2019/04/14

Erreportajea
niñas con pene y niños con VuLVa: la primera generación VISIBILIZADa
Pequeñas revoluciones que lo transforman todo

En muy poco tiempo, cuatro escasos años, la sociedad vasca ha aprendido que hay niños con vulva y niñas con pene, que en géneros no hay blanco y negro, y que la transexualidad no es un transtorno mental. Aunque a la OMS, y a algunos psiquiatras, les haya costado lo suyo reconocerlo. De hecho, es conveniente vivirla con naturalidad desde la infancia porque, de lo contrario, puede destrozar vidas. Y eso no lo desea nadie. En este salto cualitativo han tenido un papel decisivo las familias de los menores transexuales agrupadas en asociaciones como Chrysallis y, ahora, Naizen. Se ha avanzado en la visibilización y el reconocimiento, con Nafarroa como pionera en el ámbito sanitario y legal, aunque aún falta; por ejemplo, en la CAV. Pero esta pequeña revolución transformadora tiene todos los visos de ser imparable.

Amaia Ereñaga
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En enero pasado, al punto de encuentro mensual de Naizen en Iruñea, la recién creada asociación de familiares de menores transexuales de Euskal Herria, llegaba una mujer hecha un manojo de nervios. «Tenía un papelón en casa, con una ‘hija’ de 15 años que hacía dos que no iba a la escuela y que había tenido un intento de suicidio. También había sufrido bulling y andaba a vueltas con el psiquiatra. Al cabo de dos años de tratamiento psiquiátrico, lo reconoció finalmente: era un chico. Ante esto, el psiquiatra concluyó que él ya no tenía nada que hacer, por lo que lo desvió a Transbide [unidad del departamento de Salud navarro dedicado a la atención de personas transexuales, transgénero e intersexuales]. Allí fue atendido por un equipo multidisciplinar y, al cabo de unos meses, ya estaba tomando hormonas y la situación había cambiado totalmente. Los profesionales entendieron que la vida de este chaval estaba en juego y, salvando obstáculos, dieron luz verde a lo que necesitaba. De hecho, se ha salvado una vida. Él mismo reconocía que se acordaba mucho de Ekai». Quien relata esta experiencia es Edurne Koch, responsable de la UEU en Nafarroa, antigua fotógrafa de prensa y madre de una niña con pene de 7 años, y el Ekai al que se refiere es Ekai Lersundi, el adolescente de 16 años de Ondarroa cuyo suicidio, en febrero del año pasado, convulsionó a la sociedad vasca. Ekai contaba con el apoyo de su familia, pero los retrasos en la maquinaria sanitaria a la hora de facilitarle el tratamiento hormonal que le permitiera seguir con el tránsito de su cuerpo provocaron que decidiera acabar con su vida. Un dato: más del 80% de los adolescentes trans piensan en suicidarse, el 40% lo intentan y la tasa de quienes lo consiguen es cerca de un 7%. Otro: la tasa de intentos de suicidio entre adultos trans (a quienes se les negó su identidad en la infancia) es del 41%, mientras que entre la población general es de un 1,6%. La pátina de marginalidad que ha tenido que sufrir esta realidad desde siempre ha sido una importante rémora.

La historia del adolescente navarro que narra Edurne Koch ilustra la enorme diferencia existente entre una buena atención, integral y empática, y una insuficiente o que ponga trabas; un matiz que puede significar la frontera entre la vida y la muerte, en casos que, tristemente, no resultan tan excepcionales. Puede significar también la diferencia entre un tránsito a la vida adulta hecho con normalidad o de forma traumática. «Los que hacen el tránsito en la infancia llegan muchísimo mejor a la adolescencia –explica Bea Sever, portavoz de Naizen y madre de un niño con vulva–. Cuando se produce en la propia adolescencia, después de que hayan tenido el cambio corporal, para cuando expresan lo que les pasa llevan encima una mochila muy grande». Algunos de estos adolescentes presentan problemas de trastornos de atención o de ansiedad. Por eso, como con todo, cuanto antes se detecte, mejor.

