Elkarrizketa
Anouar Merabet
Artista interdisciplinar decolonial

«El vogue te enseña a no bajar la cabeza»

Hay una actualización del akelarre que emerge en nuestras plazas y frontones, las balls. Iruñea es uno de sus epicentros mundiales, alrededor de Anouar Merabet y su Kiki House of Anunnaki. Pelea coreográfica de gatas para venirnos todas arriba, escenificar la competencia desde la cohesión comunitaria, bailar juntas, altiva y prodigiosamente, contra la marginación, la opresión y la asfixia social, contra el racismo, el capitalismo y el patriarcado.

(Rodrigo Van Zeller)

Durante años, era fácil encontrarse a Anouar y sus hijas bailando en las murallas de Iruñea. Este reportaje va a precisar de muchas aclaraciones desde el principio, como la resignificación de madre e hija en la comunidad queer. Incluso la propia palabra queer. Avanzaremos a un paso tan llevadero como trepidante, tan acogedor como disruptivo. El estilo de baile que animan estas criaturas fronterizas, y que se ve en las fotos, viene de lejos y no deja de actualizarse en mil lugares, muy poderosamente en Iruñea alrededor de Anouar Merabet. Podemos hablar de cultura ball, de cultura ball drag, de voguing, y, aunque su aspecto más conocido es precisamente esa forma de bailar espectacular que popularizó Madonna en 1990 con su vídeo “Vogue”, detrás está la resistencia de las comunidades trans negras y latinas, la celebración entre la gente más desposeída. Por cierto, Madonna no se apropió de nada: estaba ahí, en las calles, en las balls, sin hogar y sin dinero, en comunidad.

Hasta hace pocos años, las criaturas que no comulgaban con el género que les fue asignado al nacer, eran expulsadas de sus hogares durante su adolescencia por mandato cisheteropatriarcal. Es decir, con doce o trece años, se veían arrojadas a las calles, donde les esperaba el acoso de la Policía y otros machos. Pero en la indigencia encontraban a otras trans un poco más mayores que las protegían, sus nuevas madres. Estas madres fundaban casas con nombres de leyenda, y juntas competían en los bailes, en las balls. Casas que a veces no tenían paredes porque, o no conseguían dinero para pagarlas, o casi nadie quería alquilar vivienda a una mujer trans y además racializada. Esto último sigue pasando.

Hoy esas casas ya no necesitan paredes porque la posibilidad trans ha florecido en algunos territorios tras una lucha heroica, al menos ya no se expulsa a criaturas de sus hogares por no acatar el binarismo de género. Y no es que a las y los trans que se vieron en situación de calle antes de la mayoría de edad les tocaron las madres biológicas más despiadadas del mundo, no. La terrible transfobia, imprescindible para mantener el orden patriarcal, que ha llevado a que tantas familias rechacen a su propia carne es un problema social, no individual. Y, aunque ya no te expulsen de casa, si eres queer, necesitarás a tu comunidad queer para sobrevivir en este mundo que sigue siendo tan normativo. Y por eso Anouar montó en Iruñea una casa sin paredes en 2018, Kiki House of Anunnaki. Por la comunidad, y por el baile. Vamos al baile.

Lo que hoy llamamos balls, estas competiciones comunitarias, prodigiosas y marginalizadas, se ramifican hacia pasados múltiples, siempre trans, negros y revolucionarios. Desde las calles de Nueva York arrasadas por el SIDA en los 80, Harlem y Nueva Orleans durante la segregación racial de los 60, incluso en el siglo XIX. William Dorsey Swann, nacido esclavo en Maryland, es la primera reina del drag en autodenominarse como tal que nos ha llegado. Ya hacia 1880 en la ciudad de Washington, organizaba fiestas clandestinas en las que hombres negros con vestidos de seda y satén danzaban.

(Rodrigo Van Zeller)

Ellos, ellas o elles, quién sabe cómo se identificarían hoy, ya habían participado en concursos de baile dentro de las plantaciones. Se conocían como cakewalk, porque el premio era un pastel. Parodiaban los movimientos de los amos blancos, y cabía tanto la improvisación dramática como todo un lenguaje gestual compartido solo entre la gente esclavizada. Era también un baile espiritual. El cakewalk es otro de los orígenes del vogue. Hay un vídeo precioso de 1903 en el que cinco seres bailan cakewalk. Es cómico y elegante, como el vogue. E igual que explica Anouar Merabet desde Iruñea hoy, llevan la cabeza bien alta.

