2019/10/06

Interpretarnos, dirigirnos
IGOR FERNÁNDEZ
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Al acercarse uno al teatro y estudiar la interpretación en escena, se percata de cómo las personas hemos tratado de entendernos a lo largo de la historia desde todos los puntos de vista posibles, desarrollando multitud de disciplinas para dar respuesta a un hambre tan intrínseca como respirar. Intérpretes y dramaturgos alimentan esta búsqueda de sentido y comprensión de todos nosotros tratando de emular fidedignamente los dilemas internos que hacen la vida complicada y estimulante. Para ello se han visto impulsados a observarse atentamente, a bucear, igual que un científico pero movidos por un deseo expresivo.

Sea como fuere, se puede aprender mucho de la mente y las relaciones acercándose a la manera de vernos de los artistas vivos (como se denominan a estas artes: artes vivas). Una idea interesante del mundo de la interpretación y que permeó la psicología tras la Primera Guerra Mundial, es la idea misma de papel, de rol, entendido casi como lo haría un actor o actriz, pero que describe esas maneras distintas que tenemos las personas de estar en el mundo y con nosotros y nosotras mismas. Ya la propia idea de tratar de entender la complejidad de lo que somos, casi nos obliga a despiezarnos pedagógicamente y dividirnos en "partes" para entendernos, a veces, dicotómicamente: mente y cuerpo, racional y emocional, real y social... Otras veces, nos describimos como cambiantes, y decimos que somos diferentes cuando estamos relajados a como somos cuando estamos trabajando; también hacemos distinciones según la manera de actuar ante unos y otros: somos distintos como padres, hijos, pareja, amigos, etc. Vemos diferencias en nosotros mismos según el momento del año o del día, y nos sentimos más o menos lúcidos, accesibles, sensibles, dispuestos... En función de cuándo nos aborden. También podemos notarnos cambiantes en función de lo que estemos haciendo por dentro: si estamos concentrados, abstraídos, relajados, preocupados...

Y todas estas clasificaciones, todas estas cajitas desde las que nos podemos describir, derivan en sensaciones físicas y en acciones distintas y coherentes. Sin embargo, la coherencia aquí no podemos entenderla como fruto de la unicidad, de lo monolítico de un todo –nosotros, nosotras– que se comporta de una misma manera en todas las situaciones, sino según la coherencia dentro de cada uno de esos “papeles”. Nuestro papel de amigo lleva consigo unas conductas y no otras; por ejemplo, no le echaremos la bronca a un amigo por tener su habitación desordenada, ni nos sentiremos sobrepasados por su negativa a hacernos caso, o no nos empeñaremos en que vea el valor del orden como nosotros. Cosa diferente es todo lo anterior si quien tenemos enfrente es una hija preadolescente.

Evidentemente, lo transversal a todos esos roles y a todas las puestas en escena resultantes es que seguimos siendo quienes somos. Hay un núcleo que se mantiene y que, de alguna manera, gestiona el flujo entre unos y otros. Cuanto más sólido sea ese núcleo (constituido por nuestro autoconcepto, nuestras creencias sobre el mundo y nuestra autoestima), las variaciones de comportamiento y actitud en cada uno de esos roles será más ajustada, no solo a lo que estamos viendo a nuestro alrededor y que nos invita a adoptar este o aquel papel, sino que dependeremos menos de las expectativas que ese mismo rol genera en la gente que nos rodea. Es decir, cuanto más sólidos e integrados nos sintamos, los roles que desempeñamos en la vida serán más coherentes entre sí y, a su vez, con lo que realmente queremos y es importante más allá de lo que hacemos. Los roles no dejan de ser paquetes de cualidades que se ponen en marcha automáticamente cuando la realidad lo requiere, pero el global, en este caso, es mucho más que la suma de las partes.