«No me véis». Lo cierto es que hasta hace muy pocos años la transexualidad infantil era invisible. Ha saltado a los medios de comunicación hace solo unos cuatro años, con la creación de la antena vasca de la asociación de ámbito estatal Chrysallis, surgida pocos años antes. En 2018, las más de cien familias de Chrysallis Euskal Herria se constituyeron en Naizen, asociación que ha sufrido una auténtica explosión de crecimiento. Cada vez que salen en los medios, crecen. Chrysallis, por su parte, tiene cerca de un millar de afiliados. Pero todavía no se sabe exactamente a qué porcentaje de la población afecta esta realidad debido a que el desconocimiento la ha hecho invisible. Sin embargo, el trabajo realizado por estas familias ha propiciado un cambio de mentalidad, ya que hasta ahora nadie escuchaba lo que estos niños y estas niñas expresaban; se les hacía callar, se les corregía, se les castigaba. Y sufrían porque crecían sin poder ser quién eran. Sorprende, una vez conocida más de cerca esta realidad, el sin número de clichés que hemos hecho nuestros: «Ser chico, ser chica, tiene que ver con la autopercepción que cada quien tiene de sí, con cómo se identifica. Más que una cuestión de sentirse (‘Me siento chico’, ‘Me siento chica’), es una cuestión de saberse (‘Me sé niño’, ‘Me sé niña’). La identidad sexual tiene que ver con procesos mentales, no se encuentra en los genitales. Una cosa es lo que se tiene y otra cosa es lo que se es. La transexualidad infantil hace referencia a las niñas y niños a quienes al nacer, tras la observación de sus genitales, se les supuso un sexo equivocado. Son niñas que tienen pene y niños que tienen vulva. La identidad sexual va a ir desarrollándose y evolucionando a lo largo de toda la vida sobre esa autopercepción, ese saberse niña o niño que, por lo que conocemos, es inmutable», explica la página web de Naizen (naizen.eus). Y lo hacen muy temprano, entre los 3 o 5 años, cuando el ser humano empieza a tener consciencia de su identidad sexual y se define sobre quién es. En un momento concreto, da igual a qué edad, las personas que viven con una asignación de identidad que no sienten como suya realizan lo que se llama el tránsito o transición: empiezan a vivir sus vidas en el sexo con el que se identifican en vez del que les fue asignado al nacer. No tiene que ver ni con operarse, ni con recibir terapia hormonal ni nada parecido. Lo que llaman tránsito es un acto de visibilidad social. Luego, lo que decida cada cual con su cuerpo, es otra historia.

«Aunque yo creía que era una chica, le dejaba vestirse como quisiera –explica Bea Sever–. Cuando salíamos de compras, siempre iba a la zona de ropa masculina, llevaba el pelo corto y jugaba al fútbol con los chicos. Como nos relacionábamos en euskara, no había problemas con los géneros... pero, pese a todo, para él no era suficiente. Yo le solía decir que ‘todos somos iguales, no importa si eres chica o chico’. Y él, una vez, me contestó : ‘Vosotros no me veis’. Tenía 5 años. Yo ahora, sabiendo lo que sé, veo que mi hijo me lanzaba mensajes muy claros. Pese a todo, nunca me dijo que fuera un chico. Ahora él no ha cambiado, lo que ha cambiado es nuestra mirada. Dice que siempre ha sido un chico, pero que nosotros no lo sabíamos. Por ejemplo, una vez que me iban a entrevistar en una televisión me dijo que él también quería salir y le expliqué que nos harían preguntas complicadas como, por ejemplo, ¿desde cuándo sabes que eres un chico? Y me contestó: ‘Muy fácil, desde que nací: me lo decían mi cabeza y mi corazón’».

Tránsito social y personal. «Nosotros reivindicamos que no haya una única forma de hacer el tránsito, porque cada uno tiene su propia relación con su cuerpo. La mayoría no tienen problemas con sus genitales, sobre todo los que han hecho el tránsito en la infancia. Muchos de los adolescentes tampoco», explica Bea Sever. Pero lo cierto es que la adolescencia, ese umbral del paso de la infancia a la edad adulta, es una época que, en ocasiones, se vive como si se estuviera encima de una montaña rusa puesta en marcha por una bomba de hormonas que circulan por un cuerpo cambiante... y extraño. Más, se supone, en el caso de estas niñas y niños, aunque ya hayan hecho el tránsito. Porque a muchas chicas les resulta difícil que les empiece a salir barba o a los chicos que le llegue la menstruación y le crezcan los pechos.