Las balls actuales vienen también de una ruptura épica, de un momento legendario. Se llamaba Crystal LaBeija, era trans y negra. Toda genealogía bastarda necesita erigir a sus propias pioneras, y Crystal LaBeija ha sido proclamada como la primera madre del ballroom. Sin hacer de menos a las anteriores. 1967, en un concurso de belleza drag en Manhattan, amañado por las blancas, maricas y travestis blancas, pretendieron arrinconar una vez más a las negras. Crystal enfureció, con toda la razón del inframundo. Cualquier participante de una ball actual te recitará sus palabras. “Yo soy bella, yo sé que lo soy, no necesito a nadie que me lo diga”. Y respecto a la drag blanquísima que ganó el concurso, para sorpresa de nadie: “Mírala, su maquillaje es terrible.” ¡Esa lengua afilada es puro ballroom!

A partir de ahí, muchas no volvieron. Y montaron sus propios concursos, entre las trans negras, latinas, racializadas. Bastante más animados, donde ya bailaban como demonias alzadas. Y donde funcionaban con casas, no individualmente. De hecho, la primera casa fue House of LaBeija. Obviamente viene de La Bella. Muchas eran latinas.

De Manhattan a Zizur, porque Anouar y su House of Annunaki llevan montando ballrooms tres años seguidos, en el frontón municipal, al lado de Iruñea, dentro de las jornadas queer Marikaroa. Se celebra por estas fechas invernales, pero el gentío calienta la noche. Nadie se mete con las mariconas, nadie se atrevería: al revés. En las ballrooms siempre hay mucha competición, lo dan todo, como atletas olímpicas. Y, como las olímpicas, a menudo se lesionan. Solo hay que mirarlas caer y te dolerán las rodillas, elevándote en alma. Y habrá una presentadora del festival, una de ellas, que te obligará a aplaudir hasta que te duelan las palmas. Porque estás en su territorio, un territorio ganado a pulso, y la ballroom es trans y negra.

(Rodrigo Van Zeller)

¿Cómo aterrizaste en Iruñea? Se te recuerda como criatura del gaztetxe. Llegué con once añitos aquí desde Marruecos detrás de mi mamá, porque ella se estaba moviendo. Como en un viaje astral, entre lo legal y lo ilegal. Acabamos viviendo en Nabarreria. Mi madre trabajaba todo el día, a mí me ayudaban con las etxekolanas en una asociación del barrio. Y los servicios sociales también estuvieron por allí, esas cosas de las vivencias migrantes. Y, de repente, las criaturas del barrio llegamos al gaztetxe. Yo nunca había visto un gaztetxe ni entendía nada de lo que estaba viviendo, pero nos dejaban bicicletas, patinetes, un columpio gigante, jugar y hacer lo que nos diera la gana ahí dentro. Recuerdo el olor del gaztetxe, a pachuli, y aquella estética tan impactante. Y los conciertos. Ante esta puta vida que nos demuestra tantas veces desde la infancia lo que es la jerarquía, la autoridad, las normas y todas las imposiciones, haber encontrado de txiki un lugar comunitario así fue una fantasía.

¿Cómo te trataron las instituciones educativas, tan racistas y homófobas, más aún hace dos décadas? Fui al instituto de los maristas, porque mi madre tenía el concepto de que en un colegio privado iba a recibir más formación que en uno público: qué error. Yo iba libre, como soy, y encima tenía una mala hostia por toda la violencia que había sufrido como mora, como persona migrante. Tenía mucha rabia acumulada dentro. Fui a contarle a mi tutora que mis compañeros me acosaban sexualmente en los vestuarios del gimnasio y me dijo: «algo les harás». Yo luchaba, yo me defendía, pero hasta el director me dijo que era mi culpa. Mis agresores eran hijos de los policías del cuartel, que estaba enfrente, eran los intocables. Mi tutora me dijo, «¿no prefieres ir a hacerte una FP?». En el instituto había una iglesia, y yo iba a misa como los demás. A mí me habían bautizado cuando llegué a España, para conseguir los papeles, la tarjeta de residencia.

Conversión o expulsión, ¡volvemos a los Reyes Católicos! Así es. Nos teníamos que poner en fila para comer la hostia y, cuando llegaba yo, porque me acuerdo que solo lo hice una o dos veces, el cura me decía que no, que los moros no. Y delante de todo el instituto. Pero yo he sido muy perra desde pequeñita. Y solté allí mismo: «No pasa nada, porque he visto que en la tienda de chuches venden lo que os sobra de las hostias». Yo no quería que mi madre se enterara de que estaba teniendo problemas por mi identidad, porque eso hubiera supuesto más violencia. Entonces, le dije que unas amigas estaban estudiando peluquería y me cambié a la FP. Al final mi tutora consiguió que yo me fuera, que no terminara mis estudios. Con perspectiva dices, qué mala gente. Ahora vive en lo viejo, en Jarauta, y, al encontrármela de frente, un día le dije: «¿No te acuerdas de mí? Pues me ha ido muy bien en la vida, pero nunca voy a olvidar lo que me hiciste». Ella agacha la cabeza cuando se cruza conmigo.

