Raimundo Fitero
DE REOJO

Parresía

La parresía no es una enfermedad, acaso una disfunción social, pero es como llamaban los griegos a aquellos que normalmente dice y escriben lo que les pasa por sus meninges, los que no ocultan sus pensamientos, ni adulan de manera interesada ni social, ni siquiera se dedican a hablar por hablar con el fin de quedar bien ocultando la verdad de su pensamiento. Dicho así, los que tenemos la vocación de llegar a ser declarados parresiastas somos unos idealistas privilegiados, pero a la vez, unos señalados por los demás, ya que no se soporta que alguien esté siendo sincero siempre o que intente estar remarcando la parte oculta de toda realidad.

Es decir, en las tertulias partidistas de las televisiones todas, es casi imposible encontrarse con alguien tocado por el don de parresía. Es más, para ser miembro de un partido histórico o emergente con vocación de gobierno, hay que vacunarse sobre este virus de la sinceridad, o como resumía de manera excepcional Michel Foucault: “en parresia, el hablante usa su libertad y elige la franqueza en vez de la persuasión, la verdad en vez de la falsedad o el silencio, el riesgo de muerte en vez de la vida y la seguridad, la crítica en vez de la adulación y el deber moral en vez del auto-interés y la apatía moral”.

¿Puede que en el PNV hubiera alguna vez alguien infectado de parresía? Gran duda. Cada lunes de Pascua de los últimos años uno solamente puede resumir sus esperanzas a una pastilla de caldo concentrado que no se sabe si es de pollo o de jurel. Las frases de Urkullu son peta-petas de sofrito de ajos, una bocanada de mala conciencia que esconde una determinación de perpetuidad. Y no voy a seguir porque no me queda espacio y porque no quisiera, precisamente hoy, renunciar a mi adscripción a la parresía más contumaz.