Para quienes no quieren desarrollar estas características, existe la posibilidad de los tratamientos hormonales. Hay dos fases. En la primera, solo para quienes no han tenido un desarrollo puberal, se utilizan bloqueadores hormonales durante un par de años, que evitan ese desarrollo corporal. Si se dejaran de tomar, el cuerpo seguiría su desarrollo natural. En la segunda fase, quienes lo deseen pueden optar por la llamada hormonación cruzada. Sus efectos sí son permanentes. Se les facilita testosterona, en el caso de los chicos, y estrógenos, para las chicas. Se suele aplicar a partir de los 13 años como muy pronto y de forma paulatina. Los chicos que no hayan llegado a los bloqueadores porque han expresado su sexo sentido después del desarrollo, pasan por una menopausia con síntomas más o menos fuertes, dependiendo de cada uno; en las chicas, por contra, cuando empiezan con los estrógenos, el efecto puede ser como si estuvieran continuamente con la menstruación. ¿Y, a largo plazo, cuáles son los efectos de la terapia hormonal? «Hay pocos estudios al respecto, porque muy poca gente ha estado hormonándose durante toda su vida. Como esta es la primera generación que está utilizando bloqueadores y terapia hormonal todavía no lo sabemos. Por simplificarlo, muchas familias opinan que si tienen que elegir entre el suicidio y la osteoporosis, pues se quedan con la osteoporosis», exclama Bea Server.

Ya en la mayoría de edad, estos jóvenes pueden optar por la cirugía genital –vaginoplastia por inversión peneana, vulvoplastia...– o no operarse, porque muchas personas transexuales no tienen una mala vivencia con sus genitales. También para quitarse el pecho la edad fijada es a partir de los 18 años, aunque algunas familias de Naizen están optando por la vía privada al adelantar la cirugía mamaria a los 16 años, asumiendo el costo económico.

El pionero modelo navarro y el Parlamento de la CAV, que no arranca. ¿Y, en esta carrera de obstáculos a la que se enfrentan estos jóvenes y sus familias, a qué panorama legal y médico se enfrentan? Debemos de tener en cuenta que, hasta junio del año pasado, la OMS (Organización Mundial de la Salud) seguía manteniendo a la transexualidad en la lista de enfermedades mentales. Siempre suele andar con un poco de retraso, ya que no hizo lo mismo con la homosexualidad hasta 1990. Por contra, el “Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales” de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría define como disforia de género a «la desconexión de las personas transgénero entre el sexo que les fue asignado al nacer y su sentido interno de ser quienes son». Una inclusión como patología mental con la que muchos profesionales, las personas transexuales y sus familiares están radicalmente en desacuerdo.

En Nafarroa, no se les pide un diagnóstico psiquiátrico para que puedan acceder a la hormonación, tampoco en Catalunya... pero en la CAV, sí. La cuestión es que la ley de derechos de las personas transexuales de junio de 2012 del Parlamento de Gasteiz se ha quedado obsoleta. Esta ley, pionera en su tiempo, permite que los trámites en las instituciones vascas los puedan realizar sin mayor problema, pero exige el visto bueno de un psiquiatra o un psicólogo clínico para iniciar un tratamiento hormonal. Tras la muerte de Ekai, Naizen logró un acuerdo verbal con el entonces consejero Darpón, según el cual solo sería necesaria una única consulta con un psiquiatra. Pero parece que algunos especialistas se resisten y todo depende de la buena voluntad de las partes y no de una orden escrita. Existe otro proyecto de ley, en la línea de lo puesto en marcha en Nafarroa, y que cuenta con el apoyo de todos los grupos parlamentarios, que espera desde febrero del 2018 a que sea reactivado.

A nivel estatal, la cuestión también está en un momento de parón. La modificación de la ley de registro aprobada en noviembre de 2017 por el Congreso, que el entonces Gobierno del PP dejó en standby, no ha sido activada por el Ejecutivo de Sánchez, a pesar de sus promesas. Según la legislación vigente, hasta ahora para poder cambiar el nombre y la mención de sexo en la documentación oficial –DNI, pasaporte, títulos oficiales– había que pasar por un periodo de dos años de tratamiento hormonal, ser mayor de 18 años y obtener un informe psiquiátrico. Chrysallis ha logrado arrancarle al Gobierno del PSOE que envíe una circular para que quienes quieran cambiar su nombre, incluso los menores, puedan hacerlo. Lo que no puede cambiarse es la especificación del sexo.