(Rodrigo Van Zeller)

¿Qué ha significado para ti bailar, desde las raves al voguing? Siempre me ha gustado bailar, desde muy pequeña, frente al espejo, ¿a quién no? Que me digan lo contrario. Veía a la gente bailando y me daba mucho subidón. Entonces, también me apuntaba a clases de baile: funk, hip hop, contemporáneo, break dance. Bueno, conocí mucha gente de este rollo underground de la danza. Y también empecé a okupar. Con unas amigas, todo mariconas, bolleras, queers, okupamos todo un bloque entero para nosotras, en la calle Jarauta. Marikaetxea. Hacíamos activismo de calle y también activismo interno. Y conexión con la gente de los pueblos okupados: Zazpe, Lakabe. Y también estaba metida en el mundo de la fiesta, pinchaba música. Y me volvía loca bailando, me llamaban el cervatillo desbocado. Y, de repente, me enteré de que una tipa que yo había visto hacía tiempo en un vídeo daba un taller en París. Me encabezoné, conseguí el dinero para el viaje, que era carísimo, y para allá que me fui. Y yo pensando que me iban a detener por extracomunitaria.

Porque, claro, todavía te hacen estar pendiente de tus papeles cuando llevas toda la vida aquí. ¡31 años llevo en el Estado Español! Me boicotean todo el rato para no darme la nacionalidad y dejarme tranquila. Solicitamos la nacionalidad a la vez mi madre, mi hermana y yo. A ellas se la concedieron, a mí me tocó hacer un examen para el que tuve que estudiar desde los Reyes Católicos -¡qué horror!- para nada, para que me manden una carta años después desde Madrid diciendo que no les consta que yo sepa hablar castellano. Muy fuerte, la tengo que enmarcar. Esa también fue una época en la que yo estaba militando a tope, claro que lo miran. La de extranjería es la ley que más rápido cambian. Llegué a París sintiendo que huía de la ley, y también flipaba porque en las estaciones paraban a todas las personas negras y racializadas. A mí, que tengo un poco de passing melanínico o algo, no me paraban.

Y te fuiste a París en busca de Lasseindra Ninja, la madre legendaria, pionera y fundadora de la escena ballroom en Europa, nada menos... ¡Ella! Que se convertiría en mi madre. Llegué a su primera clase, le conté mi historia escupiendo inglés y me dijo: «¡Cómo! ¿Que vienes desde el País Vasco hasta aquí? ¿Cuánto te gastaste en el viaje? Eso es mucho compromiso». Flipé con el taller, me rompió un poco los esquemas porque yo no sabía realmente lo que iba a vivir, pensaba que era bailar y realmente era un lenguaje, la comunidad migrante, toda la historia de Harlem, toda la historia de las mujeres trans, latinas, negras. Estuve yendo un año entero a París y me dijeron: «Ya no vas a pagar más clases. Te vienes con nosotras, a nuestros entrenamientos, te vamos a llevar a las balls, vas a empezar a caminar con nosotras». Y yo encantada, y a la vez me sentía un poco autista. No era consciente del gran paso que estaba dando. Empecé a ir a las balls, en Major House, con las mesas que te ponen los nombres de las houses, todo esto, a conocer a la familia, gente maravillosa. Había uno de los hijos también que era árabe, y me salvó mucho. Y nada, ya cuando no me daba el dinero para más viajes, porque la vida es así y el dinero limita mucho, me quedé en Iruñea. Como soy nocturna, vampírica, veía a las niñas bailando en los bares, y así conocí a mi primera hija.

(Rodrigo Van Zeller)

¡Asier Ricarte! Que está triunfando en Netflix. Creo que estábamos en el Cavas. Empecé a hacer una hand performance, baile con las manos, y de repente veo a lo lejos, porque soy alta, a alguien divino. Y nos fuimos juntando sin darnos cuenta hasta que, pum, ya estábamos enfrente la una de la otra, y me dijo: «Ay, ¿bailas vogue?». Y yo, «sí, justo vengo de París de aprender con House of Ninja». Y empecé a enseñarle sin ninguna pretensión de tener lo que tengo a día de hoy. Claro. Fuimos juntándonos con otras, y han pasado casi ocho años.

Cada vez que nos tropezábamos en las calles, ibas con más hijas. ¿Cuántas tienes ya? ¡Quince! Soy muy cuidadora en todos los aspectos.

