2015/02/22

Claudio Magris
 
«La oferta literaria aplasta a la demanda; el lector debe ser más exigente y autónomo»
Ericka Montaño

«El mundo digital nos proporciona medios increíbles, podemos saber lo que ocurre en cualquier parte del mundo; pero tanta información también hace que sepamos poco o casi nada de muchas cosas»

Nacido en Trieste en 1936, Claudio Magris es uno de los grandes escritores y ensayistas de la actualidad. Ha escrito relatos y alguna obra de teatro, pero su obra es fundamentalmente ensayística. Para narrar o ensayar, que en este autor son una y la misma cosa, Magris hace gala de un estilo maleable, casi imposible de verter con justeza, unas medias tintas entre una prosa evocadora y la propia de un cronista o historiador. Un lector que espera tramas claras, decididas, contundentes, colores luminosos, frases chispeantes y siempre sabias, ha equivocado por completo el rumbo. Magris es un autor que cuesta leer. A caballo entre el académico y el cronista, el esteticista y el historiador, la encendida vena latina y la flema tudesca, jamás estático; cuando uno cree que lo ha atrapado, cambia de tono y va a otra cosa.

Tiene una estrecha vinculación con su ciudad de origen, esa ciudad fronteriza, ahora Italia, en el pasado austriaca y en otro momento de la historia ciudad franca, a orillas del mar Adriático y vecina de Eslovenia. Sus textos a menudo hacen alusión a ella, a sus personajes anónimos y célebres, a la historia de la ciudad y a sus propios recuerdos. «Trieste, empezando por mí, continúa siendo fundamental para la inspiración de sus escritores. Cuando no es fácil saber aquello que se es, el único modelo de analizarlo es a través de la literatura», declaraba en una entrevista a “Mugalari” en 2007. Lo suyo es la cultura de frontera. Las mutuas e irrastreables influencias entre germanos y latinos y, al fondo, siempre la nota eslava y algo más.

La relación de Magris con la literatura comenzó cuando era niño leyendo a Emilio Salgari. Así que escribe para que otro sienta la misma emoción que él sintió con las aventuras narradas por su compatriota. «La emoción de la escritura es como un encuentro con un libro. Creo que he mantenido plenamente esa capacidad de emocionarme al haber hecho una lectura ingenua de Salgari. Claro, ya no soy ingenuo como un niño de seis años al que su tía le leía esas aventuras. Después aprendí a leer y ahora leo otras historias con abandono».

Esta es una entrevista nada intelectual. En ella, Magris cuenta algunas cosas de su vida, y las cuenta de tal forma que, al leerlas, nos olvidamos de que el que así habla es uno de los grandes pensadores de la actualidad. Y habla de esos temas que, a menudo, escuchamos en la calle o tratamos con los amigos: de la era digital en la que nos movemos, de los libros, de la literatura. Es una entrevista cortita, pero acercarnos a Claudio Magris, aunque sea someramente, siempre merece la pena.

En las solapas de sus libros y en internet siempre se escribe: «Claudio Magris, escritor, traductor, profesor». ¿Qué es lo que no dice esa biografía?

No dice las cosas que suceden en la cabeza y en el corazón de uno cuando escribe, la relación con los amigos, lo que significa traducir. Hay libros que nunca hubiera podido escribir si no hubiera hecho traducciones. No dice la sensación de cómo el lenguaje puede ser cortante como el filo de una espada.

Era profesor, ya estoy jubilado, pero tampoco dice lo que ha sido mi relación con mis colegas o con los estudiantes. Con algunos colegas esa relación ha sido solo de trabajo, con otros en cambio ha sido de amistad, hemos inventado cosas. He pasado años con los que eran antes mis estudiantes y con los que sigo en contacto; son personas que están en mi vida, aunque hubo años en los que yo estaba más opaco y quizá daba un poco menos, y los estudiantes también respondían limitadamente. Todas estas definiciones no dicen la realidad de lo que me ha ocurrido durante todos esos años.

Cuando habla de sus lecturas, habla de libros que llevan a la reflexión. Hay críticos que dicen que la narrativa actual la ha hecho a un lado.

No, no creo que se pueda generalizar. Para empezar, este problema nace por dos razones: la producción literaria ha aumentado, ha crecido, y claro que existe la ambición de ser leídos, de vender también. Defoe hacía novelas también para ganar dinero, para vivir, y esto no le quita nada a la grandeza de sus libros, de sus textos. Gabriel García Márquez vendía muchísimo y hacía literatura.

