2019/06/09

Erreportajea
las claves del movimiento frugalista
Tener menos para vivir más

El frugalismo es un movimiento nacido en Estados Unidos y que en los últimos años ha ido ganando adeptos en Europa. Uno de sus objetivos es conseguir una jubilación temprana, incluso en la juventud, y dedicar el resto de la vida a disfrutar de un ocio creativo.

Juanma Costoya
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El perfil de algunos de los seguidores del movimiento frugalista es el de jóvenes altamente cualificados en una mezcla de finanzas, informática e ingenierías. El éxito, en esta versión, estriba en lograr la independencia financiera. Tamaño logro pasaría por trabajar duro unos años, ahorrar la mayor parte del sueldo e invertirlo productivamente y a largo plazo. No es la única interpretación. Otros frugalistas optan simplemente por una forma de vida alejada de gastos superfluos orientada hacia el tiempo libre, la salud y enfocada en las relaciones interpersonales. Si el frugalismo fuera una doctrina religiosa, el derroche de recursos y el consumismo serían sus anticristos.

Las tecnologías han dotado de nuevo empuje a una idea que ya era vieja hace siglos. La idea de ser los dueños de nuestro tiempo se remonta, al menos, hasta la antigüedad clásica. Sin embargo, la sociedad actual ha recorrido un largo camino desde entonces. Huérfanos de referencias, con el muro de Berlín caído y las catedrales llenas de turistas, acosados por el urbanismo salvaje y la contaminación, con la naturaleza acorralada, asustados por el eterno miedo al diferente y oyendo los cantos de sirena de totalitarismos disfrazados, el consumo ha ocupado para muchos el lugar que antes marcaba el norte en la brújula. Los centros comerciales son los nuevos templos. Por ellos circulan heterogéneas muchedumbres en horarios cada vez más amplios e ininterrumpidos. El consumo se ha puesto los ropajes del Progreso sin tener en cuenta una de las conclusiones del Grupo Marcuse y es que, a partir de cierto umbral, el incremento del nivel de vida se hace en detrimento de su calidad. Internet y los dispositivos móviles han servido también para multiplicar exponencialmente el consumo. La compra compulsiva realizada a golpe de clic y con el respaldo de tarjetas de crédito es una realidad cotidiana. El frugalismo subraya el hecho de que convertir a los individuos en consumidores no parece una idea desinteresada. El “consumidor” no solo proporciona beneficios económicos. Es también una figura abstracta, individualizada y despolitizada. Frente a las antiguas agrupaciones en gremios o clases, el consumidor solo tiene reivindicaciones privadas. La masa es su lugar. El consumismo voraz se asienta en el crecimiento infinito, una falacia desconectada de la realidad de un mundo cuyos recursos son limitados.

Los precursores. El frugalismo nació, en parte, como respuesta ante el hastío consumista y ante la evidencia de que esa espiral conduce a la frustración, a la acumulación de riqueza en cada vez menos manos en paralelo a la depauperación de la mayoría y, a largo plazo, a la destrucción del planeta. La vuelta a la naturaleza y el disfrute de las cosas más elementales han sido uno de sus banderines de enganche. En EEUU, país desde el que se expande el frugalismo, se cita como uno de sus precursores a Henry David Thoreau (1817-1862), el autor de “Walden o la vida en los bosques” y “Sobre el deber de la desobediencia civil”. También lo fue el poeta Walt Whitman, quien firmó “Hojas de Hierba” en 1855, un canto a la belleza sencilla y a la maravilla del cuerpo humano. En Europa, Jean Giono publicó “Las riquezas verdaderas” en la década de los treinta del siglo pasado, un ataque al capitalismo especulativo y un canto a la vida sencilla del campesino y a las cosas bien hechas y con las manos. Una prueba del creciente interés en estos temas es que en los últimos años estos y otros títulos se han reeditado, incluyendo entre ellos la mítica obra de Edward Abbey “La banda de la tenaza”, junto a otros de más reciente factura como “Un año en los bosques”, de Sue Hubbell, o “Wanderlust, una historia del caminar”, de Rebecca Solvit.

