2018/08/19

Recuerdos de aquí y ahora
IGOR FERNÁNDEZ
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La memoria, en particular la procedimental, que como su propio nombre indica tiene que ver con “cómo hacer” en tal o cual situación, nos permite cotejar los datos del aquí y ahora con nuestra vastísima biblioteca de experiencias para ofrecer una respuesta ajustada a las exigencias del entorno. Nos demos cuenta o no, esto lo hacemos constantemente; sabemos qué esperar de nuestra pareja, nuestra familia –aunque a veces generalicemos demasiado–, recordamos cómo ir a los lugares en los que desarrollamos actividades con alguna relevancia, y también resolvemos este o aquel conflicto mentalmente antes de que ocurra.

Los recuerdos están ahí en forma de imágenes o vídeos, pero también en forma de procedimiento, como decíamos, y también de emoción, e incluso de sensación física. Y sí, puede que las sensaciones que tengamos no sean el resultado causal de lo que estamos viviendo en ese momento, sino de aquello a lo que nos recuerda, que por similitud, volvemos a sentir. Puede parecer un proceder impreciso, pero este recuerdo emocional y fisiológico nos sirve para movilizarnos hacia ese procedimiento del que hablábamos.

La emoción predispone al movimiento (etimológicamente, e-motere, moverse hacia) y, si esto que pasa hoy nos recuerda a lo que pasó entonces, quizá también merezca la pena recuperar qué hicimos, hacia dónde nos movimos en aquella ocasión. Por ejemplo, podemos sentir reparo ante una oferta de trabajo que es aparentemente buena para nosotros porque percibimos, sin saber muy bien por qué, que algo no cuadra, y entonces nos retiramos. Y al hacerlo, aparte de la duda, “sabemos” que ha sido una buena decisión, y es como si nos sintiéramos más dueños de nosotros mismos al tomarla. En este caso, gracias a nuestro inconsciente y nuestro recuerdo, hemos sentido una sensación desagradable, pero que nos ha preservado evitando que nos expongamos a algo inseguro. Sin embargo, en otras ocasiones, ese mismo reparo ante esa misma oferta no viene acompañado de una sensación de dominio, de apropiación de la decisión, sino de una vergüenza y una crítica interna que hace que terminemos rechazando esa oferta sin saber muy bien el porqué y dejándonos más inseguros, sintiéndonos más pequeños y un poco menos dueños; en resumen, con la sensación de haber huido. En ambos escenarios, a pesar de que el resultado sea el mismo –el rechazo de la oferta–, los procesos han sido muy diferentes, y en uno, el recuerdo nos ha ayudado a protegernos, mientras que en el otro, el recuerdo nos ha hecho confirmar una creencia que mella nuestra sensación de dominio. Y sí, nuestra memoria nos puede dar oportunidades o disminuirlas. Una forma de dirimirlo es precisamente el residuo de la decisión, es decir, la ya mencionada diferencia entre notar que hemos crecido o avanzado tomando la decisión concreta o notar que hemos vuelto a dar un paso atrás, que nos vamos avergonzados o que nos acompaña cierta decepción propia.

Esta capacidad para detectar que nos hemos quedado cortos o hemos sido demasiado conservadores, a toro pasado es un indicador de que, probablemente, podríamos haber probado algo diferente esta vez; que probablemente estábamos preparados para asumir el reto de desafiar a lo que recordamos de nosotros mismos hasta el momento. Y es que, a pesar de que la memoria es una función ejecutiva superior, imprescindible para la supervivencia, ni mucho menos es un grabador objetivo, ni una cámara. Nuestra memoria es creativa y fabulosa –literalmente– por excelencia y resume simbólicamente lo que es emocionalmente relevante a lo largo de la vida. Escucharla y construir a partir de ahí, con los recursos actuales puede, al mismo tiempo, crear nuevos recuerdos hoy que confirmen o desafíen aquellos que venimos usando; podemos, en cierto modo, reconstruir hoy la biblioteca para futuras búsquedas.