El relato de un país entre fanzines
Expertos conocedores y protagonistas en primera persona de dicho ecosistema, Álex Oviedo y Kike Infame trazan, con «Fanzineak. Euskal autoedizioa/Autoedición vasca», un recorrido biográfico por este particular tipo de publicaciones que, al margen de los canales convencionales, tradujeron las múltiples identidades e intereses de una sociedad.

Sabemos que la historia, en mayúsculas pero también escrita en una necesaria letra minúscula, es un elemento especialmente maleable, y, como tal, supeditada a los intereses de sus firmantes. No menos importante, y con un relevante carácter simbólico, resulta el formato escogido para su difusión, ya que los lustrosos tomos que decoran las insignes bibliotecas o las cuartillas impresas de manera autodidacta depositadas en la barra de un bar, más allá de su evidente diferencia estética, probablemente también disten mucho en cuanto a su contenido. Y es que igual de necesario resulta, de cara a desentrañar una realidad colectiva, conocer el relato enunciado por las lujosas encuadernaciones como el escondido en furtivas cuartillas reunidas alrededor de una grapa.
Precisamente rastrear esa extensa y agazapada biografía de publicaciones underground es el meritorio y necesario propósito de “Fanzineak. Euskal autoedizioa/Autoedición vasca” (Bizkaiko Foru Aldundia), una obra realizada a cuatro manos, las de Álex Oviedo y Kike Infame, y editada en bilingüe. Una tarea casi de espeleología cultural centrada en trasladar al lector un acercamiento, dada la imposibilidad material de glosar exhaustivamente, a esa proliferación en nuestro territorio de este tipo de artefactos creativos. Resultado del acróstico anglosajón Fan Magazine (revistas para aficionados) acuñado por primera vez en 1940, consecuencia de su anárquica naturaleza, es complicado delimitar los requisitos necesarios para ser digno merecedor de dicho término. Valga como generalidad, y con todas las matizaciones que la práctica se encargará de esgrimir, una definición que alude a su autoedición, una distribución reducida y su confección artesanal; preceptos que no hacen sino convertirlas en díscolas herramientas de comunicación esquivas a los canales convencionales.
Si bien su explosión a nivel internacional, especialmente en Estados Unidos, remite a los años cincuenta y sesenta, como sucede casi con cualquier expresión que contenga el más leve aliento de libertad o rebeldía, no es hasta la muerte de Franco cuando comenzará su floración en nuestras calles. Un despertar que tuvo su proceso embrionario en ejemplos como el de Txema Gil, que desde Barakaldo publicó en 1973 uno de los primeros fanzines vascos dedicado al cómic, “Star Ficción”, al que daría continuidad al poco tiempo “Fantastic Films Neutron”, pionero en temática de terror en todo el Estado. Primeros esquejes de un proceso que, en paralelo a la salida de las épocas más grises de represión, pretendía ilustrar su propia mirada sobre aquella bulliciosa época.

EN LOS MÁRGENES NACEN REFERENTES
En ese intento por avanzar hacia un escenario de mayor libertad, la cultura vasca, y por extensión el euskara, tuvo que hacer un recorrido especialmente costoso dado el desenfreno prohibitivo al que fue sometido, lo que inevitablemente le desplazó, aunque no extinguió, del tejido social. Un protagonismo que, dada la imposibilidad de acceder al sector editorial consolidado, todavía ligado a ideologías reaccionarias, la literatura buscó hallar a través de caminos alternativos. Integrado y espoleado por toda una madeja contracultural, entre la que habitaban Jorge Oteiza, José Luis Zumeta o Mikel Laboa, el grupo Pott dictó bajo ese mismo nombre una publicación convertida en el hogar de algunos de los que iban a ser autores especialmente significativos, ya sea Bernardo Atxaga -que con anterioridad había sido responsable junto a Koldo Izagirre de “Panpina Ustela”, secuestrada por las autoridades- Jon Juaristi, Ruper Ordorika o Joseba Sarrionandia. Firmas que anunciaban una ruptura con el pasado y entonaban una llamada vanguardista con destino a modernizar un idioma y las relaciones con su entorno.
Ya que era evidente que el contexto estaba cambiando, posiblemente ni lo rápido que sería deseable ni siempre en las direcciones más convenientes para escapar de los nubarrones totalitarios, alguien debía de interpretar ese paisaje mutante. Tarea que de manera ácida adoptó “Euskadi Sioux”, una “tribu” tras la que se apostaba una constelación de artistas como Iván Zulueta, Juan Carlos Eguillor y, en especial, Vicente Ameztoy, su principal artífice. Asumiendo prácticamente el papel de un noticiario irreverente y crítico, siete números, paradójicamente los mismos territorios que definen a Euskal Herria, sirvieron para hacer su particular y antológico debate sobre un estado de la nación que todavía luchaba por despertarse de una pesadilla dictatorial.

