2019/11/03

Frame
IKER FIDALGO
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La construcción de la cultura visual encuentra su expresión en el encuadre. El marco rectangular es el que da forma al lienzo, a la pantalla del ordenador, a la sala de cine, a la televisión o a la foto revelada. Al mismo tiempo, es la relación del visor de la cámara fotográfica, del monitor de apoyo para la grabación de vídeo o de la ventana de una habitación. El frame (como se dice en inglés y se utiliza dentro del lenguaje audiovisual) condiciona no solo la manera de consumir la imagen, sino la forma en la que esta es producida. Estamos finalmente ante un pacto narrativo entre la mirada que crea y la mirada que recibe. Esta última se identifica con la primera, asumiendo como suyo el punto de vista y dotándola de una posición privilegiada de veracidad, aunque nos encontremos dentro de una ficción o un simulacro. La elección conlleva, por otro lado, una parte oculta, aquello del mundo que no se muestra en detrimento de lo que se enmarca. Alrededor de cada encuadre, la vida desborda el relato, aunque su visión está condenada a desaparecer pues no será contada. En el tiempo de la aparente democratización de los medios de producción y difusión de imagen, todo no es relatado, grabado o retrasmitido. La imposibilidad de digerir al mismo ritmo que se crea nos hace vivir en un momento social (y visual) de desborde de contenido. Esto acaba por convertirse en ruido, en contaminación que debemos desbrozar a golpe de pulgar y superficie táctil.

El Centro Cultural Montehermoso de Gasteiz acoge desde hace 17 años la muestra anual resultante del concurso World Press Photo. La fotografía documental y periodística trascienden las barreras de lo informativo para alcanzar el estatus artístico en una gira mundial cuyos trabajos son expuestos por centros y museos. Las temáticas trabajadas en el certamen responden a la realidad social que conforma el mundo en el que habitamos, aunque en la mayoría de las ocasiones nos encontremos ante imágenes totalmente ajenas a nuestra cotidianeidad. Surgen entonces fricciones en las que lo dramático parece ser parte de una espectacularización provocada por el dispositivo del arte. El “click” de la cámara que dispara sucede entre situaciones terribles y nos llega a través de un display desde el que valoramos la belleza de la imagen y la calidad compositiva hasta crear una suerte de compromiso descafeinado con aquello que estamos observando que se diluye tan pronto abandonamos la sala, pues nuestra capacidad de impacto hace tiempo que desapareció. Hasta el 17 de noviembre podremos visitar la colección de más de 150 fotografías, entre las que se encuentra la ganadora de la presente edición, “Las lágrimas de Yanela”, del norteamericano John Moore. Una niña llora desconsolada junto a su madre ante un control policial en la frontera de Texas.

Por su parte, el Museo Guggenheim de Bilbo inauguró el pasado 2 de octubre la exposición a cargo de Thomas Struth (Alemania, 1954). Hasta el próximo 19 de enero podremos disfrutar de este proyecto realizado en colaboración entre Haus der Kunst de Múnich y el museo bilbaino. Una trayectoria de 50 años de dedicación es plasmada de forma retrospectiva. El gran formato domina las estancias, compitiendo con la grandilocuencia de las instalaciones del propio edificio. Sus series más conocidas, como “Retratos de familia”, “Fotografías de museos” o “Lugares inconscientes”, se complementan con el no menos interesante archivo del autor, formado a base de hojas de contactos, carteles, material de investigación e incluso correspondencia personal del propio Tomas Struth.