2019/11/24

Erreportajea
alternativas reales al abandono del mundo rural
Este pueblo ya no está abandonado

Desierto demográfico: territorio con una densidad inferior a diez habitantes por kilómetro cuadrado, bien sea por sus adversas condiciones naturales, bien como fruto del éxodo rural. La definición es de la UE y alerta sobre un preocupante fenómeno demográfico que afecta a todo el sur de Europa. Ya se sabe: el grande, la urbe, se come al pequeño. En Nafarroa, sin mucho ruido y sí mucho trabajo, hace décadas que se están rehabitando pueblos, revirtiendo ese proceso desde otro paradigma. Hemos ido en su busca.

Amaia Ereñaga, fotografía: Conny Beyreuther
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Los cuatro jóvenes que posan para la fotografía ante la casa común de Gardalain, erigida sobre lo que en su día fue la iglesia de San Vicente, son parte de los trece vecinos de este pueblo que legalmente no es tal, ni tampoco concejo. Ni tan siquiera tiene la calificación jurídica de lugar habitado. Gardalain es parte de una finca forestal propiedad del Gobierno de Nafarroa. Enclavado en la despoblada y desconocida Bizkaia navarra, en el valle de Aibar, a día de hoy, y casi a punto de cumplir diez años desde su vuelta a la vida gracias a la okupación, Gardalain sí que es un lugar habitado. ¿Si no, a dónde vamos? Hace unos pocos minutos, Izaskun Fernandez (Zizur Nagusia; guarda de refugio, guía de montaña y profesora de esquí) nos ha recogido en Moriones, un lugar dependiente del concejo de Aiesa y perteneciente al municipio de Ezporogi. Para que nos situemos, estamos en la merindad de Zangotza. Cerca, pasando un puerto que salva las últimas estribaciones de la sierra de Izko, está Irunberri. Iruñea queda a unos 55 kilómetros.

En Moriones acaba la carretera y arranca una de las muchas pistas que se adentran en el barranco de Gardalain. Pinos, muchos pinos. Estamos en la Bizkaia de Aiesa, una zona donde se ha registrado presencia humana desde el Eneolítico-Bronce, como atestiguan los restos de un asentamiento que veremos cuando lleguemos arriba, y un enclave que a principios del siglo XX tenía siete núcleos habitados. Hasta los años 60 en estos montes se vivía del cereal, la ganadería y la caza. Gardalain, compuesta por ocho casas y su iglesia, era propiedad de la baronía de Beorlegi, cuando, en 1963, la Diputación de Nafarroa la compró. Entonces pasó a formar parte de la finca forestal de Ezporogi, que ocupa nada menos que 3.400 hectáreas en la actualidad. Adiós a sus vecinos, adiós a las tierras de labor, a los pastizales y a las casas, y bienvenidos los pinos. Hoy en día, a excepción de los visitantes ocasionales del refugio juvenil de Getadar y de los vecinos de Gardalain, la Bizkaia está vacía. Bueno, sigue estando la fauna, no nos olvidemos, y el ganado autóctono, como la jaca navarra, que se intenta recuperar en la reserva foral.

Estos lugares son un ejemplo diáfano de lo que supuso aquella política franquista que, en los años 50 y 60, impulsó el éxodo rural hacia los núcleos urbanos en todo el Estado español. Caseríos y pueblos mal comunicados, pobres y en manos de grandes propietarios, pasaron a ser el objetivo del monocultivo de pino a lo grande propiciado por el controvertido ICONA y las diputaciones. No tuvieron empacho en dejar caer las casas y destrozar el monte. Y no fue solo en un pueblo. Lo mismo sucedió en otros puntos del Prepirineo, como el valle de Artze, cuna de numerosas comunidades gestionadas a partir de la okupación de pueblos, como Aritzkuren, Urli Alto, Rala... Allí se encuentra precisamente Lakabe, un veterano concejo y ecoaldea que, después de vaciarse en los 60, fue rehabitada en los 80 por un grupo de jóvenes procedentes del movimiento antimilitarista de objeción de conciencia. Cuarenta años, ahí es nada, llevan de autogestión y de trabajo articulando otra manera de vivir.