Frente a todo esto está el caso de Nafarroa que, a raíz de la aprobación en 2017 de la ley foral para la igualdad de las personas LGTBI+, se ha convertido en el objetivo a conseguir por las familias de los menores transexuales. El departamento de Salud puso en marcha hace un año una unidad técnica multidisciplinar llamada Transbide que garantiza una atención integral y que se ha convertido en un centro de referencia.

 

 

Einarr Manterola (15 años): «La psiquiatra me dijo: ‘Nunca vas a ser un chico de verdad’. ¡¡Si ya lo soy!!»

 

Einarr Manterola hizo el tránsito hace un año. Un paso muy pensado, deseado y que incluso tuvo su viaje iniciático.
Fotografía: Conny Beyreuther

 

El 8 de marzo del 2018 fue un día histórico para las mujeres, cuando una marea morada ocupó las calles en la que fue la primera huelga general feminista. La víspera fue también una fecha decisiva en la historia personal de Einarr Manterola: «Yo me dije que no podía salir a la calle como una mujer porque ya eran demasiadas mentiras, una detrás de la otra. Y entonces me quedé en clase». A sus 15 años, es un chaval donostiarra con el que da gusto hablar. Pocos de su clase mostrarán su misma madurez al hablar de ciertas cosas, posiblemente porque no les habrán dado ni la tercera parte de vueltas en su cabeza. Con esa contradicción tan per se que trae pareja la adolescencia, es tímido si tiene que hablar en clase y, a la vez, tan osado como para ofrecer entrevistas o hablar en público. De su primera charla, en Amezketa y ante unas sesenta personas, salió con la satisfacción de que una familia llamase a la asociación y asumiese la realidad de lo que tenían en casa. «Estoy viendo que realmente estoy ayudando a gente y eso me motiva mucho». Le preguntamos que cómo quiere que nos refiramos a él, para no molestarle: ¿Transexual, transgénero, chico con vulva, trans, con alguna sigla (FML o female-to-male)...? «Llámame trans y ya está».

¿Y cuál suele ser la pregunta más repetida? «Cómo lo supe. Es que yo tampoco lo sé explicar, porque es muy complicado. La conclusión a la que he llegado hablando con otra gente, es que la gente cis [cisexual o cisgénero, término para las personas cuya identidad sexual coincide con el genero que se le asignó al nacer] sencillamente no se plantea esto. No hay algo que te diga que eres un chico o una chica. No sé explicarme cómo, porque a mí nada me lo dijo y yo no sé por qué lo sé: simplemente lo sé. Entonces si alguien cis me pregunta cómo lo sé, no sé responderle; simplemente es porque me planteé que no lo era». En su caso, su forma de descubrirlo fue tardía... y sin que diera pistas previas. A su madre, se lo dijo la víspera. «Cuando era pequeño, a diferencia de otros, yo no supe entenderlo ni expresarlo», explica. No identificaba qué era aquello que le desazonaba. La conciencia de lo que le pasaba le llegó en segundo de la ESO: «Antes de planteármelo, ya me había informado bastante sobre el tema de la transexualidad, pero por curiosidad, como me informo de otras muchas cosas que me interesan. Después empecé a planteármelo muy en serio. Y, me decía, ¿de tanta gente que hay en el mundo cómo voy a ser justo yo? Al final, somos muchos más de lo que parece, aunque yo no era consciente de ello». Por poner un ejemplo: antes de él, hubo otra chica en su instituto y, en la actualidad, no es el único, aunque sí solo él ha dado el paso de hacerlo público.

El viaje iniciático al laberinto. Superando sorpresas, algunas lágrimas y algún mal trago que otro, con la perspectiva de verlo con la distancia que da un año, reconoce que el tránsito «no fue bueno, porque para nadie es fácil, pero me lo esperaba peor». ¿Y en el instituto? «A mis amigos les dio igual, porque son mis amigos y ni me prestaron atención, aunque yo quería que me hicieran algo de caso. Les pareció tan normal que ni eso. En clase, la mayoría de la gente, bien... más bien les daba todo igual, aunque había algunos que uffff». Siempre hay algún gallito que decide hacerle la vida imposible a quien ve diferente. Por suerte, sus compañeros reaccionaron parándole los pies.

