2018/07/08

Tú déjame a mí
IGOR FERNÁNDEZ
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Cuando todo falla, me tengo a mí mismo, a mí misma. En situaciones de extrema necesidad, cuando el cuerpo no tiene nutrientes o agua, consume todas las reservas de energía, si es preciso, para preservar el cerebro y su funcionamiento. Por esta razón, las personas que se pierden en lugares inhóspitos durante largo tiempo son capaces de sobrevivir. Sin la necesidad de ponernos en escenarios tan dramáticos, nuestro cuerpo tiene recursos para mantener su integridad el máximo tiempo posible en términos físicos, pero también la mente tiene esta capacidad. Habrán oído hablar los lectores de la resiliencia, esa capacidad humana para reponerse e incluso mejorar tras atravesar una experiencia francamente difícil, en lugar de quedar traumatizados o “tocados” el resto de la vida. También somos una especie caracterizada por nuestra capacidad de adaptación tanto a climas extremos como a circunstancias de vida paupérrimas o altamente estresantes –aunque esto se nos vaya olvidando en esta parte del mundo–.

Ante estas agresiones del entorno, incluyendo a otros seres humanos, hemos desarrollado la capacidad psicológica de atendernos a nosotros mismos y seguir guiándonos por esos raíles imprescindibles para que nuestra salud no descarrile, a pesar de que las cosas no sean como esperamos en torno a nosotros. Pase lo que pase, necesitamos aferrarnos a ciertos mínimos, entre ellos, poder predecir lo que va a pasar.

Necesitamos encarecidamente saber cómo se van a desarrollar las cosas incluso aunque ese desarrollo sea malo para nosotros; dicho de otro modo, es peor no saberlo. Si algo no va a ir bien y nos pilla por sorpresa, a las consecuencias negativas se suma el susto, el shock, o la sensación repentina de indefensión que casi anula cualquier acción que pudiera mejorar las cosas; así que, prediciendo incluso lo malo, preservamos nuestra capacidad de pensar, lo que no sucedería si, simplemente, “no nos lo esperamos”.

También necesitamos que la vida sea un continuo, que lo que vivimos y quienes somos sea lo que viene siendo, sin que los cambios rompan drásticamente los mimbres que hemos usado para movernos por el mundo hasta el momento. Sabemos que incluso cuando un cambio tiene todas las papeletas de ser mejor para nosotros, hay algo en el estómago que se encoge, e incluso a veces, este contraste nos hace echarnos atrás, o, en otro ámbito, no creer en la evidencia de que una relación ha cambiado y ya no puede mantenerse como estaba.

Nos esforzamos en mantener esa estabilidad, otro de nuestros pilares imprescindibles. Una estabilidad nuclear, básica, no superficial. Necesitamos un mínimo de sosiego interno, emocional, cognitivo, que nos permita vivir en un estado diferente a la ansiedad, y es que –recordemos– el estrés es una eventualidad para nuestro cuerpo, y una respuesta a algún tipo de amenaza, pero no podemos vivir saludablemente en él. A veces nos estabilizamos a nosotros mismos aislándonos cuando es demasiada cercanía o responsabilidad, o distrayéndonos, o por el contrario, buscando compañía cuando no podemos con la vida.

Los diferentes estilos para buscar esta estabilidad tienen también que ver con otro pilar insorteable: nuestra necesidad de mantener nuestra identidad. Hacemos esfuerzos enormes por seguir teniendo y usando una imagen propia coherente con nuestra historia y, como en las anteriores guías, también en esta somos capaces de negar la realidad o distorsionarla o elegirla, para seguir sintiendo y pensando que somos quienes hemos sido y eso no va a cambiar. Predecir, sentir una continuidad, mantener la estabilidad o la identidad son esenciales de la vida psíquica, suficientes como para que las personas hagamos lo humanamente posible para adaptarnos al mundo; eso sí, con nuestras reglas.

Y a veces, la coherencia de las palabras y los actos se convierten solo en un valor de segunda en su presencia.