Una pista para evitar desgracias. «Los tres hermanos que viven en Moriones sí están contentos con nosotros», contesta Izaskun mientras conduce. Para el envejecido mundo rural iniciativas como esta son esperanza de futuro. Subimos cuatro kilómetros monte arriba por una pista de tierra. La usan los camiones que sacan madera y los vecinos de Gardalain. ¿Pero las instituciones, el Ayuntamiento o quien sea, no os arreglan el camino?, pregunto. «Nuestra pelea es ahora esa: al menos, conseguir el arreglo de la pista. Si hay que pagar, se paga, o que nos cobren impuestos, lo que sea», contesta Izaskun. Pero si no les dejan empadronarse, si no hay un reconocimiento legal, no se lo ponen fácil.

Nacimientos y muertes son momentos que unen a las comunidades. En este caso, Gardalain se hizo familia, más que pueblo, durante las fuertes lluvias registradas el pasado verano. El día 8 de julio una riada se llevó la vida de uno de sus vecinos cuando su vehículo fue arrastrado por la corriente en esta pista que estamos subiendo. Era Zeru Cañada y tenía solo 25 años. Zeru, junto a su hermano Adrián, con el que nos encontraremos arriba, se crió en Lakabe y, en un ciclo natural, salió a ver mundo y a buscar su propio camino. Se puede decir que en Gardalain, con ellos, está representada la segunda generación del movimiento okupa.

«Yo necesito vivir en la naturaleza; la ciudad y el ruido no van conmigo», explica Adrián, albañil y herrador de oficio. Situado a unos 700 metros de altura, mirando hacia el sur, en algunas zonas ya empieza a despuntar el bosque autóctono que se va recuperando. Gardalain se ve que es producto de muchas horas de trabajo: hierba bien cuidada entre las estrechas calles, casas que se van levantando sobre los muros originales, otras edificaciones provisionales para vivir mientras se construye, luz y energía gracias a un buen sistema de placas solares, un pozo recuperado, una plaza verde con su txozna para fiestas y todo, el gallinero protegido contra los ataques del zorro, huertas... Todavía quedan casas que robar a la ruina, pero nada que ver con el maremágnum de maleza, zarzas y escombros con el que aquel grupo de jóvenes procedentes de Iruñerria se topó en 2009, cuando alcanzó la meta final de una búsqueda que les había llevado más de un año. «Antes intentamos comprar un pueblo, ¿por qué? Para que las cosas fueran más fáciles», responde Adrián.

Después de mucho mirar, encontraron uno que les cuadraba. ¿A cuánto sale? «Nos pedían 90 millones de pesetas (unos 540.000 euros)». Estaban dispuestos a pagarlos, pero al final el propietario se echó atrás. Comprar, alquilar u okupar, no hay más fórmulas. Si es que no heredas, claro. La única opción que les quedaba entonces era okupar, aunque a aquellos inicios no les faltó su alto factor de tensión, debido a las “visitas” de la Guardia Civil y la Policía foral. Que si les apagaban el fuego, que a ver qué hacían. Hoy parece que la situación se ha relajado. Mientras, y para preparar el futuro, los vecinos sentaron las bases de cómo se regirían como comunidad o pueblo, y articularon una serie de puntos básicos para el funcionamiento, como, por ejemplo, que la propiedad es comunal. Y un proyecto escrito, con planos, datos y memoria, que cada cuatro años presentan ante el Ejecutivo navarro correspondiente. «Nunca hemos recibido respuesta, pero lo volveremos a presentar al nuevo Gobierno», añade Adrián.

«Más que okupas somos repobladores». Cuando empezaron la rehabilitación, en 2010, recuperaron el manantial que les surte de agua en auzolan, como se han hecho muchas cosas, y poniendo cada uno una buena cantidad de dinero, pero lo que no había era una casa en pie, como atestiguan las fotografías que nos enseñan. A excepción de la iglesia, naturalmente. Se usaba buena piedra para el culto. Remozada por dentro, convertida en la vivienda común, centro social –¡tienen internet, en pleno apagón digital de la zona rural!–, y punto de partida de la rehabilitación, al edificio le han salido una torre de más y unas gárgolas de lo más aparentes, producto de la imaginación y la buena mano de sus nuevos habitantes.