El siguiente paso era empezar con los bloqueadores, para lo que previamente tenía que pasar consulta. «La psiquiatra dijo que no le entraba en la cabeza que, llamándome Lili, me tuviera que hablar en masculino, cosa que en mi entorno nadie tuvo problema en hacer. Fue super incómodo. Abrí la puerta y ni ‘hola’ ni nada. Antes de sentarme, me dijo: ‘Nunca vas a ser un chico de verdad’. Tal cual. ¡Pero es que yo ya lo soy! ¡Soy un chico! Lo peor es que no les podemos responder y, al salir, ponemos una reclamación. Deben de tener un montón. Si les respondes mal te pueden decir que no a las hormonas». Después de una discusión un poco surrealista, salió de la consulta con un ultimátum: «O te cambias el nombre o nada de bloqueadores ni de testosterona ». La asunción de su nuevo nombre, dejando a un lado la discutible imposición –«cuando entré en Cruces estaban muy perdidos, hacían muchas cosas mal, como obligarme a cambiar mi nombre. Ahora, por ejemplo, a otra chica no le han obligado a hacerlo», puntualiza– tiene, por contra, un componente romántico y un mucho de entrañable. Romántico porque, como buen amante de la mitología nórdica, ¿qué mejor que un nombre escandinavo antiguo y además con el sonido de la doble erre que tanto le gusta? Además, si ves entonces una película como “La chica danesa” –un biopic sobre la vida de la pintora Lili Elbe, la primera mujer trans en someterse a la cirugía genital, a la que resulta que sus padres bautizaron como Einar–, ¿cómo se te queda el cuerpo? «Fue como: ¡El destino!», narra. Respecto a lo entrañable, no hay más que imaginarse el viaje iniciático familiar en el que se embarcaron: «Me hacía ilusión entrar en un laberinto siendo Lili y salir siendo Einarr. Aunque sea una chorrada, pero me hacía ilusión. Nos fuimos a Francia, con mi padre, en coche, unas 20 horas en dos días. Fue tristísimo, porque el laberinto estaba cerrado. Luego fuimos a otro, pero era muy feo y el tercero al que fuimos ya era bonito».

Mientras que sobrelleva el tratamiento –«de la gente que conozco con bloqueadores soy el que tengo más efectos secundarios. Y tengo un montón: me pincharon el martes y hoy (es viernes) casi me desmayo en gimnasia»–, le preguntamos por el futuro... que a su edad está muy lejano. ¿De estudios? «El año que viene quiero hacer artístico». ¿De regularizar papeles? «No tengo prisa y me da mucha pereza, porque es un montón de papeleo y prefiero hacer el cambio de nombre y de sexo a la vez». Es decir, cuando cambie la ley. ¿De operarse el pecho? «Me dan mucho miedo las operaciones. Pueden salir mal muchas cosas, eso tiene que doler mucho, cuesta además mucho dinero... Tengo fe en que, cuando sea mayor y lleve unos años con la testosterona, me sentiré mejor conmigo mismo y no me hará falta. Como mínimo voy a esperar hasta los 22 años».

 

Beñat (7 años): «Ama, ¿soy una chica?»

Edurne Koch y Carlos Betelu son padres de tres hijos. El más joven es Beñat, una niña con pene. Carlos lleva una camiseta de Naizen, aunque no se aprecie en la fotografía.Fotografía: Jagoba Manterola

Beñat está en “ese” momento en el que duda sobre si cambiar de nombre o no. Hasta ahora no quería, porque, a fin de cuentas, es el suyo de siempre; ahora parece que no lo tiene tan claro. Se supone que, al conocer a alguien, tener que dar explicaciones sobre que eres una chica con nombre de varón tiene que ver con ello. Beñat es una niña con pene y la pequeña de los tres hijos de Edurne Koch y Carlos Betelu, una familia que vive en Aizarotz, un pequeño pueblo de alrededor de un centenar de habitantes situado en el valle navarro de Basaburua. «Beñat tendrá solo 7 años, pero tiene muy claro quién es, cuando muchos adultos no tenemos ni idea de quiénes somos en realidad. Sin embargo, a mí tampoco me gusta decir que mi hija es trans, porque parece que estamos echando piedras sobre nuestro propio tejado. Está claro que los críos no te dicen: ‘Ama, soy transexual’. Lo que dicen es: ‘No soy el chico que tú te crees; soy una chica’», puntualiza su madre.

