2019/08/25

Erreportajea
REPORTAJE
Seris, Hijos del Sol

Ubicados en el desierto de Sonora, alnoroeste de México, la Nación Comcaacmuestra un fuerte vínculo con suterritorio y un sólido sentimiento deidentidad indígena. No obstante, estepueblo, compuesto por alrededor de milpersonas, está viendo amenazado sufuturo por la degradación de su entorno ypor los envites de la modernidad y laaculturación.

Nuria López Torres
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En uno de los rincones más hostiles del planeta vive la nación Comcaac, ubicada en el desierto de Sonora, al noroeste de México. Esta nación de apenas mil almas también es conocida con el nombre de “seris”, que en lengua yaqui (otro de los grupos étnicos del Estado) significa “hombre de la arena”, pero ellos prefieren denominarse Nación Comcaac que en su idioma significa “la gente”.

Sus mil miembros se asientan principalmente en dos poblados: uno en Punta Chueca, municipio de Hermosillo y otro El Desemboque, en el término de Pitiquito a unos 65 km del primero.

Sus habitantes siempre han vivido vinculados al mar y al desierto. Ocupan un territorio comunal que tiene hoy en día una extensión de 205.886 hectáreas. Por una parte abarca la zona costera y por otra Isla Tiburón, la más grande del país, con 120.756 hectáreas. Los seris han habitado Isla Tiburón desde tiempos ancestrales; sagrada para ellos, en 1963 fue declarada Reserva Especial de la Biosfera.

Sus moradores son un caso icónico de resistencia y fuerte sentimiento de pertenencia indígena, ya que durante siglos han soportado un clima extremo y, por si esto fuera poco, al hombre blanco incapaz de someterlos por la vía armada o cultural. &dcThree;Sin embargo, el siglo XXI ha traído nuevos retos a esta comunidad celosa de su identidad.

En México existen 68 pueblos indígenas diferentes con aproximadamente un total de 15 millones de personas, que hablan alrededor de 80 idiomas distintos. Este país cuenta con un patrimonio y una diversidad cultural como pocos en el mundo, pero le queda un gran reto por delante para poder integrar a todos estos grupos en la sociedad actual, sin que se produzca una aculturación y una pérdida de sus valores y esencia. Una tarea francamente difícil.

Colonización cultural. Desde hace décadas la entrada y el consumo de bebidas azucaradas, sobretodo de Coca-Cola, ha disparado entre su población el número de enfermedades como la diabetes, al tiempo que aumentaban los índices de colesterol por causa de la mala alimentación y el excesivo consumo de snacks.

Existen unas pequeñas tiendas de abastos donde lo que mayoritariamente se vende son bebidas azucaradas, snacks, utensilios de plástico, algo de productos de higiene, mientras escasean los alimentos frescos. Para poder comprar alimentos de primera necesidad hay que desplazarse a Kino, a 25 km de Punta Chueca. El Desemboque lo tiene más complicado, porque está muy aislado y con una carretera tan precaria que aun hasta cuesta llegar en todo terreno. La alimentación es pésima y pobre. Aunque los seris han sido tradicionalmente cazadores-pescadores-recolectores y, en gran medida, lo siguen siendo, sus actividades económicas apenas les alcanzan para vivir y mucho menos para poder desarrollarse.

La mayor parte de lo que extraen del mar es para venderlo. Un kilo de callo, que es un preciado molusco, se vende en el mercado a unos 40 dólares. Desde hace unos años la cantidad de peces en su zona de pesca se ha visto reducida a la mínima expresión, a lo que hay que sumarle los largos meses en que no pueden pescar porque tienen que respetar el ciclo de reproducción. Es increíble que en su dieta el pescado haya desaparecido por completo. Los seris nunca han cultivado la tierra. Su entorno no es propicio para la agricultura, a causa del clima extremo y la zona semidesértica en la que se emplaza. Son recolectores de plantas medicinales, o del torote, un arbusto del que sacan las fibras para elaborar sus famosas cestas. También recolectan conchas, caracolas y otros elementos del mar con los que las mujeres elaboran sus artesanías.

En cuanto a la caza, han dejado de practicarla para comer pero, en su lugar, han introducido el turismo cinegético (turismo de caza) de borrego cimarrón, venado bura y venado cola blanca en su territorio, como elemento de desarrollo de la comunidad. El coste del permiso de caza de un borrego cimarrón alcanza los 60.000 dólares, aunque de esta cantidad una gran parte se la llevan los intermediarios. Los clientes suelen ser chinos, rusos, americanos y canadienses. Existe una cantidad muy limitada de permisos de caza anuales: para el borrego cimarrón, que está en peligro de extinción, se extienden nueve al año, y para el resto alguno más. La cuestión es que, con esta práctica cinegética, surgen cambios en sus estrategias de vida y formas de trabajo.

