2020/05/17

Landaburu Borda
IBAI GANDIAGA PÉREZ DE ALBÉNIZ
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Una semana antes de que llegara el confinamiento, justo nos pilló en la borda. Estuvimos una semana allí metidos, y supongo que no podría haber habido ningún sitio mejor». Al otro lado del hilo telefónico, el arquitecto Jordi Hidalgo Tané habla desde Olot, mientras responde a nuestras preguntas sobre la obra de Landaburu Borda, en Bera. El arquitecto, cuya obra ha sido seleccionada como finalista de los prestigiosos premios FAD de 2020, prosigue: «Como dice el arquitecto Alvaro Siza, una casa es el abrigo, el lugar donde nos protegemos del exterior. La casa debe responder a su entorno y actuar como reflejo de sus ocupantes».

El proyecto de Landaburu Borda plantea una cuestión antigua e irresoluta en la arquitectura: cómo juntar lo viejo y lo nuevo. A este respecto, no existe un acuerdo sobre cómo deben de hacerse las cosas. ¿Hizo bien o mal Viollet Le Duc en el siglo XIX cuando decidió restaurar –reconstruir, dirían algunos– Notre Dame tal y como él creía que debía haber sido? ¿Hizo bien o mal Manuel Manzano-Monís cuando reconstruyó gran parte del casco histórico de Hondarribia en plenos años 60 del siglo XX como si del siglo XVII se tratara? ¿Hizo bien o mal Gunnar Asplund cuando planteó en la ampliación del edificio neoclásico del Ayuntamiento de Goteburgo que debía ser un edificio moderno, y no una copia de ese mismo neoclasicismo?

Puede parecer una discusión un tanto teórica, solo para el agrado de arquitectos con ombligos amplios. Sin embargo, la discusión influye poderosamente sobre nuestra ciudad y territorio. Cualquiera que se haya lanzado a construir, ampliar o rehabilitar un caserío, o modificar una vivienda que alguien ha clasificado como “histórica”, se habrá encontrado que en Euskal Herria existen normas que pretenden salvaguardar lo “viejo”, y que en ocasiones acciones tan aparentemente inofensivas como abrir una ventana o colocar un balcón se encuentran, como poco, con un largo y tedioso proceso burocrático.

«De la tradición se aprende a ser honesto, donde la fuerza de la obra sea el buscar soluciones que nos permitan reproducir lo que las construcciones tradicionales nos transmiten, pero sin renunciar a ser contemporáneos». Hidalgo resume de esta manera la estrategia utilizada en la borda. Esta frase se traduce en una obra que combina la tradición de la construcción vernácula de los pirineos navarros, con un lenguaje que el catalán ha utilizado con profusión en su obra, teniendo el hormigón visto como seña de identidad.

La borda se plantea como una casa rural con pocas habitaciones, un refugio de fin de semana. El volumen original construido se respeta, complementándolo con una zona excavada en la ladera aledaña. Ambos espacios se conectan mediante una galería de vidrio. En ese gesto, así como en el uso de los huecos en la fachada, se percibe el deseo de convertir el paisaje circundante en un componente más de la arquitectura.

Curiosamente, nuestro paisaje rural se define en muchas ocasiones con la arquitectura en medio. Si hiciéramos que un escolar dibujara una zona rural, con seguridad aparecería, por algún lugar del papel, un caserío. «La arquitectura en una ciudad es paisaje urbano. Los campos que el ser humano ha cultivado de forma artificial son paisaje y no entenderíamos los montes de Euskal Herria sin sus caseríos diseminados por la ladera. De la confrontación entre la naturaleza y el objeto arquitectónico nace una simbiosis donde edificio y naturaleza salen fortalecidos», reflexiona Hidalgo cuando le preguntamos por su visión del paisaje.

Reinterpretar la tradición. Lo cierto es que el acierto de las intervenciones en los caseríos son muy variopintas, desde las reconstrucciones históricas, a los chalets con aplacados y molduras de fibra de vidrio. Esto ha ido conduciendo, paulatinamente y a medida que los núcleos rurales vascos se iban colmatando, a rigidizar las condiciones para la rehabilitación, haciendo cada vez más difícil las “reinterpretaciones” de la tradición, como la de Landaburu, y más fácil el mero pastiche de elementos tradicionales colocados con más o menos fortuna.

El equilibrio entre el respeto por la tradición, necesidad de hacer algo nuevo para poder acomodar nuestros edificios a la actualidad y el diálogo con el paisaje es un tema muy delicado y necesariamente tiene que tener la complicidad de aquellos que buscan un proyecto de vida en el agro, los arquitectos que diseñan con acuerdo –pero sin miedo– a la tradición, y una Administración que permite la reformulación de soluciones arquitectónicas tradicionales para dar cobijo a las nuevas necesidades de cada tiempo.