«Empezamos a notar su malestar cuando tenía poco más de 2 años. Nuestra hija se sentía cuestionada todos los días, porque no se identificaba con ser un chico y esto la descolocaba totalmente». Que a Beñat le gustara pintarse las uñas, quitarle los vestidos a su hermana mayor, ponerse pulseras y vestirse de princesa era algo que no les creaba problemas. «Pensábamos que ‘¡qué chico más femenino tenemos!’. Parecía que posiblemente era homosexual y, decíamos: ‘Pues muy bien, ¡bienvenido seas a nuestra casa!’. Cuando a los 3 años empezó a ir a la escuela, no se me olvida una imagen: la de verle entrar en clase con su traje de princesa, así con tul y cancán, toda ella de rosa. Me costaba enviarle así a diario en el autobús y que fuese el centro de todas las miradas... pero, a pesar de todo, Beñat tenía muy claro que quería ir así. Insistía tanto que llegamos a un acuerdo: ‘Esta ropa que nos la han regalado, te la tienes que poner’, le dije. ‘Vale, pero de princesa por encima’. Todavía no había aprendido a hablar bien y todo lo expresaba con palabras cortas y con casquetas. El primer año fue muy duro. Empezó a comer menos, mostraba signos de ansiedad, no dormía bien... Tenía una rabia por dentro que no sabíamos cómo aplacar: veíamos que no estaba bien, pero no sabíamos qué pasaba», reflexiona Edurne.

Las vacaciones de verano supusieron un antes y un después. Las miradas extrañadas de la gente hacia un niño vestido con falda pueden producir mucha angustia. Hasta que un día Beñat comenzó a preguntar: «Ama, ¿soy una chica?», y así un día tras otro. «Hay un momento en la vida de las familias en las que hacen un ‘clac’ y, una vez que lo has hecho, ya puedes mirar de frente a tu realidad». En su caso, a pesar de las pistas que les dio su pediatra, ese “clac” no vino hasta el visionado del link de una charla del sexólogo Aingeru Mayor, padre de una niña trans. «Ví la charla llorando a mares y preguntándome ¿cómo no lo había visto antes? –explica Edurne– Acostamos a los críos y le dije a Carlos: ‘Tienes que ver este vídeo’. Y él también tuvo ese ‘clac’. Al día siguiente, cuando Beñat me lo volvió a preguntar, con todo mi revoltijo interior, yo ya estaba preparada, aunque fue un momento muy duro. Le miré a los ojos y le dije: ‘Eres una niña que tiene pene y hay muchos otros niños como tú’. En su vida me había dedicado una sonrisa como aquella. A partir de entonces empezó a florecer y a dejar a un lado la ansiedad».

Dos años después, en enero de 2017, Chrysallis Euskal Herria, de la que ya formaban parte Edurne y Carlos, puso en marcha una campaña bajo el lema “Hay niñas con pene y niños con vulva”, con publicidad en las marquesinas de las cuatro capitales de Euskal Herria y en las redes sociales. Fue el detonante de dos cosas: del polémico autobús ultraderechista de Hazte Oír –que pretendía pasear el retador “Los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva. No al adoctrinamiento de género”– y de que, en reacción, se produjera una amplia respuesta social de rechazo a esta provocación transfóbica y, por ende, una ola de apoyo a estos chavales. Este momento supuso un antes y un después en la visibilización de esta realidad.