La gran disyuntiva es mantener la visión de conservación de los bienes comunales y la defensa de su existencia frente a prácticas ajenas a sus costumbres. La gestión de estos permisos ha provocado casos de corrupción y de malversación de los fondos comunales por los responsables de la gestión. Es una contradicción a la que debe enfrentarse este pueblo, que frente al abandono estatal encuentra medios alternativos de subsistencia que, paradójicamente, son invasivos con el ecosistema que les rodea.

La degradación de su entorno con residuos plásticos es otro de los contratiempos añadidos. En los últimos años ha aumentado la utilización de utensilios de plástico como vasos, platos, cubiertos, a los que se suman los envases de bebidas generando un problema medioambiental de desechos no reciclados, que a corto plazo va suponer una cuestión de primera magnitud.

Tampoco cuentan con un servicio de recogida de basura eficiente, únicamente llega un camión de esa condición una vez al mes, que, por supuesto, no dispone de un servicio de reciclado de envases. De esta manera, su paisaje se va cubriendo por un manto de plástico que invade lentamente la vida natural de su hábitat. La escasez de agua es otro de los grandes handicaps a los que se enfrentan los seris. El uso de utensilios de plástico tiene mucho que ver con la falta del preciado líquido. Llevan años pidiendo que se resuelva este asunto, y, en cambio, han recibido programas y proyectos que no han solicitado, como casas que no son aptas para las condiciones del lugar; equipos o instalaciones de mala calidad que dan servicio apenas un poco de tiempo, y después se abandonan. Contrasta con el hecho de que, a pesar de ello, tengan que vivir sin agua, o acceder a este recurso de maneras poco saludables, debido a la falta de interés y compromiso real de las autoridades responsables. En distintas épocas de este proceso de sedentarización, iniciado en el siglo XX, han dependido de pozos que no reciben el manejo adecuado; de pipas y contenedores que transportan agua a su territorio, sin que se pueda controlar siempre su origen y manejo. En ciertos períodos se han llegado a utilizar contenedores de asbesto –también llamado amianto– o contenedores plásticos donde anteriormente se han transportado sustancias químicas para tener agua de uso cotidiano en sus hogares. En ellos, se especificaba en inglés que no debían ser utilizados para consumo humano.

Las familias que cuentan con vehículo deben salir con frecuencia a buscar agua a Bahía de Kino o Puerto Libertad. En la década de 1970, cuando el Gobierno construyó las casas con todos sus servicios, incluso se construyeron grandes tinacos que nunca fueron utilizados porque no se adquirió o no se instaló el equipo adecuado. Desde entonces, de tiempo en tiempo, reciben agua en pipas o hacen acto de presencia vendedores de agua en garrafón, lo que soluciona en parte el agua para el consumo, pero no para el baño diario, lavado de ropa o cuidado de plantas y árboles.

La pobreza y escasez de recursos es terreno abonado para las religiones evangelistas que han puesto su foco de mira en estas comunidades indígenas del norte de México. Aprovechándose de las fisuras que el abandono estatal provoca, penetran en el tejido de la comunidad y se afianzan como salvadores y portadores de esperanza. Adeptos a La Iglesia Apostólica de la Fe en Cristo Jesús o la Iglesia de la Luz del Mundo intentan dos veces por semana aumentar sus seguidores. Llegan los domingos desde la ciudad de Hermosillo, a unos 140 km de Punta Chueca, equipados con su grupo de música evangélica y dispuestos a difundir la palabra de Cristo a través de alegres y esperanzadoras canciones. Este es un nuevo elemento que amenaza con romper el frágil equilibrio que hasta el momento los seris han conseguido mantener en relación a su modo de vida, y un nuevo desafío para sus tradiciones.

A esto se añade el consumo de droga; sobre todo cristal y marihuana, por parte de un número significativo de seris. Su territorio se encuentra en una de las principales zonas de paso del narcotráfico hacia la frontera con EEUU y algunos de ellos han encontrado una fuente de ingresos en la venta de estupefacientes dentro de su propia comunidad como alternativa a la precariedad económica.

Alicia Montaño conoce bien esta situación y sus consecuencias. Su esposo está en la cárcel por temas relacionados con la droga, cumpliendo una condena de seis años. «Me pegaba mucho cuando estaba drogado y las niñas le han cogido mucho miedo a su papá. Vendió la casa y los muebles, nos dejó en la calle a mis tres hijas y a mí», comenta Alicia que tuvo que ir a vivir a un albergue en Bahía Kino durante seis meses. Ahora lo hace de nuevo en Punta Chuca, con sus padres y su hermana, separada también de su marido por ser adicto al cristal.