¿Qué tiene el vogue, habiendo nacido en Harlem, para que las gentes queers de tantos lugares del mundo lo hagan suyo? Creo que tiene algo muy rompedor, rompe el imaginario social colectivo que hay. El ballroom te lo rompe desde dentro. Primero rompes tú, te empoderas, te da las herramientas, ves que hay una comunidad que es muy grande, que también eso te alienta y te llena y te refugia. Te cambia la vida. Por eso creo que, aunque haya pequeños espacios en distintos países, la escena está viva porque es un lenguaje que existe, pero nosotras lo hablamos en una ball. Y fuera de la ball creamos un nuevo discurso contemporáneo en la sociedad que vivimos, porque, mientras siga habiendo transfobia, LGTBIfobia, racismo... este espacio va a estar vivo, más vivo que nunca. Ese es el motor que realmente te cambia todo, por dentro y por fuera.

Caminar altivas y juntas. Ser más chula, aprender que también puedes contestar a la gente, que no tienes por qué bajar la cabeza, que puedes ir como te dé la real gana. Eso lo sabíamos, pero cuando te dan herramientas, es que ya no vuelves a bajar la cabeza más, ni yendo a comprar el pan. Yo, de adolescente, iba mirando al suelo, pura inseguridad. La psicología del cuerpo. Ahora no, hay que mirar para arriba y a los ojos. Cuando miras directamente a los ojos de la gente estás diciendo, «aquí estoy, tengo la fuerza y la valentía para mirarte a los ojos». Como cuando estamos en la ball, tú quieres ser la reina de la noche, la emperatriz, y sales como un cocodrilo por la puerta de tu casa. Y a la vez, el vogue me sacó del enfado, de la militancia en el enfado.

En las balls se sale a ganar, según cuenta Anouar Merabet, y se vive con una rivalidad sana: «Es bonito también poder decir que envidiamos y que celamos y pincharle a la otra, pero porque le quiero». (Rodrigo Van Zeller)

Vuestras competiciones de baile y esta actitud de divas victoriosas de la que hablas podrían ser leídas como similares a la rivalidad entre mujeres que nos atribuye el patriarcado. La gente paga por ir al psicólogo y al terapeuta. Nosotras pagamos por ir a la ball y nos lo gastamos en prepararnos nuestros looks. Yo a mi hermana la amo, incluso le ayudo a hacerse el look, pero cuando estamos en el floor, cari, lo siento. O sea, a partir de ahí yo soy yo y tú eres tú. Te amo igual, pero voy a comer. Yo no he venido aquí a reforzar nuestra amistad, eso ya lo tenemos luego fuera. Es bonito porque al final es una forma de trabajar el ego. Las balls te sacan un ego que es potentísimo, no voy a decir ni bueno ni malo. Pero, una vez termina, ganes o no ganes, tienes el abrazo, el cariño. Y hasta tu amiga, la que te ha ganado, te dice: «Lo has hecho muy bien». Al final no deja de ser una familia. Hay rivalidad, pero eso es así. Es bonito también poder decir que envidiamos y que celamos y pincharle a la otra, pero porque le quiero. Es como el “amodio” que decimos nosotras. Te amo y te odio, a veces te comería y otras veces no te aguanto.

Es impresionante la potencia política que se respira en una ball. Lo que tú estás haciendo es crecer, porque la ball, no lo olvidemos, es un espacio para gente trans. Una de las primeras categorías era realness, el passing. Tú vas ahí a competir para que un elenco de gente que ya está preparada, trabajada, y que lleva también una historia, que ha luchado porque los cánones de belleza no tengan que ser blancos, que ha luchado porque puedas acceder a ciertos espacios, te diga: «Cariño, luces mujer, puedes salir a la calle que no te va a pasar nada». Antiguamente te mataban y a día de hoy, con todo el nazismo y el fachismo que está viniendo...

Necesitamos nuestras genealogías queers más que nunca para encarar tanto heterofascismo. Yo soy muy parlanchina, y en el cementerio de Iruñea, adonde fueron expulsadas las putas, las travestis y las maricas, que antes estaban en la Taconera y en la Bajada de Javier, ¡nos volvieron góticas a todas! Yo ahí siempre hablaba con las mayoras. Me contaban sus vidas clandestinas. Soy como una esponjita y la transgeneracionalidad de las vidas queers es muy enriquecedora para mí. Ahí aprendí que solo si tú me ves, existo. No quiero volver a salir de fiesta por un bar de ambiente y tener que encerrarme ahí para poder morrearme con un tío. No, perdona, no. Yo quiero cruzar a la otra acera, donde van los heteros y las familias nucleares y que me vean morreándome delante de su puta cara. Nunca me quiero esconder y es lo que les transmito a mis hijas, el vogue es nuestra mejor forma de ocupar la calle.