Puede que si nos fijáramos en su aspecto cuantitativo, el grupo Guk, compuesto en Iruñea por múltiples ilustradores, no dejaría de ser una ramificación más de ese esbelto y protuberante mapa de fanzines que iban naciendo, entre la precariedad y el entusiasmo, a lo largo y ancho del mapa. Pero fue su incisiva y trágicamente clarividente observación lo que hizo que sus publicaciones individuales, bajo el título de “El huerto”, “¡Viva San Fermín!” y “Preludio de los San Fermines 78” -este firmado en solitario por Ernesto Murillo- o “Simonides” -uno de los impulsores más adelante de la revista “TMEO”-, dejaran su huella. La traslación de ese ambiente policial cada vez más violento que seguía sitiando la capital navarra a sus humorísticas -pero rocosas- páginas, anunció lo que luego sería una realidad consumada por la muerte de Germán Rodríguez a manos de las fuerzas policiales en plena celebración de las fiestas de la ciudad. Una vez más, lo que telediarios, periódicos y otros elementos informativos no quisieron o pudieron ver, quedó retratado por aquellas personas que vivían su pasión creativa cerca, demasiado cerca, de lo que sucedía en la calle.

LA MÚSICA SUENA EN LOS PAPELES
Frente a otras localizaciones que vivían los años ochenta en una lúdica placidez, Euskal Herria conjugaba esa vindicación de la añorada festividad con un consistente armazón ideológico, contexto propicio para que géneros como el punk tomaran una presencia especialmente relevante. Una escena a la que llegó Javi Sayes, además de para formar parte de ella, para convertir “Destruye!!!” en casi el boletín oficial de aquellos sonidos. En consonancia con los ritmos que acogía en su contenido, su formato era especialmente básico y directo, como igualmente una propagación que circulaba entre bares, gaztetxes, salas de concierto y en general cualquier coordenada que circundara por ese entorno ruidoso. Si todo aquello que llegaba a las oídos del donostiarra era susceptible de convertirse en alimento de su “obra”, esta destacó sobre todo por ser la cadena de transmisión de innumerables bandas. Las gargantas gritaban su rabia y alguien debía de actuar como notario de aquella furia.
Esa procacidad creativa tenía su lógica extensión en múltiples publicaciones que trataban de darle cabida. Desde Bilbo, Luis Vallejo activaba “Sorbemocos”, un original e iconoclasta fanzine dotado de un particular sentido del humor, por el que pasaron desde Derribos Arias al “internacional” Kike Turmix. Con un carácter mucho más expansionista y con un afán -valga el término en este ámbito precario- profesional, nacía “Muskaria”, al mismo tiempo que lo hacía la esencial figura de Roge Blasco y una nómina de hoy insignes periodistas, como Pablo Cabeza o Javier Corral “Jerry”. Aunque compartía la absoluta independencia, autogestión y dedicación altruista, su formato y contenido era digno de la más exquisita revista, haciendo que sus treinta números no solo signifiquen un basto tesoro informativo, sino un almanaque de cómo la tradición sonora fue evolucionando y moldeándose en torno a diversas formas de expresión.

HETERODOXOS Y MARGINALES
Difícilmente hubo un formato ni vehículo de comunicación que no encontrara su hospedaje en una red cada vez más extensa de fanzines. Porque, si incluso desde las paredes del hospital psiquiátrico de Arrasate se puso en marcha “Globo rojo”, convirtiendo su espacio en el libre mural de los residentes en dicho centro, desde Bilbo, el colectivo El desván, donde se juntaban figuras consolidadas como José Ibarrola con los incipientes talentos de Álex de la Iglesia, Rober Garay o Txema Agiriano, focalizaba su propio refugio en torno al cómic a través de “Metacrilato” o “Trokola”, una pasión que transportarían a los juegos de rol en las páginas de “La llamada de Cthulhu” o al cine, idioma prioritario de “No, el fanzine maldito”. Aficiones que en el caso de Mauro Entrialgo, a la postre ilustrador de una larga trayectoria, se dirigían al mundo de las viñetas, leit motiv de “Octopus”, publicación auspiciada por las librerías Tótem y Crash y alojamiento para un sinfín de personajes, y otros tantos creadores, que hacían de observadores de los nuevos caminos que tomaba la realidad.
Lejos de las capitales también se respiraba esa necesidad por encontrar modelos de expresión ajenos a unos inaccesibles círculos comerciales. En Ondarroa, Luterl Taldea, además de su labor logística y propagandística, contó con su propia bibliografía, entre la que destacaba “Globho” y su descendencia, lugar de expresión para autores vascos, uno de ellos Kirmen Uribe, y el uso del euskara con el fin de dar cabida al cómic pero también a artículos con temáticas de carácter social. Un híbrido entre el dibujo y la reflexión que demostraba el calado que podía alcanzar el impulso lúdico.