Aquí todos son muy jóvenes; están en la franja de entre los 20 y los 30, y todavía no han tenido hijos. Estamos hablando sobre la okupación, de actualidad por la injusta mala fama que está ganando a raíz de que se relacione al movimiento con las ocupaciones de viviendas habitadas, como la de la nonagenaria que hizo soliviantarse a Santurtzi. «Nosotros, yo pienso que más que okupas somos repobladores de pueblos», apunta Marcos Prol, un árbitro de balonmano de Toledo. Con Miren Zuriñe Martínez, una profesora de equitación de A Coruña, la pareja ha sido la última en instalarse en el pueblo, donde viven a diario unos siete u ocho de los trece jóvenes involucrados en el proyecto. Marcos y Miren Zuriñe todavía no han elegido casa y, mientras, utilizan una caravana. Vamos a visitar sus caballos: hay muchos proyectos para el futuro en estos montes.

Antes de bajarnos a Moriones, Izaskun nos invita a las fiestas. Julio de 2020, por todo lo alto, no en vano hay que trabajar pero también celebrar lo que se ha construido. Entre todos, en auzolan.

 

 

ARTERRA BIZIMODU (ARTIEDA): UNA ECOALDEA EN «COHOUSING»

La foz de Irunberri, como una herida abierta en el monte, queda atrás cuando el coche enfila la carretera al concejo de Artieda. No está lejos de Gardalain, pero en estas tierras el paisaje cambia a llano, con el Pirineo en el horizonte. Seguimos en la merindad de Zangotza, en el municipio de Urraulgoiti, y, en la entrada del pueblo, un edificio a la derecha despista: por sus dimensiones podría ser lo que estamos buscando; pero no, es una residencia de mayores solo para monjas, concretamente, de la comunidad de la Caridad. Al final del pueblo, calle abajo, sí que destaca otro edificio que también tiene aire a seminario, no en vano fue primero un colegio religioso de Agustinos, después un hotel y, desde hace cinco años y medio, la ecoaldea Arterra Bizimodu. Aquí sí se ve movimiento de gente. Unos preparan la comida, que se hace de forma comunitaria y por turnos, otros andan en sus apartamentos, arriba y abajo por las escaleras. Esto es grande, muy grande.

A día de hoy –la población es variable–, 26 adultos y doce niños, más tres jóvenes voluntarios y otros tres adultos que están conociendo el proyecto, conviven en Arterra Bizimodu, una ecoaldea que funciona como cohousing y se rige como una sociocracia. Mucho concepto, vamos por partes. En 2014, la posibilidad de acceder a este espacio propició que un grupo de personas que apostaban por hacer realidad otro tipo de sociedad más sostenible y solidaria se reunieran y alquilaran con derecho a compra este antiguo hotel. No había que construir, aunque sí limpiar a fondo, porque el lugar estaba muy deteriorado, y también realizar labores de mantenimiento. El funcionamiento, en forma de cohousing; es decir, las unidades familiares tienen sus propios apartamentos y luego están los espacios y servicios comunes. Todo gestionado por ellos mismos. «La gente que montó Lakabe estuvo diez años construyendo las casas y otro tanto pasa en Zorokiain, por ejemplo. Pierdes muchos meses pensando en cómo construir, en los asuntos legales... entonces, para cuando llegas a funcionar como proyecto, has dedicado muchos años a hacer la vivienda. Nosotros, lo más que estuvimos arreglando las casas fueron dos meses, como mucho cinco, lo que nos facilitó poder centrarnos en hacer grupo y en mantener las actividades», explica Montxo Gota Vega, trabajador social y cofundador de Kumaldi, asociación por la crianza respetuosa.

 

Se oye inglés, euskara, castellano. «Aquí hay gente que viene de vivir en un pueblo okupado, del asociacionismo urbano, del rural... hay de todo. Y también gente que viene de una vida privada sin más», agrega Lorena Mompel, participante en el proyecto de biogás de Arterra. La franja de edad de sus habitantes sí que les diferencia de, por ejemplo, Gardalain: aquí la mayoría son mayores de 30 años. Hay bastantes niños, pero echan en falta la franja comprendida entre los 20 y los 30 años. La economía es mixta, es decir, cada uno tiene sus ingresos, pero hay una parte que generan en común, a través de los talleres o cursos que organizan. «Hay una intención de que el coste de la vida sea menor que en la vida convencional: que la parte que tienes que vender de tu tiempo para conseguir unos euros sea cada vez menor, e ir buscando que se puedan generar proyectos, entre comillas, emprendedores. Es algo que está en nuestro ADN». ¿Y sale más barato vivir en cohousing? Montxo: «Cuando vivía en un piso, unos 700 euros, entre la hipoteca y los gastos fijos, no nos los quitaba nadie. Pero aquí pagamos 400. No llega a la mitad, pero casi. Lo de la movilidad no lo hemos resuelto, porque gastas más en gasolina al vivir en un pueblo. Pero aquí, nos podemos dejar los coches entre nosotros».