Alicia va todas las mañanas a la playa a recoger conchas y caracoles con los que elabora objetos de artesanía para vendérselos a los escasos turistas que llegan hasta Punta Chueca. La mayor parte de la artesanía que elaboran las mujeres seris se vende en sitios turísticos del Estado o, incluso, en la Ciudad de México.

Proteger el territorio. Los seris conformaron su propia guardia nacional comcaac para defender su territorio. La componen unos sesenta miembros que, de forma voluntaria, se turnan para patrullar y cubrir actuaciones necesarias. Entre otras funciones se encargan de la defensa del territorio de cazadores furtivos, de extracciones minerales ilegales y de velar contra el narcotráfico.

Este territorio es defendido y vigilado exclusivamente por los guardias seris, aunque en ocasiones puntuales la policía federal ha tenido que intervenir, y estos han colaborado con ellos proporcionándoles apoyo. Es posible que más de un miembro de la guardia nacional comcaac haga la vista gorda ante el trapicheo de droga o también que esté en connivencia con los traficantes.

Salama, de 22 años, es la hija del comandante de la guardia nacional comcaac y la única mujer que pertenece al cuerpo. Cuando se le pregunta porqué ejerce este trabajo, Salma contesta orgullosa: «Me gusta defender a mi gente y mi tierra, si no lo hacemos nosotros no lo hace nadie. Nosotros somos los que mejor podemos defender lo nuestro». Su padre, Joel Barnett, lleva 32 años en la jefatura, y en las últimas elecciones fue uno de los cuatro candidatos que se presentó al cargo de gobernador de la Nación Comcaac.

Los seris son gente reservada a los que no les gusta que los foráneos se metan en sus asuntos. En consecuencia, mantienen una actitud distante y ambigua como sistema de protección. Algunas cuestiones como el tema de la droga o como el de los coches robados en las grandes ciudades, y que ellos compran en el mercado negro a bajo precio, les llevan a ser muy precavidos con los que llegan de fuera a su territorio. A pesar de los grandes retos y los importantes problemas a los que se enfrenta esta nación, su cultura y costumbres siguen fuertemente enraizadas en la comunidad y continúan manteniendo sus tradiciones. Antiguamente, tanto los hombres como las mujeres se pintaban la cara, aunque ahora solo lo hacen ellas. Cada dibujo que se traza sobre el rostro es considerado como un símbolo de carácter sagrado. Por esta razón, una señora no debe pintarse diseños de niños, de jovencitas o de hombres, pues cada pintura tiene un mensaje, un sentido y una relación con una práctica específica.

Poseen un maquillaje para diferentes momentos dentro de sus fiestas que duran cuatro días con sus respectivas noches. Las celebraciones más importantes son las de la pubertad, la llegada de la Caguama de Siete Filos, los ritos de la muerte y los asociados con el inicio del Año Nuevo seri.

Cada primero de julio conmemoran el inicio del año, que se celebra junto a la playa en una zona reservada para los cantos y danzas tradicionales, a la que se le suma en las últimas décadas el concierto del único grupo de rock en lengua comcaac llamado Hamac Caziim, que ha podido actuar en diferentes partes de México y en otras países de América Latina.

La leyenda. En un tiempo muy lejano solo existían el mar, el cielo y los animales marinos. Un día los animales se reunieron y decidieron ir hasta el fondo del mar, para traer un poco de arena y formar la tierra. Cada uno de ellos lo intentó, pero el mar era tan profundo que ninguno pudo llegar hasta el fondo. Le llegó el turno a la Caguama, que es la tortuga más grande que nunca haya existido. Se sumergió en el mar y tardó muchos días en regresar. Todos los animales le esperaban con creciente ansiedad. Pasado un mes, Caguama regresó. Había podido llegar hasta el fondo del océano y había cogido bastante tierra, pero en el camino se le había caído y únicamente le quedó la que se le metió en las uñas. Con esa tierra arenosa se formó la Tierra. El primer ser que existió fue una mujer llamada Koo-Mahimm Hahay'tahm, que se traduce como Mujer Pintada porque su cara y su cuerpo estaban decorados de color azul. Como era guapa la decían “La Mujer que es bella”. La diosa había surgido del carrizo que salía de la Tierra desde el principio de los tiempos. Un día se acostó en un hueco que cavó en la arena, el Sol que la vio fue hacia ella y la preñó con sus rayos luminosos. La cría se llamó Ahnt Kai, y luego fue la diosa de las mujeres y de los niños. Le gusta volar de noche y mora en una casa blanca situada en la punta de Isla Tiburón. Por esta leyenda ellos se consideran los “Hijos del Sol”.

Una de las grandes armas de la nación comcaac es el potente vínculo que mantienen con su territorio y su fuerte sentimiento de identidad indígena, pero habrá que ver si son suficientes para soportar los envites de la modernidad y la aculturación.