BATALLA IDEOLÓGICA
A la lógica expansión de intereses creativos que durante el franquismo, y en la vigilada transición, habían sido invisibilizados, se sumó la absoluta marea de publicaciones, panfletos y demás artilugios que ejercían como altavoz de reivindicaciones políticas. Aunque la revista “TMEO”, de extensa singladura que deriva hasta el presente y nacida de los rescoldos de “Hamelin” y “Octopus”, no abandona el lenguaje del cómic, convirtiéndose en cantera y lanzadera para un sinfín de autores, su ácido y reivindicativo contenido la convierte en uno de los arietes del pensamiento insurgente. Entre sus risas y el uso del humor, a veces absurdo, otras bizarro e incluso sutil, se escondía un verbo de afilada sustancia que durante décadas ha sido el necesario incordio para el adocenamiento colectivo.
Todavía más significativo, tanto por su determinación globalista y su condición explícitamente política, resultó el gasteiztarra “Resiste”, surgido en el colectivo radiofónico Hala Bedi y enarbolando una aspiración colaborativa con un rango más allá de su espectro local. Tanto es así que una derivación de su idiosincrasia fue la creación de la agencia de contrainformación Tas-Tas. Un ejemplo, junto a la creación de distribuidoras alternativas como DDT o Beti Erne y la proliferación de radios libres, de que la fiebre fanzinera cada vez se veía más necesitada de contar con sus propios tentáculos comunicativos que dieran un salto cualitativo y cuantitativo a su modelo de venta. Porque, como sucedía con el gaztetxe de Bilbo, que publicaba “Izorratu”, o “Porrot”, procedente de Eibar, no había pueblo, asamblea o asociación que no buscara certificar en papel su posicionamiento. Una multitud y variedad de proclamas que, sin embargo, compartían una mirada común antiautoritaria.

Frente a ese enjambre de publicaciones, hay dos que quizás representen en su grado máximo la capacidad y trascendencia que podía alcanzar una tarea tan sacrificada como desarrollarse entre los márgenes. “Napartheid”, nacida en Iruñea como respuesta a la aplicación de la Ley Foral sobre el “vascuence” en 1986, pronto fue profesionalizando su formato hasta el punto de presentar logros tales como un número escrito también en catalán y poner a la venta el single de Negu Gorriak con el mismo nombre. “Ekintza zuzena”, por su parte, destaca por su formato cuidado y extensión, cualidades y resistencia anarquista que le ha llevado a albergar una distribución a lo largo de todo el mundo, contribuyendo a que sus envalentonadas soflamas se sigan publicando todavía hoy en día.

LOS TIEMPOS ESTÁN CAMBIANDO
Toda evolución conlleva, inevitablemente, dejar ciertos aspectos anclados en el pasado. Una ecuación igualmente aplicable al hábitat de los fanzines, porque entrar de lleno en los noventa significó la casi adopción del término industria, no por sus emolumentos, pero sí por su alta presencia alrededor de este tipo de publicaciones. Junto a ello, el desarrollo informático como herramienta más ágil y que disminuía las diferencias con las revistas e incluso la necesidad de buscar un poso profesional, si no a base de retribución sí desplegando una actividad interdisciplinar, alteró ciertas coordenadas. Borja Crespo encarna, gracias a sus méritos, ese admirador del formato que ha ido progresando, desde sus inicios con “Burp!”, rendido a los encantos del gore, hasta su actual condición de periodista cultural en diversos rotativos. Similar es el caso de Javier G. Romero, responsable no solo de la creación del Festival de Cine Fantástico de Bilbo, sino de dos títulos, “Quatermass” y “Cine-bis”, que, tanto por contenido como por continente, disputarían el lugar a cualquier publicación de mayor respaldo económico. La lucha de clases entre formatos cada vez se percibe menos obvia, pero sigue habiendo en estos “fanáticos” una pulsión por buscar siempre ese camino alejado del mayoritario.
Si dentro del espacio musical cada uno de sus nichos seguía contando con su propia “hoja parroquial”, algunos títulos desplegaban su audiencia hacia ámbitos más amplios, siendo el ruidoso “Harlem”, firmado por Igor Cubillo, una extensión del ideario de revistas como “Ruta 66”, y “Otoño Cheyenne”, un preciosista reflejo de los sonidos pop acuñado por un Iñaki Orbezua, y que en la actualidad extiende su exquisitez en el sello Hanky Panky Records. Una consideración que podría hacerse extensible a otras disciplinas, teniendo al dilatado “Zocalo”, editado por los historietistas Oskar Blanco y Sergio Cardoso, y siempre presente en las nominaciones al mejor fanzine estatal que se conceden anualmente en el Salón del Cómic de Barcelona, o al cuidado “Veneno”, una referencia de la poesía visual y experimental ya activo desde principios de los años ochenta, como significativos baluartes. Un palpitante paisaje artístico sobre el que debatía ampliamente “Nuevas Tertulias” y que tomaba destino hacia el nuevo siglo espiado por el lápiz sardónico de la popular “Karma Dice”, que avistaba el futuro bajo una sonrisa nada complaciente.