Más barato, más tiempo. Montxo y su familia constituyen uno de los tres “fuegos” –hogares– que están desde el principio en Arterra Bizimodu. Otro es el de Mauge Cañada, una psicóloga-facilitadora con una larga experiencia en gestión colectiva, que, no en vano, es también una de las fundadoras de la veterana ecoaldea de Lakabe. «Dentro del mundo ecoaldeano, hay comunidades que son cohousing y otras más comunitarias en cuanto a cómo viven el espacio –explica–. El cohousing lo único que habla es de que el espacio familiar, privado o personal está delimitado, y se llegan a acuerdos entre la parte personal y el uso colectivo. Y dentro del cohousing, puede haberlos temáticos, como para personas mayores, por ejemplo. Nosotros somos un cohousing y una ecoaldea porque hay un proyecto que va más allá del hábitat, que afecta a otras áreas y que es lo que nos une. No es solamente vivir en un sitio de una manera, sino que es hacer una serie de cosas juntos, y eso es lo que es Arterra Bizimodu».

Bien, recapitulamos: cohabitan en cohousing y se organizan en sociocracia, algo totalmente novedoso, por cierto. Un ejemplo, por favor. Pongamos que hay que rehabilitar la casa. Mauge Cañada: «La decisión se gesta en un círculo. Tenemos tres en este momento. Esto sería en el círculo de edificio, que es el que tiene el mandato del colectivo para mantener o mejorar ese espacio. La decisión se tomaría allí, luego en sociocracia hay una cosa que se llama Objeción, que es que cualquier persona puede poner una objeción a una propuesta si entiende que pone en riesgo al proyecto, al colectivo o a las personas. Aunque no participamos todas en todas las decisiones, lo que se garantiza es que las que se toman no pongan en riesgo algo y que vayas a ser escuchada. Se busca permitir y facilitar la generación de un poder distribuido y la confianza; es decir, que no todas las personas deban tomar todas las decisiones para que las cosas vayan bien. Hay que intentar confiar en las demás personas, en la inteligencia colectiva». ¿Y funciona? Montxo: «La mayor dificultad, a nivel personal, es el reto de la confianza. Esto también es un proceso más personal». ¿Y no hay riesgo de que salgan líderes? Mauge: «Aquí el problema suele ser la falta de liderazgo [risas], porque se busca el emporedamiento personal y colectivo». Es que liderar aquí trae cargarse de más trabajo.

Proyecto piloto busca ubicación

Desde sus inicios, Arterra Bizimodu (arterrabizimodu.org) es la sede de la oficina central de GEN Europa, siglas que corresponden a la Red Europea de Ecoaldeas (gen-europe.org). La red engloba a «aquellas comunidades intencionales o tradicionales formadas por al menos ocho personas, diseñadas conscientemente a través de procesos participativos de propiedad local para regenerar los entornos sociales y naturales. Las cuatro dimensiones de la sostenibilidad (ecología, economía, social y cultural) están integradas en un enfoque holístico». A primera vista, una mirada al mapa de GEN muestra una alta concentración de ecoaldeas en Alemania, Suiza y también un buen número en la península ibérica, englobadas estas últimas en la RIE (Red Ibérica de Ecoaldeas).

Mauge Cañada es la coordinadora de un ambicioso proyecto redactado el pasado año a iniciativa de la RIE, con la colaboración del anterior Gobierno. Su objetivo es crear un modelo de ecoaldea que sirva para ser utilizado para repoblar los pueblos abandonados de este herrialde. Exigiría, eso sí, cuestionar el actual modelo de vida rural y revisar otra forma de desarrollo y de uso del territorio. Y también cambiar la escala, que no es lo mismo impulsar vida y empleo en lo urbano que en el mundo rural. Cuesta. Las bases están sentadas y también parece que hay un grupo dispuesto a llevarlo adelante. Lo difícil ahora es encontrar una ubicación.

