2018/09/02

«Jungfrukällan»
MIKEL INSAUSTI
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Con Ingmar Bergman no hay temor a equivocarse porque, escojas la película que escojas, aciertas, pues todas las que hizo son obras maestras. Y si nos atenemos a su oscurantista visión del mundo medieval o te decantas por “El séptimo sello” (1957) o por “El manantial de la doncella” (1960), yo soy de los que se inclinan más por la segunda. Ese fatalismo también está en otras películas suyas relativas a otros periodos históricos, y se puede encontrar en títulos como “Prisión” (1949), “Noche de circo” (1953), “El silencio” (1963), “La vergüenza” (1968), “La hora del lobo” (1968), “La carcoma” (1971) o “El huevo de la serpiente” (1977). Por eso no faltan quienes quieren ver en el maestro sueco un antecesor de Michael Haneke o de Lars Von Trier, pero cualquier comparación con cineastas posteriores europeos se me antoja demasiado peregrina. El autor de “Gritos y susurros” (1972) abarca prácticamente la historia del cine sonoro a lo largo del siglo pasado, al haber nacido en 1918 y fallecido en 2007. Es una figura gigante ante la cual las de otros autores cinematográficos de supuesto renombre quedan empequeñecidas.

A diferencia de otros clásicos que traemos a esta sección, “El manantial de la doncella” nunca fue un título maldito; a lo sumo, discutido por un sector de la crítica. El reconocimiento que alcanzó fue máximo y, entre los premios recibidos, se encuentran el Oscar de Mejor Película de Habla no Inglesa, el Globo de Oro en esa misma categoría, una Mención Especial del Jurado del Festival de Cannes, y la Espiga de Oro en la Seminci de Valladolid. En el orden técnico, el aspecto más destacado y premiado fue la fotografía en blanco y negro del gran Sven Nykvist, que luego sería captado por Hollywood y en especial por Woody Allen, quien para algo era el mayor admirador de Bergman. Esta película posee una luz especial, que representa la idea de belleza virginal con sus tonos blanquecinos.

Sobre el guion de la escritora Ulla Isaksson hay que decir que están los que lo acusan de simplista y reduccionista, pero nada más lejos de la realidad, porque es la pieza esencial de esta cruel y hermosa leyenda medieval. Bergman ya había adaptado a esta autora en “El umbral de la vida” (1958), que era un tremendo drama sobre los problemas de las mujeres al ejercer la maternidad en una época en la que la mortandad de las parturientas seguía siendo muy alta. Tiempo después, la actriz de “El manantial de la doncella” Gunnel Lindblom debutaría en la dirección adaptando su novela “Paradistorg” (1977), en una película para la que contó con su compañera de reparto Brigitta Valberg, ganadora de una estatuilla Guldbagge a la Mejor Actriz. Ulla Isaksson se basó en una balada tradicional sueca del siglo XIII para recrear esta fábula medievalista sobre el destino marcado de la mujer, para más señas doncella, en un mundo dominado por la violencia de los hombres.

Lo que el genio de Upsala quería reflejar en “El manantial de la doncella” era que dicha violencia convivía con una religiosidad dividida entre la liturgia cristiana y los rituales paganos. La criada (Gunnel Lindblom) adora en secreto a Odín, algo que oculta a la doncella (Brigitta Petterson) a la que ha de acompañar en su ofrenda de verano a la virgen. Por su culpa, ella se queda sola en el bosque y es atacada por tres pastores, que la violan y asesinan ante sus ojos. La madre (Brigitta Valberg) descubre el crimen cuando los asesinos le ofrecen, ignorantes de ello, las ropas ensangrentadas de la hija. El padre (Max Von Sydow), que es un caballero cristiano, se venga, acuchillando a uno y matando con sus propias manos a los otros dos. Al final de un acto tan horrendo surgirá la belleza pura e intacta, mediante el milagro que hace brotar una fuente de agua cristalina justo en el lugar donde la sangre fue derramada, como si todo formara parte de un proceso purificador o regenerador.