2019/04/28

DAVID BROOKS
El mensaje y el mensajero
El régimen encabezado por quien tiene entre sus consignas que los medios de comunicación son «enemigos del pueblo» acaba de proceder penalmente contra Julian Assange. Este es un ataque contra todos los que ejercemos este oficio en el mundo.

La reciente detención en la Embajada en Londres de Ecuador de Julian Assange, director y fundador de Wikileaks, es un ataque contra todos los periodistas, pero también lo es contra cualquiera que considera que el pueblo tiene derecho a saber lo que los gobiernos hacen en su nombre.

Noam Chomsky opina que el arresto de Assange es «escandaloso», por el aparente pacto al que han llegado unos gobiernos –Estados Unidos, Inglaterra, Ecuador y Suecia, en este caso– para «silenciar a un periodista que estaba produciendo material que quienes están en el poder no deseaban compartir con las multitudes. Wikileaks estaba revelando cosas que la gente debería saber sobre los que están en el poder. A los que están en el poder no les gusta eso; por lo tanto, lo tienen que silenciar… es un escándalo que ocurre una y otra vez».

También es escandaloso, ha comentado el lingüista y analista en un foro en Boston moderado por Democracy Now, que una vez más se ha demostrado el alcance extraterritorial de Estados Unidos «para controlar lo que otros están haciendo en otras partes del mundo. Eso es espantoso». Vale recordar que Assange no es estadounidense, sino australiano.

«Assange cometió el pecado imperdonable de avergonzar al establishment. Y ahora será castigado por nuestros pecados», argumenta por su parte Jonathan Turley, profesor de Derecho en la Universidad George Washington en un artículo publicado en “USA Today”.

Sin embargo, Assange es detestado por buena parte de los políticos demócratas, a los que uno supone que deberían estar por la defensa de la libertad de prensa. No perdonan que Wikileaks haya divulgado miles de correos electrónicos del Comité Nacional Demócrata durante la campaña presidencial de 2016 y que, según ellos, dañaron la candidatura de Hillary Clinton (ella mismo declaró hace un par de días que Assange debe afrontar «lo que se merece»).

Neera Tanden, directora del Center for American Progress, un think tank encabezado por clintonistas, ha acusado en un tuit al director fundador de Wikileaks asegurando que «Assange fue el agente de un Estado proto-fascista, Rusia, para minar la democracia. Ese es un comportamiento fascista. Todos en la izquierda deberían de repudiar lo que hizo, no celebrarlo». No menciona que lo que en realidad reveló Wikileaks fue que Clinton y su equipo mintieron a la ciudadanía, ni que sacó a la luz sus trampas contra la campaña de Bernie Sanders para asegurarse su nominación como candidata.

Otros “liberales” y demasiados periodistas han justificado su actitud de no defender a Assange con el argumento de que los cargos presentados por el departamento de Justicia no tienen que ver con el ejercicio periodístico, así como también que él no es periodista. Ha habido también quienes han expresado su antipatía hacia el personaje por su megalomanía, su arrogancia o hasta por su comportamiento personal.

Pero como señala Alan Rusbridger, ex editor ejecutivo de “The Guardian” que colaboró en su día con Assange (y con quien se acabó peleando), publicar los archivos secretos oficiales obtenidos por Chelsea Manning y entregados a Wikileaks no es el punto de partida. En un artículo publicado en el “Washington Post”, Rusbridger ha argumentado que «las leyes que protegen la libertad de expresión no deberían depender de la simpatía, la salud mental o el higiene personal de aquellos que están en la línea de fuego. Aquí se tiene que considerar sus implicaciones en la libertad de expresión».

Y el periodista concluye: «Si creemos que la luz del día es una condición necesaria para la democracia, entonces la defensa de los periodistas de investigación, a pesar de que a veces sea difícil e incluso hasta cuando pueden estar equivocados, es importante».

Por ahora, muchos de los responsables de diversas violaciones a los derechos humanos, engaños y atentados contra las libertades civiles no se han enfrentado a la Justicia. Mientras, por contra, Manning, Edward Snowden, Daniel Ellsberg, junto con periodistas (incluido el proyecto de Wikileaks) que han enseñado los mensajes sobre todo esto al público son criminalizados y declarados “enemigos del pueblo”. Es un truco antiguo: culpar al mensajero para intentar anular el mensaje.