Blogs y documentales. Es dudoso que la mayor parte de los jóvenes frugalistas, europeos o norteamericanos, se remonten a esos antecedentes. Quizá se manejen mejor con la amplia blogsfera relacionada con la frugalidad. Títulos como “Frugal living”, “Early retirement”, “Financial Freedom” o “1.500 days to freedom” abundan en consejos y explicaciones para sumergirse en la liberadora experiencia. Grosso modo todos proporcionan parecidos consejos: aprender a hacer las cosas por uno mismo (reparaciones), valorar las cosas básicas de la vida (con el tiempo libre y la creatividad en la cúspide), fomento de las relaciones interpersonales con la familia y los amigos, ahorrar la mayor cantidad de dinero posible, explorar formas alternativas de ganarlo... Todos son también conscientes de que el partido para salvar el planeta se juega con un marcador adverso y en tiempo de descuento. El frugalismo, en esta versión, aspira no solo a ser una herramienta para el cambio interior sino a dar respuesta desde el individuo a problemas globales como el cambio climático, la extinción de las especies, la escasez de agua potable, la desertización y el derroche de recursos. En esta línea, uno de los blogueros más seguidos es el norteamericano Leo Babauta, periodista, padre de seis hijos, corredor de maratones y creador del blog “Zen habits”. En sus entradas se trabajan sistemáticamente conceptos como simplificación, frugalidad, motivación, felicidad, eliminación de deudas, ahorro, comida saludable y buenos hábitos. Su libro “El poder de lo simple” es constantemente citado en los innumerables podcasts, blogs y publicaciones que se ocupan de este fenómeno. Incluso Netflix ha producido un documental, “Minimalism”, que analiza las claves del fenómeno. En él se denuncia al consumismo como una patología asociada al estrés, las deudas, la culpa, la soledad y la depresión. También se muestra al frugalismo desde un punto de vista amplio. No se trata de llevar una vida espartana y de renuncias. Tampoco de tener menos. La clave es disfrutar de más cosas aunque éstas no sean materiales: más tiempo, pasión, creatividad, experiencias... en definitiva, libertad.

Para los seguidores del frugalismo, el consumo fuera de control afecta e infecta la vida diaria de muchas más formas que las evidentes. En otro documental alusivo, el agridulce “What Would Jesús buy?” (“¿Qué compraría Jesús?”) su director Rob Van Alkemade centra su visión crítica en la orgía de compras navideñas. Su protagonista, el actor de teatro y activista Bill Talen, proclama, en su papel de reverendo de la Iglesia de Pare de Comprar, el Shopocalypse, un concepto que mezcla en una palabra las palabras compras y Apocalipsis. Dando voz a los pequeños negocios, el documental carga contra la “mentalidad Walmart” a la que identifica con la tendencia a comprar lo más barato posible, sin importar donde esté hecho y en qué condiciones laborales trabajan los empleados que elaboran esos productos. Con su mezcla de teatro, sátira y carnaval, el reverendo denuncia que Walmart, el mayor minorista del mundo, cierra uno tras otro los pequeños negocios de Estados Unidos, al tiempo que subcontrata trabajos en Bangladesh, donde paga salarios de miseria a niños para que cosan sus camisetas. Para el reverendo, que declaró a Mickey Mouse el Anticristo, la ruta hacia la salvación pasaría por poner el dinero en la comunidad y efectuar compras de proximidad.

Otros objetivos a lo largo de los años del reverendo Billy y de su heterodoxa iglesia han sido la red de cafeterías Starbucks, por idénticos motivos que Wallmart; bancos como el JP Morgan Chase y el HSBC, por financiar proyectos que agravan el cambio climático; la galería de arte londinense Tate Modern, por admitir donaciones de la petrolera British Petroleum o la multinacional química Monsanto, debido a su producción de pesticidas y herbicidas. En 2016, la Iglesia de Pare de Comprar editó un mapa de Estados Unidos en el que ubicaban todos los parques y zonas de esparcimiento envenenados por el glisofato, un compuesto químico asociado al cáncer.

