2019/08/11

Urna temporal
IñIGO GARCIA ODIAGA
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Sobre una suave colina del municipio de Helensburgh, en el sur de Escocia, se levanta la famosa Hill House, una residencia de campo construida por el editor Walter Blackie en 1902. Obra del arquitecto escocés Charles Rennie Mackintosh y su esposa Margaret Macdonald Mackintosh, la casa se levanta dominando el paisaje de la campiña, y su exterior seco de revoco de hormigón contrasta con un interior ricamente decorado.

La casa pertenece al período de la modernidad temprana, de principios del siglo XIX, y se suma a otros ejemplos notables construidos por famosos arquitectos y movimientos culturales, como Adolf Loos de la Secesión Vienesa, Victor Horta del Art Nouveau o Antoni Gaudí del Modernismo.

Aunque Rennie Mackintosh construyó pocos proyectos durante su carrera, los que han sobrevivido han seguido siendo de gran importancia para la historia de la arquitectura moderna, especialmente desde el contexto británico. En ese sentido, la casa constituye uno de los edificios más aclamados de Escocia.

Esta obra doméstica se aleja de la típica casa escocesa de la época, gracias a sus paredes revocadas, techos de pizarra, disposición asimétrica de ventanas y ausencia total de adornos históricos. La casa propuso un diseño radical y un avance hacia la comprensión espacial del edificio. Aunque la arquitectura de Mackintosh estaba incrustada en la pintoresca tradición de las mansiones aristocráticas de la época, también estaba claramente influenciada por los avances tecnológicos contemporáneos del Modernismo que van surgiendo en diferentes partes de Europa.

Esta hibridación inusual de tradición e invención en la construcción del edificio ha dado lugar con el paso del tiempo a graves problemas estructurales y de mantenimiento, que a largo plazo han requerido de un proyecto de conservación muy importante para lograr que la casa pueda sobrevivir.

Gracias a su inmejorable emplazamiento en Helensburgh, al oeste de Glasgow, frente al estuario del río Clyde, y con unas impresionantes vistas panorámicas, la casa de 115 años ha sido un destino turístico muy popular, lo que ha retrasado también las necesidades de conservación del inmueble. El clima húmedo del norte de Escocia ha sido capaz además de deteriorar el cemento de Portland de la construcción original, provocando que en el año 2017 saltasen todas las alarmas en cuanto a conservación del edificio.

Sus propietarios, el Instituto de Patrimonio de Escocia, decidió poner fin al deterioro constante del edificio por la acción de siglos de lluvia y viento. Como parte integral de ese proceso de conservación, que se cree podría tardar hasta quince años, se propuso llevar a cabo una envolvente provisional, una urna que mantuviese a salvo el inmueble original y que permitiese una restauración rigurosa, pero delicada y minuciosa. La construcción de esa jaula protectora temporal ha llevado cinco meses y ha sido diseñada por el estudio de arquitectura de Londres Carmody Groarke.

Conservación activa. El proyecto propone una gran envolvente, más o menos transparente, que además de proteger la Hill House como un artefacto a medio camino entre un pabellón agrícola y un andamio, se transforma en un museo de la reconstrucción de la casa al permitir y ordenar el acceso de los visitantes. En lugar de ocultar la casa fuera de la vista mientras se llevan a cabo las labores de restauración, se ha adoptado un enfoque más radical, una conservación activa que explique esos complejos trabajos de artesanía necesarios para devolver el esplendor al edificio proyectado por Mackintosh.

La malla metálica está diseñada para proteger de la erosión los materiales envejecidos, mientras que la estructura y la cubierta superior permiten la protección contra la lluvia. Por lo tanto, aunque solo sea temporalmente, sobre Helensburgh se levantan ahora dos arquitecturas, el edificio histórico y los andamios que lo protegen, que se transforman en museo de la restauración de la casa.

El proyecto de Carmody Groarke proporciona así una estrategia para permitir recuperar el edificio, al mismo tiempo que permite que el público lo disfrute a través de esos recorridos tridimensionales que rodean la vieja construcción.

La identidad arquitectónica de este nuevo museo es, en definitiva, la de un pabellón de jardín enorme y abstracto, cuyas paredes están completamente cubiertas y recuerdan a una gran pajarera recubierta de una malla de acero inoxidable. Este recinto semipermanente proporciona un refugio básico, bajo la imagen de un secadero agrícola respecto de la casa original, mientras que la construcción existente empapada de lluvia durante años se seca y repara lentamente.

Este delicado artefacto se revela también como un objeto en medio del paisaje escocés, cuya presencia se modula de forma diferencial de día y de noche, gracias a la iluminación interior. Esa delicadeza también ha tenido repercusión en la estructura de acero reforzado, que ha sido diseñada para que su impacto en el terreno y en el paisaje del jardín existente sea el menor posible, tanto actualmente como tras su retirada.

En definitiva, esta intervención de Carmody Groarke pone de manifiesto la oportunidad de aprovechar una estructura necesaria pero temporal para dotarla de nuevos usos, que, por un lado, permitan incluso su financiación, al mismo tiempo que ponen en valor el legado arquitectónico y, por lo tanto, la historia del territorio.