A veces alguien me ha preguntado por qué no he leído a Dan Brown y le he respondido que por qué no me preguntaban por qué no había leído a Dostoievski (no lo he leído completo), pero no es porque no haya querido. Existe como una obligación de leer solo los libros de los cuales tienen pilas enormes en las librerías. Pero, ¿qué pasa si quiero leer uno del que solo hay una copia?

¿Los lectores tendríamos que ser más exigentes?

Sí. Tendríamos que ser más exigentes y más autónomos. Esa es una pregunta muy interesante. Un verdadero problema de hoy es que hay una desproporción entre la oferta y la demanda, o sea, la oferta aplasta a la demanda. Recuerdo que a los 14 años estaba en una librería de Trieste, donde compré el poema “Ramayana”, de hace siglos, en una traducción al italiano. Era un libro que fue publicado en 1872. Ese volumen, bueno estoy bastante anciano pero no tanto, era un libro antiguo y cuando lo compré llevaba décadas esperando a un lector que por simple elección lo quisiera leer. Lo compré y lo leí. Eso es algo que ahora sería difícil, porque las librerías no pueden siquiera quedarse un mes con un ejemplar que no se vende de inmediato, jamás habría encontrado ese libro ahora.

Hay instrumentos técnicos en el mundo digital, a lo mejor puedo conseguir una copia en inglés. El mundo es muy contradictorio, hay ventajas y desventajas, pero hay una imposición; continuamente me preguntan por qué no he leído a tal autor, bueno, tiene que haber un motivo para hacer algo, pero no un motivo para no hacerlo.

¿Lo digital trae beneficios a la literatura?

Como siempre, son cosas en las que tengo que prescindir de mi experiencia, porque soy un teórico. Vivo en Italia y sigo escribiendo a mano. No es por coquetería o por manía, simplemente es porque digitalmente solo puedo escribir palabras sueltas, por ejemplo: «Llego mañana». No puedo escribir más que frases comunes.

El mundo digital ayuda, claro. Para la información y la comunicación es un inmenso instrumento. Pero, naturalmente, también crea un peligro, porque tenemos medios increíbles, podemos conocer lo que ocurre en cualquier parte del mundo, pero tanta información también hace que sepamos poco o casi nada de muchas cosas. Por ejemplo, sobre Afganistán creo que no sabemos más de lo que sabían los lectores de Kipling; sus cuestiones políticas, su relación entre poblaciones, esas cosas no las sabemos, el ciudadano medio las ignora.

Hay otro aspecto en el mundo digital que, repito, tiene grandes ventajas. Ayer, por ejemplo, recibí algo que necesitaba y que no habría podido recibir hace diez años sin este sistema. De manera que sí da muchas ventajas que no hay que subestimar, pero debemos usarlo de manera humanista.

Si dice que sigue escribiendo a mano, supongo que las redes sociales no serán lo suyo.

No, yo ni siquiera uso correo electrónico y menos Facebook, aunque entiendo perfectamente que uno mande una fotografía a su novia, por ejemplo. Pero de ahí a escribir en las redes cosas como «hoy por la mañana he tomado un café con leche y azúcar»... Es un énfasis en lo subjetivo y no creo que lo que hace alguien de nosotros sea algo que le tenga que interesar al mundo. Creo que eso crea un narcisismo desenfrenado.

¿Necesitamos mirar al otro?

Claro, ese es el gran peligro, dejamos de ver al otro. Esta riqueza de información no combate la ignorancia. En cambio, existe esta fiebre donde veo un gran peligro –y es otra contradicción muy grande–, y es que esta enorme riqueza de información está creando una especie de ignorancia. En Georgetown, en Washington, daba clase a 31 estudiantes y cinco o seis no sabían quién era Stalin, esto es verdaderamente increíble. La sobrina de un amigo mío, un escritor de origen judío, vagamente sabía quién era Hitler. ¡Imagínense, una nieta de abuelos muertos en Auschwitz y no sabía quién era Hitler!

¿Qué hacer entonces?

No sé qué se puede hacer. No se pueden hacer campañas, porque eso se vuelve ideológico, reaccionario; se vuelve reactivo. Hay que tratar de testimoniar, de decir, de señalar; uno trata de escribir lo que puede, decir lo que puede decir y, como dice un amigo mío, un viejo cura, y luego que el Señor también tome su responsabilidad.

¿Y leer?

Leer, ¡claro!