El ejemplo navarro de Transbide. Por su labor en Naizen, Edurne y Carlos conocen de cerca el funcionamiento de Transbide, la unidad multidisciplinar del departamento de Salud navarro creada en febrero de 2018 y que ofrece una atención integral y de calidad a las personas transexuales, transgénero e intersexuales y sus familiares o allegados. Creada a raíz de la pionera ley foral de 2017, con la que se determina que el sistema sanitario público navarro garantizará que no se trate esta realidad como una patología, Transbide también marca un camino a seguir para otros lugares, como la CAV. Es una de las más avanzadas del Estado, junto con su paralelo, el catalán Trànsit. «Nosotros, de momento, no hemos llevado a Beñat a ningún sitio», explican Edurne y Carlos. Todavía es pequeña y no ven la necesidad hasta que se acerque al umbral de la adolescencia. En ese momento, pedirán cita en Transbide –también pueden ser derivados por el centro de salud–, donde tendrán una primera consulta con un orientador que, dependiendo de sus necesidades, les derivará a un especialista, sea un psicólogo clínico con formación en sexología, un especialista en endocrinología u otro en pediatría, además de que cuentan con otros profesionales de distintas especialidades a modo de consultores. Es decir, nada de una consulta de psiquiatría inicial. «Si necesitas terapia hormonal, te envían al endocrino y ponen todo el proceso en marcha. Actualmente, el procedimiento es relativamente rápido, aunque depende de las vivencias y necesidades de cada uno», explica Edurne.

Paralelamente a Transbide, respecto a los más pequeños, en Nafarroa existe un protocolo integral centrado en las escuelas y que consiste en la formación, a través de un sexólogo, de toda la comunidad escolar cuando se detecta algún caso. ¿Es la situación ideal? «Se puede mejorar, porque existe el riesgo de que se quede únicamente en eso, en un protocolo. Lo ideal sería que se incluyera una asignatura de conocimiento de la sexualidad». Teniendo en cuenta la polémica surgida con los primeros pasos de Skolae, el programa de coeducación sexual en igualdad en Primaria que tiene soliviantada a la derecha navarra, igual sería hasta urgente.

 

Denis (6 años): «¿En la cena puedo seguir siendo chico?»

Ederne Belamendia es la madre de Denis, un chaval que pasó de la timidez extrema a ser un auténtico trasto, feliz y alegre.
Fotografía: Conny Beyreuther

La foto del móvil muestra a dos niños posando, preparados para el primer día del nuevo curso. Hay algo de emocionante en la forma en la que miran a cámara Maddi y Denis, un guapo chaval con pinta de trasto, de abundante pelo rubio rizado y que simula buscar de alguna forma la protección de su hermana mayor apoyándose en su brazo. Parece que juntos le van a hacer frente al mundo. La imagen tiene su historia, porque corresponde a un día muy concreto, el del primer día de clase de Denis en el aula de 4 años como lo que es, un niño, y tiene detrás la historia de una convicción, muchas lágrimas y un entorno que acepta, apoya y pelea. Ese día Maddi marcó en la mochila de su hermano, por primera vez, el nombre que había elegido para ser él mismo.

Nos encontramos con Ederne Belamendia en el barrio donostiarra de Intxaurrondo, donde vive con su marido, Luis Biurrun, y sus dos hijos, una chica y un chico: «Denis era una ‘niña’ muy ‘vergonzosa’, a la que le costaba muchísimo relacionarse con los mayores. Además, en nuestra casa todas las mañanas se vivía una batalla monumental; para vestirle una braga, una malla o una camiseta, ropa que identificaba como femenina, necesitábamos muchísimo tiempo y resultaba muy duro. Para cuando conseguía vestirle y hacerle una coleta, se la arrancaba. A veces ganaba él, a veces yo». Estamos hablando de los 3 años de un niño que, a su manera, daba pistas muy claras de que no era una niña. En sus juegos, por ejemplo: «Cuando jugaban a Frozen, que estaba de moda entonces, Maddi era la chica protagonista y él, algún personaje masculino o secundario. Todo antes que una chica. Yo le decía a Maddi que le dejase ser la chica, pero: ‘¡¡¡Si nunca quiere!!!’, respondía. Siempre usaban esos roles en sus juegos. Me acuerdo de un día que estaban jugando a tiendas en el pasillo y, al acabar, vino Denis a preguntarme: ‘Ama, ¿en la cena también puedo seguir siendo chico?’. Nosotros hablamos en euskara en casa y en euskara no hay géneros, pero si le decíamos: ‘Mira, que guapa estás con eso’, respondía: ‘¡Guapooo! No estoy guapa’. Nos dábamos cuenta de que pasaba algo y, por otro lado, cada vez llevábamos peor lo de la ropa, porque ya no es solo que se enfadaba: por el contrario, veíamos que sufría y la verdad es que prefería que se enfadara a ver su rostro de decepción. Estábamos muy perdidos, hablábamos mucho entre nosotros y empezamos a buscar información en internet... y todo lo que encontrábamos nos llevaba al mismo sitio: la transexualidad. Pero esa palabra se hace muy fuerte porque, por desgracia, la relacionamos con personas adultas que tienen una vida muy dura, oscura, incluso marginal y no quieres colocar a tu hijo de 3 años ahí. Esto es fruto de la falta de información y educación brutal que tenemos, antes y ahora. Hasta que vimos en una marquesina una publicidad de Chrysallis EH (ahora Naizen): ‘¡Esto es lo que está pasando en nuestra casa!’. Aunque es verdad que, de momento, lo dejamos en la recámara».

