehabilitación del Cinema Rivoli. «Debemos abrirlo en breve; este sería nuestro tercer cine recuperado y puesto en marcha», afirma Kassem mientras da órdenes a su equipo de trabajo: Nadia, Akkawi, Hassan, Rabia, Basil... jóvenes libaneses, palestinos y sirios que se han unido al proyecto de Istanbouli. Ya han rehabilitado el escenario, pero falta vaciar el cine de escombros, arreglar la fachada, reparar y limpiar las viejas butacas...

«Lo que más me gusta es actuar, el teatro, pero actores hay muchos. Lo que hace falta en este país es que alguien se preocupe por reavivar y difundir la cultura», declara el joven libanés. En estos espacios rehabilitados se celebran talleres, se presentan espectáculos, se proyectan películas y se celebran festivales internacionales de cine, teatro y música.

La falta de espacios culturales es consecuencia de la guerra. En 1986, cuando nació Kassem, solo había pasado un año desde la primera guerra del Líbano, cuando Israel invadió el sur del país con el objetivo de expulsar a la OLP (Organización para la Liberación de Palestina). Esta cruenta confrontación además se solapaba con la guerra civil en el Líbano, que estalló en 1975. La OLP comenzó a armar sus milicias para enfrentarse a Israel, pero los cristianos libaneses hicieron lo propio por miedo a perder control sobre el país y Beirut se convirtió en esa imagen de edificios agujereados haciendo equilibrios para no derrumbarse que todos tenemos en la memoria.

Y no solo sufrió Beirut. Tiro, a únicamente 20 kilómetros de Israel, en la costa mediterránea, también fue derruida. El sur se convirtió en campo de batalla para Israel y Hizbolá, Amal, la OLP y las milicias sirias. A finales de los 90, todos los cines del sur habían sido derruidos u ocupados por milicias, que los utilizaban como sus sedes.

El ritmo de Kassem es siempre acelerado, con esa coletilla que repite –«Yallah» («vamos», en árabe)– en cada frase, muchas veces dirigida a sí mismo. Es serio trabajando, pero con un humor que se despliega travieso y comprensivo al tropezarse con los problemas.

 


El primer cine del sur. En 2012 comenzó con su proyecto, primero proyectando películas y haciendo teatro en un pequeño local y, un año después, rehabilitando el primer cine del sur de Líbano tras las guerras, el Teatro y Cine Alhambra, en Tiro. Pero dos años después, cuando ya trabajaba en su segundo proyecto –el Cinema Stars, en la ciudad de Nabatieh–, el primero les fue arrebatado por el propietario, quien prefirió convertirlo en un parking. «A casi nadie le importó que se cerrase el cine. Es difícil inculcar la importancia de la cultura en esta sociedad: a todos les parece algo prescindible», se indigna Nadia, colaboradora y alumna de los talleres de teatro de Kassem.

Por una vieja escalera y entre todos los cables colgantes del tendido, todavía es posible colarse al interior del cine, que sigue tal cual lo dejó el equipo de Kassem Istanbouli. Con una pequeña linterna y en voz baja, este repasa y explica cómo era la sala, asegura que muchas veces vuelve solo y de noche, que siente una energía especial en este lugar. Se distinguen lágrimas en sus ojos. «Ni siquiera se convirtió en un parking, simplemente se cerró y se volvió a abandonar. ¿Por qué?», susurra. ¿Quién tiene tanto interés en cerrar un inofensivo cine o teatro?

«¡Lo cierto es que no quieren a la cultura!», decía molesto hace unos días después de que saliera de la entrevista que concedió a la televisión estatal. «¿Por qué, sino, actúan así? No se destina ninguna ayuda a proyectos culturales, solo si te vendes a un partido político puedes tener ayudas. Si pones sus banderas en el balcón...».

Tras aquel cierre, no hubo ningún cine en el sur hasta 2014. «Y todo gracias a estos chicos y chicas», reconoce el impulsor de estos proyectos, recuperando la compostura y refiriéndose a su equipo. «Son increíbles, trabajan alegres... Vienen contentos a trabajar, a aprender teatro, a aprender cómo funciona un cine por dentro. Y hacen amigos. Para mí, es algo maravilloso. Pero también hace falta dinero para rehabilitar los cines, para los materiales, para los equipos... ¿Qué voy a hacer con los 2.000 euros anuales que me dan estos?», ríe a carcajadas mientras nos dirige una mirada de complicidad.

De camino a su tienda de discos, Kassem se detiene y conversa con un chico: «¡Oye! ¿cómo te llamas? ¿Quieres trabajar en el cine? Mañana por la tarde, en el Cine Rivoli. ¿Sabes dónde está? Subiendo desde el mercado, antes de llegar a la tienda de licores. ¿Sí? ¡No faltes! ¡Yallah!». Le propina una palmada en la espalda al chico, quien se queda observando pensativo el papel arrugado que le ha alargado Kassem con su número garabateado. «Lo importante es sacarlos de la calle, que hagan algo con su tiempo. Si no, lo más probable es que se alisten».