De la Bauhaus al minimalismo. El frugalismo, una de cuyas variantes sería el minimalismo, surfea la ola de otros movimientos artísticos que, de alguna manera, prepararon su advenimiento. En el siglo XX, el arquitecto alemán Ludwig Mies van der Rohe popularizó sus diseños vanguardistas de acero y metal resumiendo su filosofía creadora con dos aforismos: «Menos es más» y «Dios está en los detalles». Su influencia fue perceptible, años después, en el llamado Movimiento Pequeñas Casas. Una de sus fundadoras fue la arquitecto Sarah Susanka. Al igual que Van der Rohe, dos aforismos resumen su punto de vista creativo: «No tan grande» y «Construir mejor, no más grande». Pocos años más tarde, en el 2015, filosofía creadora y necesidad se unieron cuando el huracán Katrina asoló amplias zonas del sudeste de Estados Unidos. Con el fin de cobijar a las decenas de miles de damnificados se popularizaron las “Cabañas Katrina” con una superficie de 28,6 metros cuadrados. Tres años más tarde la crisis económica desatada con la quiebra de Lehman Brothers atrajo un gran interés por la vivienda a pequeña escala, una tendencia que subrayaba no solo sus ventajas económicas y de mantenimiento sino también su compromiso con el medio ambiente. Hay más ejemplos. En Japón, donde el espacio es un bien escaso, el arquitecto Takaharu Tezuka diseñó en Tokio una serie de casas modelo en las que primaba la optimización del espacio, el diseño vanguardista y la técnica.

Que no falten las críticas. Tampoco se han ahorrado críticas al frugalismo asociándolo a una moda urbanita integrada por jóvenes “sobradamente preparados”. Ni siquiera se libró de las críticas uno de sus gurús, Leo Babauta, cuando se mudó desde la isla de Guam a San Francisco. En algunos blogs se subrayó la aparente contradicción del apóstol de la austeridad, que prefería dejar atrás su vida familiar en un entorno tranquilo para sumergirse en el ajetreo urbano de una gran ciudad. Más extremas fueron las críticas hacia el joven Chris McCandless, al que se calificó de frugalista místico y extremo, cuando pereció en medio de la naturaleza salvaje de Alaska en 1992. El informe del forense concluyó que la inanición fue la causa final de su muerte, aunque el periodista y escalador Jack Krakauer sostuvo en su libro “Hacia rutas salvajes” que la causa última de su fallecimiento fue un envenenamiento por ingesta de semillas unido a una concatenación de fatalidades. Eso no libró al joven (quien llevaba un par de libros de Thoreau consigo) de ser considerado arrogante, inestable y suicida por pretender afrontar una temporada en la naturaleza salvaje sin la adecuada preparación. Tampoco se libró Krakauer, de quien se dijo que había convertido en héroe a un desgraciado con el único fin de vender más libros. El frugalismo se enfrenta a más peligros que unas críticas más o menos fundamentadas.

El gran capital, con su camaleónica capacidad de adaptación, ya ha comenzado a colonizar el concepto. Si se teclea “minimalism” en un buscador la primera respuesta ofrecida es una marca de moda y complementos. Gigantes tecnológicos como Apple, Google o la Escuela de negocios de Harvard consideran al frugalismo como un camino con novedosas posibilidades de negocio. Con toda probabilidad, a lo largo y ancho del mundo millones de personas, acuciadas por la necesidad o guiadas por el sentido común y la oportunidad, han vivido y viven bajo los preceptos del frugalismo sin siquiera sospecharlo. En el fondo, esta forma de vida cuenta con sus teóricos desde que, en el ágora de Atenas, Aristóteles denunciara a los sofistas como falsos filósofos al servicio del poder y a la crematística como una economía falaz relacionada con la acumulación y la usura. Quizá si el frugalismo necesitara de un santo patrón pudiera recordar al pobre de Asís, Francisco, el santo que divinizó a los animales y a la naturaleza y del que dicen que dijo: «Necesito poco y lo poco que necesito lo necesito poco».