Larra, la belleza en sus cuatro estaciones
Cámara en mano, este domingo nos acercamos a los paisajes salvajes de Larra. Pero no lo hacemos solamente desde el punto de vista estival, sino que agrupamos la belleza que atesora visitando este enclave en las cuatro estaciones del año. Montañas que erizan la piel, se atesoran también de una fauna y una flora que hacen las delicias de cualquier amante de la naturaleza en su estado más cautivador.


Larra conforma un vasto macizo pirenaico fronterizo entre Nafarroa y Bearno; un mundo geológico horadado por infinidad de simas y torrentes subterráneos circulando bajo una superficie salvaje. Un escenario de sobrecogedora belleza labrado por un karst abrupto, a menudo intransitable, cuyos afilados cresteríos y lapiaces ascienden hasta la misma cumbre de Anie o Auñamendi, la mítica montaña sagrada de los vascos.



Un paisaje mineral poblado por pastos alpinos y hermosos bosques modelados por la magia de la luz, la niebla y las ventiscas. Estos bosques están formados por masas maduras de hayedo-abetal, siendo sucedidos a partir de la cota entre los 1.500 -1.700 metros por los de pino negro, una joya forestal de alta montaña que encuentra aquí su límite de distribución occidental pirenaica.

Los pinos negros conforman aquí bosques abiertos que trepan por las más abruptas pendientes, arraigando en las mismas fisuras de las rocas, llegando a soportar durante siglos las más adversas condiciones, como las fuertes y heladoras ventiscas pirenaicas. Después, tras su muerte, estos viejos árboles pueden permanecer en pie aferrados a la roca durante décadas. Sus troncos, agujereados y a menudo de formas escultóricas, además de imprimir en el paisaje su espíritu salvaje, conforman en el entorno infinidad de refugios y microhábitats, contribuyendo a mantener un ecosistema vivo y diverso junto a multitud de especies de flores alpinas, entre otras de la fauna pirenaica más emblemática.





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