Por otro lado, está la cuestión de los pueblos okupados, de la confusa situación jurídica en la que se hallan. Esto redunda en sus habitantes, afectados en un déficit de sus derechos. «A día de hoy, el Gobierno de Navarra dice que no puede hacer nada porque son fincas rurales, los ayuntamientos tampoco van a hacer nada que supere la legislación en fincas no urbanizables. Mientras, las personas arreglan unas ruinas y viven allí. En suma, que nadie mueve ficha a nivel legal, y ahí es donde estamos intentando ver qué ficha se podría mover». Porque la okupación es, más que un problema, una solución para un mundo rural envejecido. «La okupación que hay en el medio rural es práctica. Puede tener también un aspecto político, pero igual esa no es su esencia: si quiero tener un proyecto vital y no hago ningún mal a nadie, sino que además restauro algo que otros han permitido que caiga en el abandono, en realidad se está haciendo más un servicio que arrebatar privilegios a alguien», reflexiona. Bueno, al menos parece que la cuestión de los pueblos deshabitados empieza a entrar en las agendas institucionales.

 

ZOROKIAIN: PUEBLO EN VENTA ENCUENTRA SAVIA NUEVA

¿Cuánto cuesta comprar un pueblo? «No hemos comprado tierras; casas sí, que son más baratas. Cinco casas en ruinas y cinco eras, a 140.000 euros. Luego compramos la casa grande (la llamada Dorrekua) por otros 90.000. En 2004, la iglesia al Arzobispado, por 5.000 euros. Y finalmente, la que era la casa del cura, pero que estaba en ruinas, también al Arzobispado, por 5.000 euros». Unos 240.000 euros, lo que piden por un apartamento-estudio de 40 metros cuadrados en el barrio donostiarra de Gros. Eso es lo que vale también hacerse con la práctica totalidad del casco urbano de Zorokiain, un concejo despoblado del valle navarro del Untziti, en la merindad de Zangotza, para así poder cambiar la ciudad por el medio rural. Por supuesto, a eso hay que unirle lo invertido en la urbanización, las horas metidas y el costo en la construcción de sus hogares. Y la paciencia, el no “quemarse” en el proceso.

Once familias englobadas en la asociación vecinal Errekazar van a rehabitar este bonito pueblo rodeado de monte y cereal. De hecho, ya lo están haciendo. Aunque haya sido ir superando una traba tras otra, porque rehabitar el mundo rural nunca es sencillo. Es domingo y toca trabajar en Zorokiain, es el día semanal de auzolan. Los críos, la mayoría de corta edad, andan jugando en unas calles donde el tráfico es inexistente, o en el parque que les construyeron a la sombra este verano, para que no se aburrieran. Parece mentira que estemos a solo 18 kilómetros de la capital.

Zorokiain está sobre una especie de pequeño alto, y se llega siguiendo una agradable pista de tierra entre árboles desde Zabaleta. En la entrada, carteles de madera en los que se marcan los caminos y los recorridos a los pueblos circundantes. Es fin de semana, pero aquí todo el mundo está trabajando y en la iglesia hay mucha gente. Mucha chiquillería, pero no para asistir a la misa dominical como en tiempos pasados, sino para jugar, calentarse en la gran calefacción de leña y, sobre todo, comer o pedir la atención de sus madres y padres. El verde, se ve, abre el apetito.

Tal vez sea también por las buenas noticias, ya que, casi seis años después de haber comenzado este largo viaje, los miembros de Errekazar ven cómo por fin su sueño comienza a hacerse realidad gracias a que se ha acometido el alcantarillado y la urbanización de las calles. Hasta ahora han estado perdidos en el papeleo, en conseguir las cosas. Ahora les ha llegado el momento de iniciar la construcción de las casas.

Hace 25 años que Zorokiain se quedó casi vacío. De pueblo a lugar donde pasar los fines de semana y, de ahí, a la soledad, a excepción del paso de algún tractor. Hay una casa habitada al principio del pueblo, otra edificación para trabajos del campo al final. Punto. La propiedad estaba en manos de dos particulares y, tras los primeros contactos, finalmente se llegó a un acuerdo. De las cuatro familias con las que se arrancó el proyecto de repoblación, y como el objetivo era llenar el pueblo, han conseguido subir la cifra a las once actuales. Cuando se instalen, constituirán algo así como el 10% de la población del valle.