Sin embargo, la transformación era imparable, no era un capricho. Por el camino, Denis lo verbalizó –«dijo: ‘Soy un chico’, claramente»–, pero todavía no se sentía con la fuerza suficiente. «¿Quieres que se lo digamos a la familia y a tus amigos?, le preguntamos. Y contestó: ‘En casa soy un chico, pero en la calle no soy nada’. Eso me hizo muchísimo daño, porque mi hijo prefería no existir a ser una mujer». Su hermana sí que lo tenía claro: «Una mañana le estaba peinando y Maddi, que estaba al lado, me lanzó: ‘¿Mi hermana qué es, chica o chico?’. Yo entonces se lo pregunté a él quien, con voz convencida, respondió: ‘Chico’. Y Maddi: ‘Ya, si siempre ha sido un chico’. Fue la primera vez que lo dije en alto ante su hermana y Denis se fue por el pasillo bailando, corriendo, inflado. Y yo me quedé peinando a Maddi, sonriendo y aguantando para que no se me cayeran las lágrimas. Es curioso cómo su alegría y nuestros miedos van en paralelo. Pero su alegría te ayuda a sobrellevar el vértigo».

El verano de su vida. Ese mismo día decidieron coger al toro por los cuernos y llamaron a la asociación Chrysallis EH (ahora Naizen), con la convicción, eso sí, de que el suyo es un caso raro. Y no lo es. «Fue bestial la tranquilidad que sentí y, a la vez, el miedo que te da que se confirmen que tus sospechas son ciertas. Ahí me explicaron que yo no me sentí cuestionada en mi identidad sexual cuando era pequeña, pero mi hijo sí. A los 3-4 años empiezas a darte cuenta de quién eres y, si bien la mayoría de las personas no tienen que cuestionarse si el sexo asignado les corresponde y pasa desapercibida esta etapa, hay un porcentaje más alto del que creemos que sí se lo cuestionan, porque no les cuadra el sexo asignado al nacer con lo que realmente son». En ese camino que parece largo en hechos pero corto en el tiempo, hay escenas emocionantes como los abrazos a su madre, con temblor incluido, de Denis cuando le compraron sus primeros calzoncillos o las vacaciones en Catalunya anteriores a su paso a la clase de los 4 años. Fue «el verano de su vida». Allí su nombre anterior no sonaba ni masculino ni femenino, y el tránsito fue espectacular. «Fue mundial: ya no había vergüenzas, ni se escondía... fue hacer el cambio físico y aquello le dio la fuerza para llenarse de valor». Era otro niño.

Y regresamos a la fotografía del principio. El 7 de setiembre era el primer día de clase, y Ederne y Luis ya habían realizado el trabajo previo de hablar con los profesores y los padres de los otros alumnos. Empatía total. La víspera escucha: ‘¡Amaaaaa!’... Era Maddi: su hermano no quería que marcase su mochila. «Yo soy Denis», sentenció, no su nombre de hasta entonces, cuando creían que era una niña. Para ello eligió el del protagonista de una película de animación que habían visto y que, ciertamente, se parece a nuestro Denis. Debía de ser consciente de que tenía que empezar esta nueva etapa de vida con un nombre con el que se identificara. Ahora, con el 13 de mayo como objetivo cercano –fecha de la vista judicial para su cambio de nombre en el registro civil–, Ederne reconoce que en casa están en su mejor momento: «Nos sentimos afortunados por todo lo que estamos aprendiendo y compartiendo», explica.