Llega a su tienda con su caótica lista mental de actividades a terminar durante lo que queda del día. En la puerta se detiene mirando al interior, frunce el ceño y resopla, protesta algo en árabe para sí. De nuevo se ha ido la luz. Desesperado, deja caer su portátil, que tiene que estar siempre enchufado para funcionar, y comienza a subir y bajar insistentemente la palanca que debería conectarles a la red nacional. Esos momentos en los que se va la luz en el Líbano, que son muchos a lo largo del día, los aprovecha para llamar por teléfono, no sin antes correr a un quiosco a comprar una tarjeta de la que rasca un código con un mínimo de libras libanesas, las suficientes para hacer un par de llamadas.

Se ha puesto en contacto con su equipo, que está en el Rivoli. Hoy tiran parte de la fachada derruida y los permisos no llegan. Hay mucho trabajo y es posible que tengan que aplazar algunos días la inauguración.

 


La incertidumbre durante el festival. En verano, sin que nadie lo sospechase, el Cinema Stars acogió su último evento, el Festival Internacional de Teatro. A él acudieron compañías de Irak, Egipto, Holanda, Bélgica, Suiza, Canadá, Argentina y México.

Pusieron el Cinema Stars patas arriba para prepararlo: Kassem seleccionó qué se tenía tirar y qué merecía la pena guardarse, así que viejos posters y bobinas de películas decoraron la recepción. Bashar limpió el cine a manguerazos, Nadia pintó de nuevo las paredes, Basil pasó la aspiradora por las butacas de una en una y Akkawi revisó la instalación para asegurar una fuente fiable de luz, que sería un motor de gasolina. La cuestión era no dejar a oscuras ni una proyección ni una representación. Para Akkawi, un cinéfilo palestino de 17 años, aquel fue su último día de trabajo, porque estaba apuntado a una especie de campamento de verano. «Es como los campamentos de Boy Scouts», explicaba inocente.

Durante el festival también se llevó a cabo una campaña de financiación colectiva, debido a que el Cinema Stars era un espacio cedido por su propietario a Istanbouli Theatres. Pero, casualidad, el dueño había decidido ponerlo a la venta cuando recibió una suculenta oferta. El equipo necesitaba recaudar rápidamente 90.000 dólares para optar a comprar el espacio.

Era, sin duda, una situación que provocaba, cuando menos, incertidumbre pero el equipo de Kassem haría todo lo posible para que esta noticia no hiciera sombra a un festival tan esperado. Los artistas comenzaron a llegar a Líbano, un poco desorientados y sin una idea clara de qué se iban a encontrar aquí. Kassem organizó la logística para darles alojamiento y comida poniendo también dinero de su bolsillo. «Han costeado sus viajes hasta aquí, lo menos que puedo hacer es que se sientan a gusto durante el festival y todavía no tengo respuesta del Ayuntamiento», comentaba entonces. A Istanbouli Theatres se le había prometido hospedaje para todos los participantes por parte del Ayuntamiento de Nabatieh, pero la primera noche se vieron obligados a alojarlos en casas de amigos y familiares, y hasta tuvieron que alquilar un apartamento hasta recibir una respuesta más clara.

 


El teatro, una alternativa para los jóvenes. Jóvenes, niños y adultos esperaban en la puerta del cine ansiosos. Padres y madres de alumnos de teatro saludaban agradecidos a Kassem en la recepción, mientras observaban sorprendidos el espacio. «Mi hija lleva toda la semana ensayando en casa para la función. Yo nunca había estado en un teatro», reconoce una espectadora.

Todo se soluciona aquí en el último suspiro, antes y durante la semana del festival. «¡Es increíble que haya salido bien!», se sorprende Sergio, El negro, del grupo de teatro argentino Plumo. Todavía está vestido de payaso tras su función, exhausto, tirado en el sofá de la sala de proyecciones mientras muerde con algo de desidia el enésimo kebab de este viaje. «¡El público ha sido espectacular! ¿Viste la cara de los niños? Eso... eso no tiene precio».

Unas semanas después del evento, el equipo consiguió reunir el dinero para comprar el cine, entre ayudas y préstamos. Pero, un día antes de que firmasen el contrato de compraventa, el propietario aseguró haber recibido una oferta por 20.000 dólares más de lo acordado. «Ya no puedo hacer más. Está perdido», se lamentaba Kassem. «Me voy a llevar todo, hasta las butacas. Vendrán bien en el Rivoli».

Tal vez el nuevo propietario saque provecho del cine o tal vez tan solo lo abandone, como pasó con el Alhambra. Acaso interese más que los jóvenes piensen en proyectos más lucrativos como convertirse en soldados en Siria que, aunque no sea su guerra, les proporcionará un futuro más acomodado. Si vuelven. Tal vez el campamento al que acudió Akkawi les sirva para encarrilarse mejor hacia ese futuro, en lugar de “perder el tiempo” en actividades culturales que le puedan abrir la mente haciendo daño a una economía dependiente de las guerras. «Utilizaremos el dinero para rehabilitar el Rivoli. Será un bonito cine, con una cafetería y una librería, y compraremos un autobús para hacer cine y teatro móvil por todo el país», piensa en voz alta Kassem, sentado a oscuras en el Rivoli. Una vez más, se ha ido la luz.