José Antonio Martínez
REPORTAJE FOTOGRÁFICO

Larra, la belleza en sus cuatro estaciones

Cámara en mano, este domingo nos acercamos a los paisajes salvajes de Larra. Pero no lo hacemos solamente desde el punto de vista estival, sino que agrupamos la belleza que atesora visitando este enclave en las cuatro estaciones del año. Montañas que erizan la piel, se atesoran también de una fauna y una flora que hacen las delicias de cualquier amante de la naturaleza en su estado más cautivador.

Bosque de hayedo-abetal y pino negro entre nieblas crepusculares.
Bosque de hayedo-abetal y pino negro entre nieblas crepusculares. (José Antonio Martínez)

Un quebrantahuesos surca el cielo pirenaico buscando comida.

Larra conforma un vasto macizo pirenaico fronterizo entre Nafarroa y Bearno; un mundo geológico horadado por infinidad de simas y torrentes subterráneos circulando bajo una superficie salvaje. Un escenario de sobrecogedora belleza labrado por un karst abrupto, a menudo intransitable, cuyos afilados cresteríos y lapiaces ascienden hasta la misma cumbre de Anie o Auñamendi, la mítica montaña sagrada de los vascos.

Estampa invernal de pinos negros tras una fuerte ventísca en el kars de Larra.

Pastos de La Contienda y bosques de pino negro al fondo, desde la cumbre del pico Arlas.

Las primeras luces tiñen de tonos dorados el pico de Anie o Auñamendi y los profundos tajos calizos con caídas hacia el circo de Laskun, vistos desde Hiru Erregeen Mahaia

Un paisaje mineral poblado por pastos alpinos y hermosos bosques modelados por la magia de la luz, la niebla y las ventiscas. Estos bosques están formados por masas maduras de hayedo-abetal, siendo sucedidos a partir de la cota entre los 1.500 -1.700 metros por los de pino negro, una joya forestal de alta montaña que encuentra aquí su límite de distribución occidental pirenaica.

De arriba a abajo, ovejas pastando en los pastos fronterizos de la Pierre de Saint Martin; bosque de pino negro con sotobosque de gayuba y rodondendro entre nieblas; y una marmota emite su característico pitido cerca de su madriguera, excavada junto a un lapiaz.

Los pinos negros conforman aquí bosques abiertos que trepan por las más abruptas pendientes, arraigando en las mismas fisuras de las rocas, llegando a soportar durante siglos las más adversas condiciones, como las fuertes y heladoras ventiscas pirenaicas. Después, tras su muerte, estos viejos árboles pueden permanecer en pie aferrados a la roca durante décadas. Sus troncos, agujereados y a menudo de formas escultóricas, además de imprimir en el paisaje su espíritu salvaje, conforman en el entorno infinidad de refugios y microhábitats, contribuyendo a mantener un ecosistema vivo y diverso junto a multitud de especies de flores alpinas, entre otras de la fauna pirenaica más emblemática.

Pareja de chovas piquigualdas, una de las especies más emblemáticas de Larra y que podemos ver aquí a lo largo de todo el año.

Corona de rey. Sus largos pedúnculos florales pueden sobrepasar el medio metro de longitud albergando hasta más de un centenar de flores, lo que la convierte en una de las especies más llamativas sobre los cortados calizos donde crece.

En el sentido de las agujas del reloj, las apretadas flores del Erinus alpinus aportan bellas tonalidades rosas al kars de Larra; floración del rododendro en el sotobosque del pinar de pino negro; gencianas y pastizales subalpinos, donde el intenso color azul de sus flores hace casi imposible que no fijemos nuestra atención en ellas; y una amapola amarilla.

El sol de un nuevo día asoma entre los pinos negros del kars de Larra.