2018/07/15

De fuera a dentro
IGOR FERNÁNDEZ
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La vida nos duele a veces, nos daña, nos cambia drásticamente o nos mantiene en una situación de precariedad sin que podamos hacer nada, y otras veces hace lo contrario: nos alivia, nos cura, nos estabiliza y nos nutre. Y en ambos casos puede que tengamos participación y puede que no. Nuestro egocentrismo natural nos coloca en el centro no solo de nuestras acciones, sino también del mundo entero y de las consecuencias que de unas y otras devienen y, por tanto, vivimos. «Si lo hubiera sabido…», «no es justo que pasen estas cosas», «soy así y no puedo cambiar», «si quieres, puedes»... son algunas de las frases cotidianas que usamos para referirnos a momentos importantes que nos guardamos como nuestros.

La realidad es a veces mucho más caótica y azarosa o, por lo menos, no tan predecible como nos gustaría. Nos quedamos a merced de tantos acontecimientos con la boca abierta y nos sorprende que se nos escapen aspectos determinantes de la vida, creyendo que, si nos esforzamos más la próxima vez, «no me pillará desprevenido». Sin embargo, las cosas pasan sin nuestra intervención y nos someten a reglas y a limitaciones, pero también abren la puerta a potencialidades. Aunque, si nos exponemos a lo que nos estimula, estaremos estimulados y, si nos exponemos a lo que nos daña, terminaremos dañados. Suena a perogrullada, pero tiene su sentido.

Nuestra residencia, por ejemplo, determina nuestro estado de ánimo e incluso nuestra manera de pensar. Es como si el espacio físico se fuera cargando de lo que vivimos en él y nos condiciona para seguir reaccionando de la manera habitual. En el pasado, la capacidad de adaptación ha sido una de nuestras mayores bazas para la supervivencia, y ello ha pasado por “leer” el medio en el que vivimos y reaccionar según sus condicionantes, lo cual se iba automatizando hasta no tener que pensar mucho más en ello… A no ser que algo cambiara. Tampoco es casual que en periodos vacacionales tratemos de cambiar de ambiente y facilitar así la recarga de energías. De hecho, lo que nos traemos de vuelta en setiembre no suele quedarse demasiado tiempo con nosotros, o más bien, el entorno habitual se nos impone de nuevo. Aunque, como decíamos más arriba, si algo cambia en ese entorno también estas tendencias se ven obligadas a cambiar; pero ha de ser algo suficientemente importante… Y entonces pasamos del espacio al tiempo, variables mutuamente influyentes –o, en esencia, la misma–. Nuestros recursos se pondrán en funcionamiento de forma diferente si nos empujamos a adaptarnos a una nueva situación, y esto pasa a menudo por cambiar algún aspecto de nuestra actividad. La realidad puede variar nuestro sentir y pensar si vamos en busca de aquello que querríamos sentir y pensar, o dicho de otro modo, es bastante probable que encontremos aquellos sentires y pensamientos que nos gustaría vivir si caminamos en su busca.

La vida cambia radicalmente para un adolescente cuando logra encontrar en el mundo en el que vive un proyecto ilusionante, de aventura, que le mida y le ayude a descubrirse un poco más; también varia para una persona adulta que acepta probar a tocar un instrumento y se implica en ello tanto como para que cuando viva ese aprendizaje no sea un pasatiempo sino un momento de presencia plena. La mente cambia cuando nos implicamos y aventuramos a buscar “ahí fuera” lo que anhelamos dentro; sentirse mejor, curar una herida, aliviar un peso, todo eso está ahí, es real y forma parte de la inmensa heterogeneidad del mundo físico y social en el que estamos inmersos, de lo posible dentro de lo real y de lo real dentro de lo posible. No hay más que pensar en comprarse una furgoneta e interesarse en ello para no dejar de verlas por la calle. ¿Es que antes no estaban o es que hemos hecho algo por cambiar nuestra percepción del mundo? Un ejemplo simple, pero ilustrativo.