VOCES FEMENINAS Y NUEVAS HERRAMIENTAS
Por desgracia, estamos acostumbrados a comprobar que cada expresión cultural nace con un déficit marcado por la ausencia de la acción de las mujeres, condenadas a esperar referencias vertidas desde su propio sexo para combatir el muro patriarcal. Un caballo de Troya en el espacio fanzinero del que se encargó la iniciativa puesta en marcha por Yolanda de los Bueis, Estibaliz Sadaba y Azucena Vieites a mediados de los noventa bajo el nombre de “Erreakzioa”, tratando de construir un espacio en torno a la teoría, la práctica y el activismo feminista. Punta de lanza de lo que sería toda una nueva generación de creadoras que incluye desde Teresa Castro, que con su serie “L.S.B., Ana” muestra los intereses y preocupaciones del movimiento LGTBI, hasta el Colectivo Cerdas, con una naturaleza más inclusiva y focalizada en la autoedición, pasando por la militancia creativa de Nerea Aguado Alonso o la capacidad de Raisa Álava para conjugar su trabajo para cabeceras internacionales (“El País”, “The New Yorker”, “HBO”…) con la pasión amateurista. Nombres que ampliaron el circuito editorial, pero sobre todo colorearon el blanco y negro impuesto por el sesgo masculino.
Un nuevo tiempo en el que los aguerridos de las fotocopiadoras y cuartillas deben lidiar con un gigante que se transmite por ADSL y Gigas, debilitando ese suelo físico donde siempre han buscado soporte los fanzines. Dificultades, en los últimos años acuciadas por la pandemia y las restricciones en el contacto físico, que sin embargo no han detenido una oferta que, eso sí, adapta su morfología, a veces aliándose con los nuevos medios, como el pionero webzine del escritor Patxi Irurzun, “Borraska”, o propuestas surgidas con el apoyo de entidades más consistentes, tal es el caso de “Trama”, publicada por la editorial Astiberri, o “RumblE!!”, al amparo de EHU. Incluso hay quienes, tal es el caso de “Orpheo”, con vocación generalista a la hora de informar sobre música, comenzaron su andadura en papel para acabar reciclada en internet. Adaptarse o morir, esa sentencia tan rotunda, pero a la vez realista, también tuvo que ser asumida por la legión de rastreadores de joyas en librerías, bares o tiendas de discos.

Aunque los elementos no ayudan, más bien al contrario, solo se puede ser optimista viendo que siguen naciendo proyectos con el afán de antaño y que lo hacen desde ámbitos muy diversos. A los colectivos de La Kelo en Santurtzi o Silenciosos Bizkaia, dispuestos a extender su enamoramiento por el formato, se suman propuestas que lindan con la novela gráfica, “Hurrikrane”; defensores de un humor no apto para todos los públicos, como el expuesto por Jagoba Prida en “KTK”, hasta empeños colectivos, “Heil!”, para enfrentar la masacre contra Palestina o mantener el gusto por las propuestas específicas, “Asian Fantastic Magazine”. Un mínimo crisol de sugerencias actuales que, sean en papel o en pantalla, representan el viejo y guerrillero espíritu.
Álex Oviedo y Kike Infame, en su libro, trazan algunos de los muchos caminos y afluentes que permiten la inabarcable producción de fanzines que acogió, y lo sigue haciendo, nuestra sociedad. Un itinerario que puede ser visto con intenciones pedagógicas, e incluso si se desea nostálgicas, pero también, tras esa abnegada tarea llevada a cabo por quienes mantuvieron vivas dichas publicaciones, se esconde un aprendizaje listo para ser conjugado desde el presente: el desafío de escribir nuestros propios y pasionales “libros de texto”, aquellos que quizás nunca serán estudiados pero que resultan absolutamente imprescindibles para comprender el sitio que ocupamos.





