2018/09/09

Formatos
IKER FIDALGO ALDAY
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Las exposiciones van mucho más allá del propio contenido que las conforman. Mostrar el arte conlleva un cúmulo de roles, funciones, formatos y caminos que se entrecruzan hasta dar con el resultado final. En el centro de todo, situamos al público y a las piezas: el binomio clave para la búsqueda de ese lugar común en el que el arte adquiere sentido. Por su parte, también está el trabajo comisarial y el diálogo con cada artista como un trabajo conjunto capaz de armar la estructura que dará pie a esas nuevas relaciones. A todo esto debemos sumar las estructuras museísticas, institucionales, privadas o independientes que dan soporte a cada proyecto expositivo. No solo desde lo espacial, sino desde el papel que cada galería o sala ejerce en su contexto social más próximo. Podríamos seguir sumando elementos y variables a este gran engranaje y es que cada nueva propuesta conlleva diferentes capas de complejidad que componen el gran mosaico del aparataje del arte.

La Sala Fundación Vital de la capital alavesa acoge hasta el 23 de setiembre “Dulce monstruo de juventud”. Las vivencias del Madrid de los años 70 y 80, a través de la cámara del prolífico fotógrafo Alberto García-Alix (León, 1956), se condensan en más de un centenar de fotografías como imágenes icónicas de una generación y un momento cultural. La inauguración el pasado julio supuso el pistoletazo de salida para esta apuesta por una fotografía tan personal e identificable, como es la obra de García-Alix. Retratos de la subcultura, de la vida en los márgenes y de un tiempo pasado al que ya el propio título se refiere, inundan la sala de miradas vivas que parecen renunciar a la nostalgia del recuerdo, reivindicando con fuerza la necesidad de vivir cada momento como si fuera el último.

Existen entonces trazas identificables de unos tiempos convulsos, de constante riesgo por un modo de vida tan veloz como el que muestran sus protagonistas. La fotografía, el encuadre, parecen en ocasiones detener el tiempo, domesticar la violencia para extraer su esencia hacia un espacio de comodidad contemplativa colgada de una pared. Sin embargo, de entre las 112 piezas que pueblan la céntrica galería, se intuyen aún chispazos de esa juventud tan efímera que nos marca de por vida.

El 5 de setiembre se inauguró la edición número doce del Festival Internacional de la Imagen Getxofoto. La línea discursiva del pasado año, “Transiciones”, sigue adelante bajo el título “Transiciones II; Postconflicto. Reformulando el diálogo”. El conflicto entendido tanto desde lo político, como desde lo medioambiental o lo humano es el punto de partida para un programa que, como de costumbre, se expande entre las calles y espacios de la localidad. Un programa conformado por una completa propuesta expositiva pero que además cuenta con actividades paralelas tales como diálogos, visitas nocturnas o colaboraciones con otras instituciones.

En lo que a las muestras se refiere, podemos destacar los retratos de Zanele Muholi (Sudáfrica, 1972), en los que la potencia de las miradas inciden en el discurso de la negritud y la identidad. En otro espectro completamente diferente, Markel Redondo (Bilbo, 1978) nos presenta una vista aérea de construcciones que nunca fueron habitadas, mostrando las ruinas de un sistema económico y una burbuja inmobiliaria que propiciaron la consabida crisis mundial del 2008. Cada una de estas casas carece de memoria, de vida y se alinea de forma seriada como arquitecturas fantasmagóricas. En definitiva, el festival de Getxo nos habla hasta el 30 de este mes del momento del después, de enfrentarnos a la vida tras el trauma y de la imagen como construcción de memorias colectivas.