A veinte minutos de Iruñea. «Excepto una casa, el pueblo es nuestro», explica Josu Bizkarret, uno de los primeros en meterse en esta aventura junto con su pareja. Ahora les corre prisa, porque el pequeño de casa ha nacido ya. ¿Pero, no les han vendido los terrenos, solo las casas? «No, pero creo que tendremos algo para hacer huertas. Algunas casas sí tienen un poco de tierra, pero no es nuestro caso, porque estamos justo en la calle principal. Los que tienen una parcela de 500 metros podrán hacer la casa más pequeña. Pero tierra para labrar, no». Tampoco es que fuera su objetivo, porque la mayoría de los nuevos habitantes de Zorokiain trabaja en Iruñea. Excepto un par de ellos, que estudian instalar también su negocio en el pueblo, como un carpintero y un mecánico, lo que la mayoría buscaba era vivir en la naturaleza de manera que les permitiera mantener su trabajo en la ciudad, a solo 20 minutos. En coche, porque ya se sabe que en los pueblos el transporte público es uno de los grandes agujeros negros. Con sus hijos aumentará además el número de alumnos de las ikastolas y escuelas de la zona, algo a tener también en cuenta.

¿Por qué comprar? «Nos preguntan mucho por qué no okupamos, pero esa era otra movida. Este era un pueblo de propiedad privada que o lo comprábamos o nos quedábamos sin él. Los pueblos que se okupan son propiedad del Gobierno de Navarra, comprados y abandonados después, y nosotros pensamos que quienes los okupan tienen toda la legitimidad para hacerlo. Pero aquí era otra historia».

En auzolan. Lo primero que se restauró entre todos, en auzolan –ese acto solidario entre vecinos tradicional en las zonas rurales de Euskal Herria–, fue la iglesia de San Andrés, que data del siglo XIII. Ya se sabe que las paredes de las iglesias son las que mejor aguantan el paso del tiempo y el abandono. La iglesia es ahora la casa común de Zorokiain, con su txoko para celebraciones y su zona de ocio. ¿Hay sentimiento de que son un pueblo? «Mucho, gracias a esto», exclama una de las vecinas señalando a esta caldeada y agradable estancia. «Es más que un txoko, porque lo hemos hecho entre todos», añade otra.

Lo más complicado, sin duda, ha sido enfrentarse a los problemas legales. Por un lado, no sé sabe por qué motivo, Zorokiain perdió la categoría de concejo para convertirse en un lugar... habitado ahora al menos. Por otro, el papeleo. «Cuando lo compramos hace seis años pensamos que empezaríamos a construir enseguida, nada más hacer la compra, pero el Ayuntamiento nos dijo que teníamos que urbanizarlo nosotros», recuerda. O sea, de su bolsillo. De acuerdo, adelante. Contrataron a dos arquitectos para que plasmaran el plan de urbanización, pero, sorpresa, para ello tenían que ponerse de acuerdo todos los vecinos. Ellos lo estaban, excepto uno de los “originales”. Al no haber acuerdo, el Ayuntamiento de Untziti tomó cartas en el asunto. Gracias además a que, con el Gobierno del cambio, se reactivaron las ayudas económicas a los pueblos con el PIL (Plan de Infraestructuras Locales), lo que parecía que tenía que salir exclusivamente de los bolsillos de los vecinos fue asumido en gran parte por las instituciones. «Hemos presentado ya los proyectos de cuatro casas y estamos a la espera de los permisos, aunque tendremos que esperar unos cinco meses», añade Josu. Ellos arrancarán el año que viene y, en dos o tres años, podrán ya dar vida a Zorokiain. Será una casa de construcción sostenible, con placas solares; de hecho, en el pueblo están previstas algunas casas de paja... mucha autoconstrucción. «Lo vamos a hacer nosotros sobre todo y, para eso, lo mejor es la bioconstrucción».

Por cierto, siguen haciendo auzolan, al que son bienvenidos todos quienes quieran participar. Y, un último detalle: se les puede ayudar ejerciendo el mecenazgo. Más información en Errekazar.wordpress.com.